Blasco Ibáñez dice...

Blasco Ibáñez dice...

Un libro recupera las palabras del escritor a modo de memorias. «Quizá porque quiero mucho a España, vengo poco», asegura el novelista, quien no oculta su paso por la cárcel, lamenta haber perdido dinero con 'El Pueblo' y se enorgullece de su éxito en América

CARMEN VELASCO

Vicente Blasco Ibáñez no escribió sus memorias. La muerte se le adelantó al novelista valenciano. Lo más aproximado que existe a una autobiografía del autor de 'Entre naranjos' se encuentra en las entrevistas que el periodista concedió a numerosos periódicos. Las palabras del político están en las hemerotecas. En ellas han buceado Emilio Sales y Francisco Fuster para recopilar aquellas que reflejan a la persona de Blasco Ibáñez. Son 25 textos que en origen se realizaron entre 1910 y 1928 y que ahora se publican en 'Sueños de revolucionario' (Editorial Fórcola). El volumen es una «llamada de atención» sobre la figura del escritor de 'Cañas y barro', explica Fuster. «No sabemos tanto de él», matiza. El desconocimiento no impide el respeto. Como dijo Julio Camba sobre el novelista valenciano, a pesar de todo, es decir, «a pesar de su genio y a pesar de su éxito».

'Sueños de revolucionario' sirve como retrato de lo que pensó y sintió Blasco Ibáñez en distintos momentos de su vida. «Hace dos años, año y medio, me avergonzaba de mis fabulosas ganancias. Hoy ya no; las encuentro naturales y quiero aumentarlas. Los dos escritores que ganamos más dinero en el mundo somos Rudyard Kipling y yo. Hay un tercero: Wells. Sí, somos tres los escritores que ganamos más en el mundo. Tengo más de un millón de dólares», dijo en 1922.

«Quizá porque quiero mucho a España, vengo poco a ella. Un mes o dos para respirar su aire, para no olvidar su luz», confesó Blasco Ibáñez en 1922 desde Francia, consciente de llevar una vida de príncipe («por mis automóviles, por mis jardines en la Costa Azul, por mis relaciones internacionales constantes con los huéspedes de París, Montecarlo y Nueva York») y esclavo («porque sigo trabajando catorce horas diarias, escribiendo novelas o dictando pequeñeces a mis secretarios»).

«Mi vida es acción y aventuras. Yo fui un inflamado revolucionario. Pronuncié discursos, escribí artículos contra la opresión y estuve preso treinta veces», se definió el autor de 'La barraca' al periodista R. H. Bermúdez. Camaleónico, poliédrico y versátil, Blasco Ibáñez fue «un valenciano universal que, a su carácter afable y espontáneo, en ocasiones rudo y fanfarrón, unió la facultad de ser un visionario que siempre fue un paso por delante del resto, valiéndose de su intuición (no siempre acertada) y, sobre todo, de una fuerza de voluntad inmarcesible», explican Sales y Fuster en el prólogo. «Fundé 'El Pueblo' en 1890. Fue una empresa tremenda, de magnitud que pocos podrán apreciar. Es la temporada más agitada de mi existencia. Cuando no estaba en el terreno del honor, era porque estaba en la cárcel, y si al menos el periódico hubiese cubierto gastos, me habría dado por muy satisfecho. Pero lo peor era que se perdía dinero. En aquella época me casé, y 'El Pueblo' se me llevó el dinero de la herencia de mi madre y el de mi esposa. No estaba en moda el republicanismo, y 'El Pueblo' tenía pocos lectores y escasísima publicidad», declaró en 1911.

Fue un hombre inteligente y calculador, trabajador y abnegado, entusiasta y arrebatado. «Es probable que, más de una vez, le perdiera su ambición desmesurada por ir siempre un paso más allá, o que en un momento concreto de su vida, el dinero se le subiese a la cabeza y le hiciese pecar de soberbio, cuando nunca lo había sido», añaden Sales y Fuster.

El fundador del periódico 'El Pueblo' concedió más de un centenar de entrevistas, señala Fuster, doctor en Historia Moderna y Contemporánea, a LAS PROVINCIAS. «La dimensión de Blasco Ibáñez gana peso en la segunda década del siglo XX», añade el especialista. A partir de entonces era habitual encontrar su nombre en portadas de periódicos y suplementos literarios, dentro y fuera de España. El experto en Blasco Ibáñez encuentra tres fases muy marcadas en la trayectoria del novelista: la etapa valenciana (última década del siglo XIX), la madrileña (primera década del siglo XX) y la internacional, en la que se convirtió en una especie de embajador de lo español. «En España y fuera de España, su opinión sobre los temas más distintos que se puedan imaginar era reclamada como la de un hombre respetado y querido, a quien siempre merecía la pena escuchar, independientemente de que sus juicios, a menudo impulsivos y vehementes -pero siempre sinceros y honestos- fuesen más o menos acertados», detallan los autores.