ES LO QUE HAY

El modelo de club de Meriton no pretende molestar a los rivales del Valencia: se limita a ser un escaparate para exponer la mercancía

ES LO QUE HAY
JOSÉ RICARDO MARCH

Apenas han pasado unos minutos del despropósito vivido en el Camp Nou cuando las cuentas oficiales del Valencia en las redes sociales, únicos canales de comunicación institucional del club abiertos tras el apagón informativo del partido del Barça, trasladan a las pantallas de miles de aficionados enfadados uno de los mensajes más desafortunados y, al mismo tiempo, más diáfanos de la era Lim. Entre la habitual retahíla de frases vacías de contenido, tan propias del discurso del Valencia posmoderno, surge, como una violenta pedrada a un cristal, un «es lo que hay» que sirve para decirlo todo en cuatro palabras.

Que el «es lo que hay» sea el mensaje más sincero emanado del club en el último lustro no habría de extrañarnos a estas alturas. Nos hemos pasado años asintiendo pasivamente ante la utilización de una sucesión de fórmulas comunicativas que empleaban machaconamente latiguillos buenistas, dignos de aparecer en la pared de cualquier tienda cuqui o en el perfil de Instagram de la influencer de moda. Frasecitas de compromiso que se acomodan fácilmente al formato del tuit, que quedan de maravilla en camisetas y bufandas, que podrían emplearse tanto aquí como en Los Ángeles o Hong Kong, pero que en realidad no dicen nada. Entretanto, la poderosa imagen propia, generada a lo largo de un siglo de historia y basada en unos elementos identificativos muy claros (resistencia, inconformismo, combatividad, apego a lo próximo) y unos epítetos épicos únicos (nuestro querido «bronco y copero», por ejemplo), ha acabado diluida en el caldero de la mercadotecnia o, en el mejor de los casos, relegada al pequeño huerto reservado al autoconsumo del aficionado veterano o memorioso.

La difusión y calado de los irrelevantes mensajes de colorines entre el valencianismo halló el terreno abonado gracias a la erosionada personalidad de la entidad, consecuencia de un lento proceso que arrancó con la conversión del club en SAD y que se aceleró durante el tétrico gobierno absoluto de Soler, cuyas elevadísimas facturas seguimos pagando en la actualidad. A causa de la torpe gestión desplegada por buena parte de sus mandatarios, el Valencia, que en su momento pudo explotar y vender al mundo su factor diferencial, se ha acabado convirtiendo en un club vulgar, uno más entre la pléyade de sociedades anónimas del planeta. Solo se ha construido, social y deportivamente, en momentos muy concretos y, como demuestran los recientes acontecimientos, ante la resistencia del propietario. Para los dirigentes del Valencia la disputa de una Copa, el trofeo que mejor cuadra con la identidad del club, apenas ha resultado rentable; «la voluntad de querer llegar», una proclama que encierra la esencia del valencianismo, no es más que un buen título para un libro oficial; incluso «soñar que no tenemos techo», el verso inicial del poema compuesto con motivo del centenario, es únicamente un lema para lucir en una lona que luego se acaba pisoteando con arbitrarias decisiones desprovistas de cualquier lógica deportiva.

Hace unos días Rafa Lahuerta radiografiaba con acierto la situación que vive el Valencia bajo el mandato singapurense al escribir que el objetivo de Meriton es, seguramente, construir una franquicia amable, no un club competitivo a la antigua usanza. Si al Valencia de Llorente se echaba en cara, con razón, su conformismo deportivo, el que delinea Lim desde Singapur no le anda a la zaga. El modelo de sociedad de Meriton no pone nada en cuestión ni pretende molestar a sus rivales: se limita a ser un escaparate para exponer la mercancía. Y ante ello no existe autocrítica, como tampoco hay contestación posible, al menos con carácter efectivo: basta el cómodo respaldo de la aplastante mayoría accionarial que posee para que Lim haga y deshaga a su antojo sin que nadie le tosa.

Horas antes de que arranque el partido contra el Barça, las cuentas oficiales del club en las redes sociales publican un mensaje nada apropiado. Sobre un fondo del Camp Nou se muestra a un muchacho, enfundado en un uniforme del Valencia, que agarra un balón como si fuera una honda. La imagen se remata con una proclama en la que se equipara al Barça con Goliat y al Valencia con David, una comparación francamente desafortunada a tenor de la rivalidad histórica de los clubes. La mentalidad subsidiaria y gregaria que destila el mensaje es fuertemente contestada por los aficionados. Sin embargo, a pesar de su inconveniencia, no se retira. Es lo que hay.