Sorolla y Blasco

MARÍA RUIZ

Resulta que las dos figuras más indiscutibles de las artes valencianas, dos creadores universales cuya obra y trayectoria son reconocidas dentro y fuera de nuestras fronteras han sido opacadas dentro de los límites de la Comunitat. Hoy Sorolla brilla en los medios porque a la National Gallery británica le ha dado por descubrirlo y ha montado con 60 de sus cuadros una exposición que constituirá uno de los grandes acontecimientos culturales en Londres este año. Estados Unidos ya se rindió al pintor cuando llevó la luz del Mediterráneo al otro lado del Atlántico. Nueva York, Chicago, Boston o San Luis. Todas ellas quedaron seducidas por el trazo impresionista de un hombre enamorado del arte y de su tierra. Tanto, que, salvo a Estados Unidos, al resto de sus viajes se llevaba siempre a una cocinera valenciana cuyos menús luego pormenorizaba a su esposa Clotilde en las cartas diarias que le escribía desde el punto de España al que se hubiera llegado.

Su gran amigo, «más hermano que amigo», como le diría a Alfonso XIII al preguntarle por Blasco Ibáñez mientras le retrataba, también brilló mucho más fuera de las fronteras valencianas, incluso españolas, que dentro, porque cuando la política se fija en el arte, suele hacerlo con la mirada ideológica, lo cual casi siempre acaba en segregacionismo injusto o encumbramiento dudoso.

Hoy por hoy, la Casa-Museo de Blasco en la Malvarrosa sigue pendiente de una rehabilitación que espera desde hace décadas y el museo Sorolla en Valencia continúa siendo el eterno proyecto. Aunque igual, a ellos, acostumbrados al ostracismo interior, no les importaría, porque con el arte tenían suficiente. Sorolla lo tenía claro: «Che, yo pinto los cuadros y luego los demás me los explican».