YO TUVE UN DIRECTOR

Histórico jefe editorial del periódico 'Sur' de Málaga

José Antonio Frías. /
José Antonio Frías.
JULIÁN QUIRÓS

Para quienes no conocen Málaga, justo enfrente del estadio de la Rosaleda ocupó José Antonio Frías los mandos de la organización privada más influyente de la ciudad, el periódico 'Sur'. Casi veinte años de director. Aparte de los tiempos previos como redactor jefe y subdirector, cuando empezó a construir una redacción a su imagen y semejanza. Conforme a su propia escuela. ¿Y cuál fue aquella escuela? Podríamos verla retratada en un enorme cuadro que colgaba en su despacho. Un tipo sobre el trapecio, pendiente de un mal paso y con las manos echando y recogiendo bolas al aire. El trapecista era él, así veía Frías la figura del director de periódico. ¿Y si tú eres el trapecista, qué son esas dos bolas? «Jeje, esas bolas son Pepe y Pedro Luis». O sea, los subdirectores de su primera etapa. Su humor era así, blanco y cervantino, sin dobleces ni maledicencias. La escuela periodística de Frías era la del equilibrio, la ponderación, el sentido de la exactitud, la responsabilidad, la precisión. Todo para él era equilibrio y acertar con la medida adecuada. En el tratamiento de la información, en la interlocución con el exterior y en las relaciones internas de la casa. Equilibrio ante el trapecio. Fuera los excesos; la verdad es que algunos no le hicimos siempre caso. Rigor; 'Sur' tenía que ser riguroso. Pero hasta su afán por el rigor solía quedar relegado por una especie de sentido personal de la piedad, una piedad laica y ajena a cualquier mojigatería. En los temas espinosos, allí donde se veían afectados individuos concretos, personas con nombre y apellidos, víctimas o verdugos, a Frías se le encendía una acendrada querencia por el respeto, la templanza y la compasión, para que el periodista no se recreara en la suerte ni cargara las tintas ni contara todo lo contable si no era esencial para la información: «eso es un poco innecesario». Y se borraba; por piedad, para evitar dolor gratuito.

Hay más. Tenía una formidable entereza moral, sin necesidad de pasearla. Rectitud para reconocer a los desheredados, para aceptar a los discrepantes ideológicos y para ocupar un puesto donde es fácil advertir mucha impostura y muchos impostores; en la política, en la prensa y en los negocios. No quiso ser inquisidor de nadie, pero jamás le rozó la más mínima tentación. Paradigma del profesional decente, al que no seducían los frívolos o el dinero fácil. Hizo periodistas a varias decenas de licenciados universitarios y a algunos hasta nos convirtió en directores de periódico. Aquella época fue como vivir una segunda adolescencia de instituto, pero en una redacción y con nómina a final de mes. Detrás de él quedó una legión de fieles, hasta el día de ayer.

Cuando me soltó para que volara solo, le pedí algún consejo. Dijo que consejos no tenía, pero que le hiciera caso en una cosa: «haz como los chinos, cuida los finales; los españoles no sabemos cuidar los finales, nos vamos dando un portazo». Él nunca dio un portazo. Fue un encajador nato. Sabía encajar las limitaciones de su puesto, las presiones múltiples, las disputas políticas, el malestar de los lectores, las fricciones entre sus colaboradores... Y supo encajar su final como director igual que si fuera chino de la misma China. Como un señor y con una sonrisa. «Ahora me dedicaré a los olivos y al aceite de Mondrón». Y no pudo ser. Hace cinco años, un volcánico ictus se lo impidió. Y también mantuvo la sonrisa hasta el final. Sí, lo diré. La muerte y la penosa enfermedad de Frías es como un hierro atravesado en el estómago. Nos duele a rabiar.

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