Vivir así

Nos sentimos mal porque no es hasta la despedida cuando somos capaces de medir la grandeza del personaje en su justa dimensión

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Si Nino Bravo fue el Sinatra valenciano, Camilo Sesto ha sido nuestro Bing Crosby. Una gran voz, una capacidad de interpretación enorme y una popularidad que le ha hecho llegar a varias generaciones. Muchas. Comparado con triunfitos y triunferas que duran lo mismo que los tejidos de ahora -una temporada-, Camilo Sesto, como Nino Bravo o Raphael, ha sabido trascender a su edad dorada prolongándola durante décadas. Cierto que en ocasiones lo hizo sin tino, como aquel día que se presentó con un innecesario «mola mazo», pero sus grandes éxitos, que ayer todos tarareábamos, han quedado para la historia de la música.

Sin embargo, se trata de voces denostadas por determinados sectores de radicales culturales que desprecian la música melódica y los temas populares. Un error que no cometen los reyes del 'show business'. Allí quien hace dinero, llena estadios y pervive durante años en la memoria colectiva es un grande. Camilo Sesto lo es, por mucho que algunos gafapastas miren por encima del hombro al cantante que concita unanimidad en los karaokes. Los célebres temas del alcoyano universal consiguen una atronadora sintonía en ellos, en las verbenas, en las pachangas o en las fiestas populares. Pocos son los que se sienten incapaces de tararear el estribillo de las canciones que ayer llenaban las redes sociales. Una mala habilidad a juicio de los sibaritas de la Cultura.

Con esos prejuicios tienen que convivir algunas de nuestras figuras más notables. Con eso y con la desmemoria. Lo vimos la semana pasada a partir del doloroso final de Blanca Fernández Ochoa. La misma sociedad que reivindica escoger el final propio y facilitar la muerte libremente decidida, se escandaliza cuando ésta tiene lugar. Salvo que sean casos como el de Ramón Sampedro, aunque el sufrimiento interno y oculto sea tan duro como el externo y visible. Ahora bien, esa sociedad se escandaliza no porque deje de considerar legítima esa última opción personalísima sino por la culpabilidad que recae sobre ella misma. La pregunta en estos días no giraba en torno al derecho al suicidio sino en torno a la culpa colectiva de tener olvidada a una gran figura del deporte español. O a una voz universal salida de nuestra 'terreta'. Nos sentimos mal porque no es hasta la despedida cuando somos capaces de medir la grandeza del personaje en su justa dimensión. Y ya resulta demasiado tarde para los protagonistas. Pensar, por un momento, que se hayan ido sin saber lo mucho que son reconocidos por los suyos es una pena que no se soporta fácilmente. En el caso de Camilo hubo homenajes y aplausos pero con cierta cicatería. De hecho, esa necesidad de hacerse notar con canciones sin valor o la misma mirada morbosa del público en los últimos años acerca de su aspecto, nos hablan de una carencia en el reconocimiento social de su figura. Un no tomarlo demasiado en serio cuando su música ha sabido encarnar toda una época.