La hora del entrenador

Fernando Hierro, durante el entrenamiento del martes en Krasnodar. /Javier Etxezarreta (Efe)
Fernando Hierro, durante el entrenamiento del martes en Krasnodar. / Javier Etxezarreta (Efe)

La crisis de juego de España ha situado a Fernando Hierro en una tesitura compleja, inesperada y casi inédita para él: la de ejercer de técnico

JON AGIRIANOEnviado especial a Krasnodar

El pasado 13 de junio, justo el mismo día en el que, un año antes, quedó desvinculado del Oviedo, el único equipo al que ha dirigido, Fernando Hierro aceptó el cargo de seleccionador nacional tras el despido fulminante de Julen Lopetegui. Luis Rubiales lo tenía a mano, aquí en Krasnodar, ejerciendo de director deportivo, y no lo dudó. El nuevo presidente de la RFEF no vio en el malagueño a un entrenador propiamente dicho. En Hierro vio a Hierro, el gran capitán del Real Madrid y de la selección. Con eso le bastaba, como le bastó a Santiago Bernabéu, según cuentan, para dar un puesto de trabajo en el club, después de que colgara las botas, al gran Paco Gento. Cuando éste le preguntó con humildad de qué iba a trabajar él, que sólo sabía ser futbolista, el mítico presidente del Real Madrid se lo dejo muy claro. «Usted trabajará de Paco Gento».

Algo muy parecido ha sucedido ahora sólo que con otros protagonistas. Rubiales quería que Hierro trabajará de Hierro. Confiaba en que el ascendente que tenía sobre el grupo -a nadie respeta más un gran futbolista que a otro que haya sido mejor que él- sirviera para que La Roja continuara por el mismo carril de los dos últimos años, el que le había llevado al Mundial como una de las grandes favoritas para el título. También Hierro esperaba algo así: no tener que cambiar casi nada -así lo reconoció en su presentación- y dejar su impronta a base de talante. Sin embargo, toda esta placidez soñada no ha sido posible. Ha saltado por los aires. España sigue viva en Rusia, pero ha descarrilado futbolísticamente. El equipo necesita un cambio rápido y drástico si no quiere estrellarse. Ha llegado, por tanto, la hora de que actúe su entrenador, algo que no estaba previsto.

Una situación peligrosa

Se trata de una situación peligrosa, como si en Houston, cuando escucharon que el Apolo 13 tenía un problema, estuviera de guardia un viejo astronauta legendario pero sin experiencia alguna en ese tipo de fallos técnicos. Fernando Hierro tiene por delante un reto enorme, un examen personal de la máxima exigencia. Y se encuentra en un terreno desconocido para alguien como él, un tipo de la vieja escuela: conceptos simples y mensajes al corazón. Los problemas tácticos, las sesudas cuestiones de estrategia, los vídeos y las pizarras echando humo no son para él.

Así lo explican los únicos que le conocen de verdad como entrenador, los aficionados y periodistas de Oviedo. «El día a día en los entrenamientos, la parte táctica, la llevaba sobre todo Julio Calero, que sigue con él. Hierro no es un analista del fútbol, un entrenador de laboratorio. Es un hombre de crear buen ambiente, de proteger a sus jugadores, de animarles. Más un mánager que un técnico», explica Ramón Julio García, el compañero de 'El Comercio' que sigue la actualidad del club carballón.

¿Qué hará Hierro? ¿Cómo actuará ahora que debe meterse al quirófano a operar? Nadie lo sabe, realmente. Lo que sí puede darse por descontado es que tendrá muy en cuenta la opinión de sus colaboradores: Julio Calero, un gran analista que trabajó también con Lopetegui en el Oporto; el preparador físico Juanqui Martínez, todo un clásico; y Carlos Marchena, un buen amigo que sabe muy bien lo que es la selección y disputar un Mundial con la presión de ser favorito. De ese 'think tank' saldrán las ideas y propuestas para volver a poner a La Roja en su carril. Hierro, eso sí, intentará mantener a toda costa el manto protector sobre sus jugadores y tocarles la fibra de la autoestima. Eso sabe hacerlo muy bien.

Cirugía

¿Y los cambios en el once? Hay algo que los que conocieron al seleccionador durante su etapa en el Oviedo ni se plantean: el relevo en la portería. Es un puesto que sólo tocaría en caso extremo, ya con las llamas en el segundo piso. «Aquí Juan Carlos tuvo una racha muy mala. Falló en varios partidos y fue muy cuestionado. Hierro, sin embargo, le mantuvo contra viento y marea», recuerda Ramón Julio García. Más allá de De Gea, que seguirá bajo palos salvo sorpresa monumental, lo cierto es que no es fácil la cirugía que se le plantea al seleccionador para que España recupere la solidez perdida. Para empezar, su bloque defensivo -Carvajal, Ramos, Piqué y Jordi Alba con Busquets por delante-, es prácticamente intocable. Carvajal está mal, sin ritmo, pero tras esperarle como se le esperó y darle la titularidad ante Irán no parece que Hierro vaya a quitarle para poner a Nacho o Azpilicueta y dar así mayor empaque a una defensa en crisis.

Por delante, tampoco se adivina mucho margen de maniobra, salvo que el propio diagnóstico del seleccionador sobre el estado del equipo sea tan alarmante que decida jugárselo todo y operar por lo sano sacrificando incluso a vacas sagradas, al estilo de Joachim Löw con Khedira y Özil. Puede ser, pero no es fácil apostar por ello. Más probable se antoja que Fernando Hierro busque más fiabilidad posicional en la medular y meta a Koke junto a Busquets, y quizá también que se plantee dar una inyección de frescura al grupo con Asensio, aunque ello le obligue a prescindir de Silva, que no está nada fino. Iago Aspas también podría tener opciones como sustituto de Diego Costa, muy borroso ante Marruecos. Y poco más se atisba en el horizonte. La impresión, insistimos en ello, es que Hierro, más que liderar de repente una revolución, intentará hacer lo que mejor sabe: buscar la reacción de España interviniendo sobre su estado de ánimo, levantando, uno a uno, el corazón de sus jugadores. Ya se verá si es suficiente.