Las acusaciones de acoso sacuden los cimientos del poder de Plácido Domingo en EE UU

Patricia Wulf, que acusa a Domingo de acoso, posa con el cantante en una foto de 1998. / ap
Patricia Wulf, que acusa a Domingo de acoso, posa con el cantante en una foto de 1998. / ap

El artista ha gozado de la devoción de un país donde no sólo arrasa como cantante. También es un hábil hombre de negocios

ISABEL URRUTIA CABRERABILBAO.

Plácido Domingo ha sido el 'boss' de la lírica en Estados Unidos en los últimos tiempos. Trabajo le costó pero le ganó la partida a Pavarotti en los años 70 y 80. Luchó a brazo partido para ganarse a la opinión pública y a los profesionales más influyentes de Norteamérica. Sobre todo presentadores de televisión y hombres de negocios. En su red de contactos, lo mismo aparecían David Letterman que Donald Trump. Nunca perdía ocasión de salir en la televisión, ya fueran shows musicales o programas infantiles como 'Barrio Sésamo'. La exposición pública le motiva. Es un animal de escena en todos los foros.

En su época de más apogeo sabía disfrutar de la cenas con los mecenas y de las fiestas privadas en las mansiones de Manhattan y Hollywood. No le hastiaba salir corriendo del camerino, después de una ducha rápida, para convertirse en el centro de atención. That's America! No tenía alternativa si quería conquistar parcelas de poder. Las reglas del juego estaban claras. Y la partida le salió de cine. No solo como cantante: llegó a dirigir la Ópera Nacional de Washington (1996-2011) y, desde 2017, también ocupa ese cargo en la Ópera de Los Ángeles. Es propietario de restaurantes y ha invertido una fortuna en bienes inmuebles. La casa familiar de los Domingo se encuentra en Acapulco, pero el centro de operaciones siempre ha sido Estados Unidos. De momento.

Todo depende de los efectos colaterales de las acusaciones de nueve mujeres estadounidenses (ocho cantantes y una bailarina) por casos de acoso sexual que se remontan a la década de los 80. Ocho testimonios son anónimos. Solo hay una persona que da la cara: Patricia Wulf, una mezzosoprano retirada de 61 años que coincidió con el cantante a finales de los 90 en un par de producciones en la Ópera Nacional de Washington. Ella tenía 40 años y asumía roles de muy poca entidad. Estaba casada y, según sus palabras, sufrió el hostigamiento de Domingo «porque no dejaba de esperarme a la salida del camerino y a veces entraba sin avisar». El tenor conocía a su marido y a la hija de Wulf. Había una relación muy cercana pero en ningún momento, aclara en su declaración, «tuvimos contacto físico». El trato entre ambos apenas duró un par de años. Las otras sietes mujeres se limitan a detallar situaciones íntimas (besos y caricias indeseadas), así como relaciones sexuales consentidas.

En 1968 tenía 27 años y tres hijos. Le llegó una oportunidad de oro: el debut en el Metropolitan

Ante este panorama, la Ópera de Los Ángeles ha promovido una investigación para dilucidar «un posible comportamiento inapropiado en el pasado». Otras entidades han sido más drásticas: la Ópera de San Francisco ha cancelado un concierto del artista y la Orquesta de Filadelfia lo ha vetado, por lo que no podrá participar en el arranque de temporada del 18 de septiembre. El Metropolitan de Nueva York -que tiene programados dos títulos con el cantante- está a la espera de los resultados de las pesquisas en Los Ángeles para tomar una decisión. Y la Ópera de Dallas no se ha pronunciado.

Travesía en el desierto

Tiemblan los cimientos que tanto esfuerzo le ha costado plantar a Plácido Domingo. Larga ha sido su travesía en el desierto hasta llegar a la cima... En la temporada de 1966, cuando debutó en Barcelona con una compañía de ópera mexicana -todavía no tenía pasaporte español-, lo recibieron con los brazos abiertos y se le aplaudió con cariño, pero no se le veía demasiado futuro. «Era un chico simpático y extrovertido. Le encantaba organizar fiestas de cumpleaños y cenas. Eso sí, no daba la impresión de que fuera a despegar...», cuenta un profesional veterano que lo conoció en aquella época. Padre de dos niños entonces, no tardaría en tener un tercero. En 1968 tenía 27 años y, por fortuna, le llegó una oportunidad de oro: sustituyó 'in extremis' nada menos que a Franco Corelli en el Metropolitan de Nueva York, para acompañar a Renata Tebaldi en 'Adriana Lecouvreur'. Tuvo un éxito apoteósico.

Al año siguiente debutó en La Scala y se fue creciendo. Sin cortapisas. No le importó que muchos colegas se rieran cuando, poco más tarde, tuvo la ocurrencia de empuñar la batuta en unas funciones de 'La Traviata' que organizaba la New York City Opera. Corría el año 1973 y ya estaba embalado. Quería ser el más grande. Pasar a la historia como el Superman de la ópera. Y lo ha conseguido.

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