Un olmo para la socialización

Un olmo para la socialización
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PEDRO PARICIO AUCEJO

No, no voy a tratar ahora de los «copudos y altos olmos» que prestaban misterio y sombra al pórtico de la casa de la amada de Bécquer (1836-1870) y, bajo los cuales, con paso perezoso, vagaban interminablemente los dos enamorados. Tampoco me referiré a los «olmos sonoros» -árboles abolidos de una patria árida y triste- que Blas de Otero (1916-1979) cantara en 'Pido la paz y la palabra'. Ni siquiera me detendré en aquel «olmo centenario en la colina que lame el Duero», del que Antonio Machado (1875-1939) anotó la gracia de su rama verdecida en primavera. Porque quiero dedicarme hoy a hablar de mi olmo más íntimo y querido.

Con emoción descubrí hace unos días, en 'Últimas galerías de Valencia' -de la edición digital de LAS PROVINCIAS-, una foto de la plaza del Olmo de Navajas, la población castellonense de la que es oriunda buena parte de mi familia materna. En esta sección se informaba de los diez ejemplares seleccionados para el Premio Árbol Nacional del Año y cuyo ganador será el representante español en el certamen Árbol Europeo del Año. Se trata de una convocatoria de la organización 'Bosques sin fronteras' que, en colaboración con el Ministerio de Medio Ambiente, pretende recalcar la importancia de los árboles monumentales como patrimonio natural y cultural a apreciar y proteger, fomentando así la conservación de la naturaleza y el desarrollo rural.

A diferencia de otros, en este concurso se buscan árboles relevantes no por su belleza, tamaño o edad sino por su historia e integración en la comunidad humana a la que pertenecen, de modo que la selección de ejemplares se lleva a cabo por las especiales relaciones afectivas mantenidas con ellos por parte de las personas que viven en su entorno. En la última edición española se han presentado dieciocho árboles candidatos, entre los que ha quedado seleccionado el Olmo de Navajas, que, junto con los otros nueve finalistas, será sometido hasta el próximo 24 de noviembre a un proceso de votación en la web arboleuropeo.es.

La fotografía que contemplé en 'Últimas galerías' recoge la imagen íntegra de lo que es el Olmo: ubicado en la plaza a la que da nombre -centro geográfico y vital de la población-, la majestuosidad de su envergadura se asienta sobre el muro que rodea su figura. Plantado por Roque Pastor en 1636, sus diecinueve metros de altura se elevan hacia los cielos como una alabanza de la naturaleza al Creador. Un bajorrelieve en bronce, obra del escultor Manolo Rodríguez Vázquez (1937) -hijo predilecto de Navajas- preside la fuente adosada en la parte delantera del cerco. En su alrededor, nada queda al margen de su sombra: el ajetreo de la vida fluye sin cesar en cualquier época del año.

Ello es así porque el olmo ha colonizado la intimidad de todos los nacidos en este terruño del Alto Palancia, que, junto a los residentes arropados bajo su inmenso ramaje, lo exhiben como una de sus más preciadas joyas patrimoniales. Es, por excelencia, el símbolo identificativo de la población: aparece en su escudo y en la letra del himno local, tiene dedicados dos matasellos de Correos y un cupón de la ONCE, posee himno propio -al igual que el campesino que lo plantó-, ha sido plasmado en multitud de representaciones artísticas de propios y extraños y, en especial, inerva todas las dimensiones de la cotidianidad, a la vez que preside los acontecimientos colectivos más relevantes.

Ante su patriarcal presencia han transcurrido, a lo largo de la historia, interminables tertulias y juegos; actividades musicales, deportivas, taurinas y variados eventos culturales y religiosos (como el Huerto de Pascua de Resurrección y sus 'cortesías'); tradiciones agrícolas (recuerdo 'las mandas' para la distribución del agua de riego en las distintas partidas del término); y buena parte de las celebraciones patronales, desde el acto de exaltación de la reina de las fiestas y de su corte de honor hasta la ofrenda floral a la Virgen de la Luz, la otra preciada joya -espiritual- del pueblo que engalana el corazón de nativos y visitantes.

Con toda justicia se puede afirmar que el olmo ha ejercido siempre una función sociológicamente nutricia. Como agente autóctono de socialización, este árbol, al tiempo que el individuo va formando su propia personalidad, le transmite -desde la primera infancia- la cultura social de su colectividad, gracias a la cual interioriza los requerimientos de esta y aprende a convivir con sus semejantes: es entorno de entretenimiento, factor de integración, instrumento de educación personal y de cosmovisión existencial, nexo de unión entre personas de edades y culturas diversas y, sobre todo, elemento formador del sentimiento de orgullosa pertenencia a Navajas como hijo o vecino suyo.

Probablemente, como ya ha sucedido en los últimos 382 años, la próxima primavera el olmo lucirá el silencioso esplendor de sus hojas intensamente verdes. Sin estridencias, la vida -regida por el dinamismo que le es propio- se abrirá camino de nuevo, avanzará en virtud de la fuerza de la savia allí contenida e impulsará a este árbol y a su pueblo hacia el misterio de un futuro sin fin.

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