Vivir espiados

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDA

Vivimos espiados. No es una suposición. Ya nos lo han reconocido en varias ocasiones. El último en hacerlo ha sido el mismísimo Google, que ha tenido que admitir que trabajadores de la empresa tienen acceso a clips de audio grabados a través de su altavoz inteligente. Esos aparatos que en teoría entraban en nuestras casas para hacernos la vida más sencilla, están ahí dentro en realidad para registrar todo lo que hacemos y contárselo a una empresa para que ella utilice esa información como le dé la gana. Si nos lo hubiesen contado hace unos años habríamos creído que reaccionaríamos coléricos, que nos revelaríamos ante tal intromisión de la intimidad. Pero no ha sido así. Lo hemos asumido con naturalidad. Hemos seguido adelante y nuestra máxima preocupación es si el aparato de marras nos localiza la canción que queremos escuchar o ajusta la temperatura que deseamos para nuestro hogar.

Una cadena de televisión belga -VRT News- obtuvo hace unos días las pruebas suficientes como para demostrar algo que era un secreto a voces. Google dispone de un servicio para recibir los audios que graba su dispositivo doméstico y lo hace sin que ni siquiera nosotros lo hayamos conectado. Es decir, podemos haber iniciado cualquier clase de conversación, debate o discusión en nuestra casa y que esta quede registrada gracias a tener ese dispositivo en nuestro salón. Y ni siquiera hace falta que esté activado. ¿Qué habría que hacer entonces? ¿Esconderlo en algún armario para que no pueda entrometerse en nuestra intimidad? No sería descabellado. Al fin y al cabo hemos aprendido a colocar una pegatina en las cámaras incorporadas a nuestro ordenador para que -no sabemos quien- no mire hacia donde no debe, y a desinstalar algunas aplicaciones de nuestros móviles o relojes tras descubrirse que pueden sufrir vulnerabilidades en el sistema y dejar al descubierto multitud de datos.

Pero en el fondo nos da igual. Nos hemos acostumbrado a vivir en un escaparate permanente, a mostrar casi todo de nosotros a través de distintas redes, por lo que consideramos que queda poco por espiar de cada uno, que no se va a descubrir nada que no hayamos proclamado previamente. Eso creemos.

El futuro por tanto será retirar oportunamente nuestro altavoz inteligente cada vez que vayamos a tener en casa una charla relevante, igual que antes se apartaba a los niños para que no se enterasen de aquello que llamábamos 'cosas de mayores'. Los aparatos son los nuevos niños, a los que debemos trampear para que no se percaten de según que noticias y para distraer su atención y que no luego no sean indiscretos o inapropiados con determinadas personas. Y sucederá lo mismo que pasaba entonces, que al final los más pequeños estaban al tanto de todo y metían la pata cuando menos lo esperábamos. La diferencia ahora es que las máquinas son más ordenadas y usan los datos con otros fines.

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