Gastrohistorias

María Cristina de Borbón Dos-Sicilias, la reina que hacía pizza

Retrato de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, Luis de la Cruz 1833. Wikimedia Commons CC PD./
Retrato de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, Luis de la Cruz 1833. Wikimedia Commons CC PD.

Regente de España entre 1833 y 1840, esta italiana de origen no tuvo problema en mancharse de harina para elaborar platos típicos de su país

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Si en este país hilásemos nuestra historia tan fina como hacen los británicos con la suya, nuestra heroína de hoy habría sido ya protagonista de cinco telefilms melodramáticos y una miniserie. Sin embargo, poca gente la conoce o sabe ubicarla en la línea de tiempo de las reinas españolas. Menos personas aún sabrán que tuvo una vida de película, perfecta para un dramón basado en hechos reales: un matrimonio obligado por intereses políticos, un marido horrible, una viudez temprana, una regencia convulsa con guerra incluida por los derechos dinásticos de su hija, un segundo matrimonio secreto y un largo exilio. La princesa italiana María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878) se casó a los 23 años con su tío carnal, Fernando VII, y ya saben ustedes más o menos cómo acabó aquello. No tuvieron ningún hijo varón y a la muerte de su esposo en 1833 María Cristina se convirtió en reina gobernadora en nombre de su hija Isabel II, una niña de tres años. La oposición del infante Carlos María Isidro a esta sucesión desencadenó la Primera Guerra Carlista además de diversos levantamientos y crisis constitucionales, como la que en 1840 provocó la abdicación de María Cristina y la cesión de la regencia al general Espartero, exiliándose la reina en Italia y dejando a sus hijas Isabel y Luisa Fernanda en España.

A todo esto, aquella tímida princesa nacida en Palermo y llegada a España en 1829 para casarse sin amor con un hombre mucho mayor que ella se había convertido en una mujer independiente, capaz de vivir una vida secreta y de formar una familia con un simple guardia de corps. Tan sólo tres meses después de morir Fernando VII se casó a escondidas con Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, con quien tuvo ocho hijos mientras de manera oficial seguía comportándose como reina viuda. Pero lo que a nosotros nos importa aquí de su periplo vital es que fue una gran amante de la cocina y en particular de la de su tierra natal, Italia. Una de sus primeras decisiones como regente fue la de montar una vaquería en la Casa de Campo de Madrid que gestionada por un italiano proveía de leche, quesos, natas y mantequillas de gusto transalpino a la mesa real de palacio.

También fue amante la reina María Cristina de meter las manos en la masa. De casualidad y revisando hace poco el libro 'Historia de un cocinero' del chef gaditano Melquíades Brizuela (1917) me topé con una referencia a su buen hacer culinario. Habla en esta obra Loreto Capella Olasagasti (1853-1928), antiguo jefe de cocinas del Palacio Real de Madrid, del papel de la mujer en la gastronomía y recuerda que «en nuestra España hemos tenido una Reina gobernadora; princesa napolitana, dechado de talento y hermosura; que hablaba y escribía en cuatro idiomas, que pintaba, hacía música, y fue el primer talento político de su época. Pues bien, aquella princesa, adornada de tantas perfecciones, de tan vasta instrucción, sobre todo en aquellos tiempos en que la ilustración no había llegado al grado que hoy alcanza, aquella princesa, repito, en los ratos que sus altas ocupaciones se lo permitían, se complacía sin hallar desdoro en ello, en visitar sus cocinas». Loreto Capella fue contratado en el Palacio de Oriente de Madrid en 1883 a la edad de 30 años y en una época en que los aprendices de cocina comenzaban su carrera en la adolescencia. Es muy posible que antes de llegar a un puesto tan destacado como el de las cocinas reales siguiera un largo aprendizaje que le llevara a desempeñarse en casas aristocráticas como la que María Cristina de Borbón-Dos Sicilias tuvo en Francia durante su exilio. Al menos, el señor Capella declara haber sido testigo de cómo aquella reina «rodeada de sus cocineros elaboraba por sus propias e incomparables manos los más clásicos manjares napolitanos; tales como raviolis, polenta, ñoquis, timbal de macarrones, estrangula-pretti, jugo di rosta, Pizza, Téppoli y otros muchos que sabía ejecutar a la perfección. Al que esto escribe le cupo la honra de ser colaborador, en muchos casos, de tales faenas culinarias reales».

Nos queda por saber si también hizo pizzas dignas de una reina durante su etapa madrileña. No me digan que no sería entrañable, la estampa de una señora regente manchada de harina.

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