https://static.lasprovincias.es/www/menu/img/valenciacf-desktop.jpg

Wilmar, un fichaje en tiempos de crisis

El campeón del mundo y portero del Atlético, Fillol, ataja un balón en presencia de Wilmar Cabrera, marcado por Ruiz. / desfilis
El campeón del mundo y portero del Atlético, Fillol, ataja un balón en presencia de Wilmar Cabrera, marcado por Ruiz. / desfilis

PACO LLORET

De Wilmar Cabrera perdura el recuerdo de un debut triunfal. El ariete uruguayo logró tres goles en su estreno. Enfrente el, por entonces poderoso Hamburgo, que un año antes en la final de la Copa de Europa había batido a la Juventus. Los alemanes eran la gran atracción del Trofeo Valencia-Naranja de 1984. Sin embargo fueron barridos por los locales en una noche tórrida: 5-1. Muchos años después, uno de los integrantes de aquel equipo conocido en Alemania por las siglas HSV, el escocés Mark Mc Ghee, evocaba la sensación de calor asfixiante que sufrió en Mestalla. Los jugadores del conjunto germano no salían de su asombro porque, al finalizar el encuentro, se ducharon con agua fría y, pese a secarse, seguían sudando. Mac Ghee fue el entrenador de Fernando Gómez en el Wolverhampton en la temporada 98-99 y su ilustre pupilo también participó en aquel encuentro que cerraba el torneo triangular marcando el quinto gol.

Wilmar llegó del Nacional de Montevideo. En este histórico club uruguayo había conquistado la Copa Intercontinental de 1980 al vencer en Tokyo al Nottingham Forest. En la plantilla del conjunto tricolor coincidió con un veterano ilustre: Víctor Espárrago, que llegó al banquillo valencianista en el verano de 1988. Wilmar, en sus comienzos como profesional, no jugó como titular en esa final pero se impregnó del carácter competitivo de sus compañeros. La célebre garra charrúa. En Valencia destiló también ese espíritu combativo. No se arrugaba jamás. Wilmar era consciente, por añadidura, del papel que desempeñaba en aquel equipo, necesitado de sus goles y del trabajo de desgaste con las defensas adversarias.

A mediados de los años ochenta en Mestalla se había decretado el ahorro y la contención. La caja estaba sin recursos. La implantación de la economía de guerra limitaba las posibilidades del equipo. La austeridad obligaba a realizar los máximos sacrificios. Superado el susto del casi descenso a segunda del 83, el Valencia se aplicó en competir con la gente de casa y algún que otro refuerzo aislado. Solo había dinero para contratar un jugador foráneo y el elegido fue Wilmar Cabrera. La plantilla estaba integrada por un núcleo de veteranos: Sempere Arias, Tendillo, Castellanos, Subirats y Saura. A ellos se unía una camada de gente joven con enorme proyección: Quique, Fernando, García Pitarch, Giner, etc. Entre ambos grupos aparecían los castellonenses Ribes y Roberto, y el catalán Serrat, que ya acumulaban horas de vuelo en la élite. El interior de Betxí incluso había jugado unos meses antes con España en la final del Eurocopa perdida ante Francia en el Parque de los Príncipes.

Bajo la batuta de Roberto Gil, el Valencia cuajó una excelente primera vuelta, tercero en la clasificación, solo superado por el Barça de Venables y el Madrid. La eficacia defensiva resultó fundamental. Los valencianistas solo recibieron nueve goles en diecisiete encuentros y fueron el equipo menos goleado en el ecuador del campeonato. Los tantos a favor se rentabilizaron al máximo, sobre todo los de Wilmar, que fue el máximo goleador del equipo con once tantos, los mismos que Robert Fernández, pero con una particularidad, el uruguayo marcó más goles como visitante que como local.

El rendimiento de Wilmar Cabrera quedó condicionado por una circunstancia. La selección de su país lo reclamó para jugar la fase de clasificación del Mundial México 86. El Valencia solo podía impedir su marcha con una compensación económica pero no había recursos en la débil economía valencianista. El responsable del combinado celeste, el profesor Omar Borrás, viajó desde Uruguay, negoció con los dirigentes de Mestalla pero, finalmente, no hubo acuerdo y el jugador se incorporó a su selección.

El Valencia acusó muchísimo su ausencia. No había otro delantero de sus características. Ni Jon García ni el otro extranjero, el argentino Juanjo Urruti, se ajustaban a las necesidades. El uruguayo estuvo dos meses sin jugar y, a lo largo de ese período, el Valencia fue incapaz de ganar un partido: cuatro derrotas consecutivas y dos empates. La peor racha del ejercicio que acabó con las opciones de clasificarse para Europa. A su regreso, los valencianistas se reencontraron con el triunfo al batir en casa al Real Madrid gracias a un solitario gol de Ángel Castellanos. Pero ya era demasiado tarde, el conjunto de Roberto Gil finalizó la temporada en mitad de la tabla, solo le faltaron dos puntos para entrar en la Copa de la UEFA. Sin la marcha de Wilmar, seguramente se habría logrado. Su mejor tarde tuvo lugar a orillas del Manzanares cuando firmó un triplete goleador ante el Atlético de Madrid dirigido por Luis Aragonés y con Hugo Sánchez de estilete. Aquella victoria por 2-3 tuvo un duro reverso apenas tres días después, cuando en jornada inter semanal, el Hércules venció al Valencia por 2-0, con un gol de Kempes, y Wilmar fue expulsado. De ahí al aeropuerto camino de Uruguay.

Su segunda y última temporada ya no fue igual. Valdez había tomado las riendas del equipo. Los problemas económicos asolaban a una plantilla que se quejaba de los constantes retrasos en el cobro. Wilmar tomó la voz cantante en las reivindicaciones. Se estaba gestando la tormenta perfecta para el descenso. Al finalizar el ejercicio, consumado el desastre fichó por el Niza francés.

Fotos

Vídeos