Europa después del Muro

A partir de la caída, Alemania se convirtió en el primer país europeo por población y mantuvo su capacidad económica adaptándose a la competencia del mercado global

JOSÉ M. DE AREILZA

En septiembre de 1989 asistí en la universidad de Harvard a un seminario sobre historia europea. Uno de los conferenciantes alemanes, con el mayor cinismo del mundo, nos explicó: si un día cae el Muro debería ser por la misma razón por la que se levantó, para que los alemanes del Este se queden en Alemania del Este. A las pocas semanas se derrumbó este símbolo de la injusta división de su país en dos partes y cambió para siempre el devenir del continente y del proceso de integración. Las Comunidades Europeas se habían puesto en marcha en la década de los cincuenta para garantizar la paz y conseguir la prosperidad compartida entre los europeos occidentales, en un difícil contexto, una economía destruida y el comienzo de la guerra fría. Sin el apoyo decidido de EE UU no habría sido posible. Alrededor del proyecto de establecer un Mercado Común y desarrollar políticas a nivel europeo, se negociaban laboriosamente en Bruselas pequeños pasos, uno a uno, que hicieran tangible la interdependencia continental. Europa fabricaba consensos, expresados a través de una reglamentación solo asequible a los expertos. Trataba a los ciudadanos sobre todo como consumidores y sujetos de algunos derechos económicos, normalmente relacionados con la libertad de circulación.

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A partir de la caída del Muro, Alemania se convirtió en el primer país europeo por población y mantuvo su capacidad económica adaptándose a la competencia del mercado global. Los Estados antes bajo la órbita soviética comenzaron transiciones políticas y económicas, con el objetivo compartido de ingresar todos ellos en la Unión Europea. La guerra y el genocidio regresaron a suelo europeo, con la desmembración de la antigua Yugoslavia, sin que los gobiernos del bloque de países más próspero del mundo supieran cómo atajar la barbarie. En los noventa, las instituciones de Bruselas fueron conscientes de que la nueva Unión Europea tenía un papel geopolítico que cumplir, garantizar la estabilidad del continente. Se quiso al mismo tiempo profundizar y ampliar el proceso de integración, que cada vez afectaba a más asuntos económicos y sociales y no estaba pensado para que participasen en él una treintena de Estados, con culturas políticas muy distintas.

A finales de la década el euro vio la luz y al poco tiempo se produjo la gran ampliación de 2004. Ninguno de estos grandes pasos ha revitalizado la integración continental y es posible argumentar que la han complicado. Alemania ya no forma tándem con Francia y se ha convertido en el país más poderoso, con la paradoja de que en el fondo aspira a ser uno más y no tiene afán real por liderar. La Unión Europea de nuestros días tiene poco que ver con el pequeño club de europeos occidentales que fiaba a los especialistas en integración económica la tarea de embridar el nacionalismo y de prohibir el proteccionismo. El nivel europeo de gobierno se ha convertido en el ágora en el que quinientos millones de europeos decidimos sobre asuntos tan importantes como el futuro del Estado del Bienestar, la defensa de los intereses europeos en el mercado global o la solidaridad entre las generaciones presentes y las venideras. La Unión que surgió tras la caída del muro sigue siendo hoy un proyecto político todavía por afianzar, tanto en sus objetivos como en el modo de caminar en pos de nuevas utopías europeas.

 

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