La agenda nocturna

El problema es el uso de recursos públicos sin moderación, sin transparencia y sin diferencia con lo criticado al contrario

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Confieso que no me había fijado nunca antes en The Killers. Supongo que había oído sus canciones en alguna emisora, pero sin ponerles cara ni distinguirlos demasiado de otros grupos. Fue la fervorosa declaración de Isabel Bonig quejándose de que el Congreso de las primarias del PP le iba a impedir acudir a su concierto en el FIB cuando el nombre de la banda norteamericana tomó forma en mi cerebro. Pero sin duda ha sido la polémica del Falcon, usado por Pedro Sánchez para no perdérselo, la que me ha llevado, irremediablemente, a buscar sus canciones y escucharlas intentando entender esa pasión política por ellos. He de decir que no la comparto, pero eso son gustos de cada cual. Así se lo dijo una vez Bonig a Ximo Puig: «a usted le gusta Raimon; a mí, The Killers, Colplay y Depeche Mode». Yo me quedo con el último de la lista.

Lo que tampoco suscribo es la necesidad de acudir en Falcon al concierto. Que el presidente del Gobierno asista me parece bien. En eso acierta la vicepresidenta Carmen Calvo cuando compara un festival y una ópera. Si aplaudimos que un dirigente acuda al Palau de Les Arts para escuchar Tosca, ¿por qué no va a hacer lo propio con un festival de música indie? Ahora bien, el problema no es un prejuicio hacia la música contemporánea ni una afición personal sino el uso de recursos públicos sin moderación, sin transparencia y, sobre todo, sin diferencia con lo criticado al contrario. Por lo pronto, es raro que la previsión de ese acto cultural no estuviera en la agenda oficial de La Moncloa dada a conocer el día anterior. Si era tan normal, entraba dentro de sus tareas y el gasto estaba justificado ¿por qué ocultarlo? Pero, además, aun siendo cierto y oportuno que el presidente acuda a un evento de primera magnitud en la Comunidad Valenciana, lo verdaderamente sorprendente es la necesidad de apoyar una decisión que no favorece la imagen de renovación con la que ha llegado al poder. Que lo haga Calvo es comprensible porque su papel es arreglar dialécticamente las meteduras de pata de su jefe. Pero que el propio Echenique, gurú de Podemos, diga que no es relevante el gesto de Sánchez gastándose 20.000 euros en un concierto, porque eso «no afecta en primer lugar a la vida de los ciudadanos» frente a la aprobación de los presupuestos generales que sí lo hacen es, cuanto menos, estupefaciente. El argumento serviría para cuestionar las críticas al dispendio de la boda de la hija de Aznar, del ático de Luis de Guindos o de las comidas de la senadora Barberá. Ninguno de esos gastos afectaba directamente a los ciudadanos, unos, por ser privados y otros, porque aun siendo públicos, como el uso del Falcon, no alteraban sustancialmente el nivel de vida del español corriente. Sin embargo, cuando la medida de la moralidad pública está en la austeridad, lo del avión no ayuda a hacer creíble a Sánchez. Pero su defensa, aún desautoriza más a Podemos.