Terremoto en la moda

Terremoto en la moda

Gucci, Lanvin y Balenciaga despiden a sus tres diseñadores y Raf Simons da portazo a Dior

LUIS GÓMEZ

Si a principios de año hubiésemos frotado una bola de cristal para avanzar el porvenir de la moda, seguramente más de uno se habría desmayado. Nadie en su sano juicio podía imaginar los cambios de cromos y movimientos que iban a tener lugar en las altas esferas. Lo de esta temporada ha sido un auténtico terremoto. Lo nunca visto. Jamás las casas más grandes prescindieron al mismo tiempo de sus modistos estrella. Es como si el Real Madrid y el Barça despidiesen de pronto a Cristiano Ronaldo y Messi, sin justificar además sus salidas. Algo realmente incomprensible. Sin embargo, es lo que ha sucedido en Gucci, Balenciaga y Lanvin. Tres sanctasanctórum de la industria del diseño han puesto de patitas en la calle a sus primeras espadas. Y el belga Raf Simons dio un portazo en las mismas narices a Dior, una de las marcas emblemáticas y más lujosas de la escena mundial. Eso, sin olvidar que Peter Dundas, uno de los modistos con mejor cartel, se marchó de Pucci para tomar las riendas de Roberto Cavalli por la jubilación del creador italiano.

¿A qué obedece este terremoto? Hay bastante razones, pero se resume a una cuestión de números, paciencia y vanidades. Nada nuevo en una industria tan egocéntrica y con artistas encantados de conocerse. La moda mueve cifras astronómicas y no perdona ningún error o paso en falso. Cada vez más. De hace un tiempo a esta parte también le agobian las prisas. Las corporaciones que manejan los mayores volúmenes de negocio -LVMH y Kering, propietario de firmas como Gucci, Bottega Veneta y Saint Laurent- han perdido la paciencia. Esperan resultados a muy corto plazo y han convertido los talleres en bombas de relojería. Los criterios económicos se imponen a los estilísticos.

Frida Giannini mantuvo el legado de Tom Ford en Gucci, pero sus últimos balances no fueron los mejores. El negocio cayó en 2013 un 2,1% -el mayor descenso en los últimos cuatro años-, pese a facturar 3.560 millones de euros. Insuficiente. La casa italiana le enseñó la puerta de salida a ella y a su marido, Patrizio di Marco, presidente de la compañía. Tan mal le sentó que Frida se fue dos meses antes de la fecha prevista, sin presentar su última colección. Alessandro Michele, criado a su vera, tomó, con éxito, el relevo el pasado febrero. La ruptura, como suele ser habitual en estos casos, se escenificó con muy mal estilo y dejando claro que nadie soporta humillaciones públicas. La empresa difundió el clásico comunicado, en el que se limitó a comentar que Frida ya no ejercía el cargo de directora creativa, después de agradecerle los servicios prestados y su «excepcional contribución». La víctima permaneció muda, pero su rostro lo dijo todo.

A Alber Elbaz le ha pasado algo parecido en Lanvin. Llevaba catorce años en una casa que languidecía a su llegada y ha vuelto a colocar en los altares de la modernidad. Elbaz, el modisto rechoncho que anda siempre luciendo calcetines por lo cortos que lleva los pantalones, rescató para las celebrities el glamour de Jeanne Lanvin. Sin embargo, todo se empezó a torcer cuando la magnate taiwanesa de los medios Shaw-Lang Wang compró la marca en 2011.

Romances de conveniencia

Al principio, vivieron un romance apasionado. Mientras las ventas acompañaban, se aguantaron. Resultó una relación de conveniencia. Pero fue empezar a caer los ingresos y fulminarse el hechizo. La empresa había entrado en una difícil situación financiera, después de que las ventas pasaran en unos pocos años de 250 a 200 millones de euros. Lanvin, que viste en las grandes ocasiones a Angelina Jolie y Emma Stone, estaba a punto de entrar en pérdidas, mientras Alber se quejaba del nulo interés de la jefa por conquistar el mercado asiático, ancla a la que se agarran todas las mejores marcas de lujo. A diferencia de su homóloga de Gucci, el modisto israelí nacido en Casablanca responsabilizó de su marcha a la "accionista mayoritaria". Su salida ha dejado huella. Muchos compañeros se echaron a llorar al enterarse de la noticia y, al estilo de los alumnos de El club de los poetas muertos, se pusieron del lado del diseñador. No les sirvió de mucho.

Sin embargo, no siempre las desavenencias derivan de tiranteces económicas. Los celos juegan muy malas pasadas. Es lo que subyace como telón de fondo en el divorcio de Balenciaga y Alexander Wang y, más recientemente, en la separación de Dior y Raf Simons. Nada hacía presumir que la aventura del diseñador americano de origen asiático en la casa del maestro de Getaria fuese a durar tan poco. Por varias razones, pero especialmente porque Wang es uno de los ojitos derechos de Anna Wintour, una de las voces más influyentes en este negocio, y porque es uno de los valores emergentes. Su firma homónima marcha como un tiro y de aquí podrían surgir muchas hipótesis. Una de ellas es que las grandes empresas exigen exclusividad, no quieren perder protagonismo ni con sus asalariados de superlujo. Sin sentirse nunca en el punto de mira, Wang no las vio venir: "Es demasiado pronto para decir cómo será el futuro de Balenciaga exactamente, pero siento que tengo mucho más por ofrecer", confesó pocos meses antes de que no le renovaran el contrato.

Lo de Raf Simons es otra historia. Más extraña aún, porque todavía se recuerdan las lágrimas que derramó, hace tres años y medio, cuando ya se sabía que había fichado por Dior mientras presentaba su última colección para Jil Sander, donde permaneció un lustro. Sabía lo que se le venía encima cuando asumió que iba a estar expuesto "a muchas opiniones", pero ha acabado cediendo a las presiones "por razones personales". Con este tsunami, lo que queda claro es que las casas tienen la sartén por el mango y mantienen a raya los egos descontrolados. Pero también que las estrellas de las agujas han perdido el miedo a decir lo que piensan y jugársela con sus propios nombres sin necesidad de sentirse protegidos bajo el manto de grandes etiquetas. Aún quedan casi dos meses para cerrar 2015, y tal vez tengamos nuevas sorpresas.