Los valencianos afectados por el terremoto de Lombok: «Ahora, más que nunca, tenemos que ayudar»

Marta y Javier Timoner (i) junto a otra voluntaria en un orfanato en Camboya./LP
Marta y Javier Timoner (i) junto a otra voluntaria en un orfanato en Camboya. / LP

Marta y Javier Timoner, que continúan como voluntarios en Camboya, agradecen la solidaridad de los indonesios tras el desastre natural que acabó con la vida de centenares de personas

J. MOLANO

Sonríen para la foto a pesar de que todavía no han podido quitarse el susto del cuerpo. Los gritos y los llantos de la gente, las casas destrozadas a su paso y la incertidumbre provocada por el miedo de no saber qué va a ocurrir con los vecinos que les tendieron la mano sin pedir nada a cambio siguen muy presentes en sus cabezas. Marta y Javier Timoner vivieron en primera persona el fatídico terremoto de la isla de Lombok, en Indonesia, que se saldó con centenares de muertos el pasado domingo. Los dos jóvenes valencianos atendieron a este periódico pocas horas después de que tuviera lugar el desastre natural. Hoy, desde Camboya, donde continúan con su labor de voluntariado en un orfanato, lejos del horror, lanzan un mensaje directo a Occidente: «Ahora, más que nunca, tenemos que ayudar, no podemos olvidarnos de toda esa gente».

«Puede sonar muy cobarde, pero teníamos que salir de allí». Marta sabe que debían marcharse, era cuestión de supervivencia. Sus padres, muy preocupados, no querían que pasaran ni un minuto más en Lombok: «Nos sentimos fatal por habernos ido cuando más nos necesitaban, cuando ves que los niños y los afectados se quedan y todos los demás se van. Te sientes muy mal. Teníamos que ponernos a salvo». El miedo de los dos jóvenes, de 21 y 23 años, ante la posibilidad de perder la vida les llevó a huir de allí, aunque apuraron hasta el último momento para desesperación de sus familias: «Después del fuerte terremoto parecía que las cosas se iban a calmar, llamamos a casa y les pedimos a nuestros padres un poco de paciencia y tiempo para decidir qué hacíamos. Queríamos permanecer en la isla para seguir con el voluntariado, pero una réplica casi tan fuerte como el primer temblor grande hizo que todo se precipitara y buscamos rápido un vuelo a Yakarta».

Se sienten en deuda con la población del islote indonesio, que les mostró toda su solidaridad la noche del terremoto: «Las motos y los coches iban recogiendo a todo aquél que necesitase ayuda. A nosotros nos llevó a su propia casa el taxista que había servido de guía durante el fin de semana a dos voluntarios extranjeros. Durante el trayecto, con un tráfico brutal, temíamos que al pararnos sobre los puentes estos se vinieran abajo en caso de un nuevo seísmo. Al llegar a la vivienda nos pusieron una lona para protegernos de la lluvia, sacaron alfombras, cojines y mantas de sus casas para que estuviéramos cómodos, nos dieron comida y prepararon café y té». Aquella noche hubo 34 réplicas del movimiento de tierra que arrasó todo. A Marta le sorprendió la asombrosa normalidad con la que la gente local lo vivió. Ella y Javier, mientras tanto, llamaban cada hora a casa para avisar de que estaban bien».

Javier, con gafas, junto a otros voluntarios en la casa del taxista que les acogió y les asistió tras el terremoto. / LP

Al amanecer les prepararon el desayuno, «fueron muy amables», y otro terremoto antes del mediodía supuso el fin de su periplo: «Conseguimos un vuelo a Yakarta. Una vez en el aeropuerto vimos a muchos militares que llegaban para socorrer a las víctimas y ayudar en la búsqueda de supervivientes. Eso nos tranquilizó un poco». El destino de Marta, Javier y Cristina, otra voluntaria madrileña, fue Camboya, a cinco mil kilómetros de Lombok. «La idea, en un principio, era hacer el voluntariado en Bali, pero allí también se había movida la tierra y en casa querían que estuviéramos fuera de Indonesia». Este viernes han comenzado su labor altruista en un orfanato, donde enseñan diversas materias a una veintena de niños.

«Aunque estemos aquí, ahora, más que nunca, tenemos que ayudar a la población de Lombok, a toda esa gente, hay asociaciones y oenegés que están movilizándose. Busquemos la manera de hacerlo. No podemos olvidarnos de toda esa gente», pide la estudiante valenciana en un audio de WhatsApp, quien sigue en contacto con un voluntario australiano que a nivel particular está recaudando fondos entre sus allegados para comprar agua y comida a las víctimas del seísmo. También se ha movilizado en este sentido la organización The Green Lion, cuenta la valenciana. «Nunca olvidaremos lo que hicieron por nosotros».

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