CORAL

ARANTZA FURUNDARENA

Hace unos días asistí a un concierto participativo de 'El Mesías' de Händel en el Palacio Euskalduna de Bilbao. Tiene mucha razón quien escribió que un concierto participativo es mucho más que un concierto. Gozar del privilegio de escuchar a más de 200 voces bien afinadas, empastadas, coordinadas y remando a favor de una partitura sublime es una experiencia conmovedora, difícil de olvidar. Además de disfrutar de la música, el público asiste a un empeño humano de proporciones titánicas: once corales con sus sopranos, sus barítonos, sus tenores, tejiendo con sus gargantas una malla de sonido tupida, delicada e indestructible, un ejemplo de disciplina, sensibilidad, sincronía... Más que un concierto, aquello era una comunión.

Y en esas estaba yo, dejándome mecer por el vaivén sonoro de ese masivo 'Mesías' que elevaba el espíritu, cuando de pronto pensé en lo contradictorio que es el ser humano, capaz de tocar el cielo un día y hundirse al siguiente en los charcos más infectos. Durante la espontánea charla que se generó en el intermedio, oí comentar que en esos coros 'amateur' hay «de todo», desde votantes de Vox a militantes de Podemos... De nuevo sumergida en el excelso oratorio de Händel, empecé a preguntarme cómo es posible que seamos capaces de unir nuestras fuerzas para algo tan sumamente complejo e inmaterial y, sin embargo, nos cueste tanto encontrar un solo punto de acuerdo en cuestiones mucho más burdas y terrenales. Y, ya arrastrada por tamaña borrachera vocal, llegué a concluir que mientras siguieran sonando esas voces tan unidas y bien empastadas nadie se atrevería a declarar una guerra.

Me vino entonces a la mente esa iglesia holandesa en la que llevan dos meses celebrando misa de forma ininterrumpida para impedir la deportación de unos refugiados armenios. ¿Y si nos pusiéramos a cantar a coro de manera inacabable para frenar, demorar e incluso neutralizar otro tipo de conflictos? Podemos empezar a ensayarlo estas fiestas. Cuando alguien amenace con incendiar la reunión familiar... Hagan coro, señores. Bastará con que un comensal empiece a tararear una que se sepan todos, y que no sea un himno futbolístico o patriótico.