Majo

Majo
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Me llegó un mensaje a esas horas en las que solo están despiertas las malas noticias. Me lo envió mi compañero Arturo Checa, a quien, no sé muy bien por qué, tengo memorizado como LP, así que, en realidad, era como si el periódico como ente me informara de que Majo, la subdirectora, se había muerto. Me quedé helado. En realidad llevaba semanas esperando el maldito mensaje, pero en ese preciso instante noté el gélido aliento de la muerte en la cara. Estaba tumbado en la cama de un riad en medio de la medina de Tánger y no reaccioné. No lloré, no me enfadé, no me comuniqué con nadie. Me quedé quietecito en la cama, como el niño que se cree a salvo bajo las sábanas, sin querer salir, porque ahí, calentito, tieso, meditabundo, no me alcanzaba el dolor.

Creo que casi nunca pensaba en Majo como en la subdirectora del periódico. Éramos amigos desde los tiempos de la facultad; es decir, hace cerca de treinta años. Y sí, claro que había un trato jerárquico, pero era mucho más corriente, por mi desempeño, el de compañeros, el de amigos. Y a menudo rememorábamos anécdotas de los buenos tiempos de estudiantes. Que si César, que si Melu, que si Patri. Tenía sus preferidas. Como aquel viaje surrealista, camino de Alcoy, a la boda de Trelis, en la que nos perdimos de manera absurda con el coche de Paco Huguet y acabamos en medio de Castilla-La Mancha a carcajadas. Siempre que recordaba aquello me cogía del antebrazo, inclinaba el cuerpo hacia delante, achinaba los ojos y rompía a reír. «¡Ay, Ferches! ¡Ay, Ferches, que me meo!».

Cuando te dedicaba su tiempo, su atención, no te dabas cuenta, pero te sentías bien. Majo era de esas personas que hablan mirándote a los ojos. Que te hablan a ti y solo a ti. Que te preguntan por algo y sientes, de manera indudable, que lo pregunta porque le interesa. Siempre se acordaba de si tu padre estaba enfermo o si tu mujer había tenido algún problema. Iba y te preguntaba. Pero lo mejor era que, además, te escuchaba. Y eso, en estos tiempos, es tan raro.

Majo era un terremoto. Antes del primer achuchón era un caballo desbocado que se enrabietaba si veía que la noticia se escapaba de la redacción. Después era igual, pero con un punto más calmado que todos agradecimos. Era una periodista obsesiva. Con un ojo clínico como he visto pocos. Yo, un simple contador de historias que reniega de la etiqueta de periodista porque me viene demasiado grande, que necesito más de 200 líneas para contar una cosa, siempre he admirado su capacidad de síntesis para reducir la historia a siete u ocho palabras en un titular de cajas grandes, para entender en segundos el cariz de cada asunto, para adivinar dónde estaba la trampa. Yo, con facilidad para describir pero incapaz de interpretar, admiro a aquellos, como ella, que conocen y dominan el lenguaje de las noticias.

Majo también era un reloj. En Fallas se encerraba en la calle Convento Jerusalén; en junio ya aparecía completamente bronceada; en agosto desaparecía y en septiembre regresaba, el 21 de diciembre me obligaba a recordarle la carambola que hizo que me tocara el Gordo a finales de los 90, y al día siguiente llegaba con el desayuno para preparar la edición de la Lotería. Le encantaba ese día, como a mí, y sin preguntarnos nunca cuánto jugábamos, los dos sabíamos que si salía el número del periódico, los más afortunados íbamos a ser ella y yo. Y el 24, como en una broma del destino, mi mujer y yo nos encontrábamos todos los años, sin falta, a ella y su marido, Pepe, su Morató, en el centro. Un año venían de comida con los amigos y otro discutían con la gracia que solo ellos dos sabían hacerlo porque Majo ponía todo su empeño en los regalos y él resistía cuando lo que quería era salir huyendo de ahí cuanto antes.

Tenía un hijo al que adoraba y que le quitaba el sueño, pero también un puñado de hijastros, claramente bastardos, de ese amante que fue Las Provincias, al que consagró su existencia. Aún así nunca la vi, en 25 años, comerse un bocadillo o una fiambrera con pasta en la redacción, como hacemos muchos de vez en cuando. Ella no perdonaba la visita diaria a su madre para que le calentara el estómago y el alma. Ahí tomaba conciencia de qué era lo realmente prioritario en la vida y después volvía a la gresca.

Ahora me da miedo mirar el hueco de su mesa, que es inmensamente más grande que el tamaño de una mesa. Sin ella, sin ti, es como si alguien hubiera apagado el sol de la redacción y ahora, aquí, entre butacas incómodas y ordenadores negros, falta luz y hace frío, mucho frío. Yo lo noto hasta en los huesos. Ya no hay manta que lo pare. Tengo frío. Me siento solo. Huérfano.

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