PRIMOS HERMANOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Anda todavía uno en modo playero pero en este trecho final de las vacaciones ciertos detalles indican que el dulce letargo comienza a disiparse. Los integrantes de una simple foto son los responsables. Por separado puedo tolerarlos si estoy de buen humor pues proyectan un friquismo populachero de cochambre mental que incluso provoca la gracia de las malas películas. Pero juntos, bien juntitos, uno al lado del otro, segregan un no sé qué de mal rollo francamente siniestro. Me persiguen sus caretos como una repugnante melodía veraniega encajonada en la sesera cuando quieres dormir.

Posando frente a la cámara se les detecta cierta sincronía genética. Podrían ser hermanastros, o primos hermanos. Boris Johnson sería el primo paleto que salió del pueblo para triunfar y Donald Trump el tiburón de gran ciudad que pretende entrenarle. Como Michael Douglas y Charlie Sheen en aquella historia de Oliver Stone que reflejaba las entrañas putrefactas de los especuladores de la bolsa. Nada bueno para el resto de la humanidad florecerá ante la alianza de estos populistas que desprenden arrogantes miradas de sumpremacistas anglos, de elegidos para la gloria, de amos del universo. Trump le promete a su primo Johnson un pedazo de acuerdo comercial si se larga mediante brexit duro. Dos hombres y un destino, dos hombres contra el mundo. Les ves en la foto y te recuerdan a una pareja cómica del estilo de los Morancos pero sin el acento andaluz y sin la carga folclórica. Pero pocas bromas con estos avasalladores porque juegan duro y, si los disfrazásemos a la moda de los peligrosos años 20, tendrían el aspecto de ser los jefes de la banda rival de los sádicos Peaky Blinders. Boris y Donald atrapan a un gran público porque las fantasmadas de telepredicador enganchan. Nada bueno puede salir de esa alianza, insisto.