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Racic y Parejo, durante un amistoso

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Racic y Parejo, durante un amistoso EFE

El despertar de una estrella decide el derbi

Guedes da el triunfo con un zurdazo en el minuto 91 y manda callar con el dedo después de que Soler igualara de penalti

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Viernes, 5 de marzo 2021

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¿Puede entender un señor de Singapur o de Malasia, tanto da, que vive rodeado de la opulencia y exotismo que el fútbol a veces va más allá del dinero y la lógica, y que cuestiones como la pasión y el coraje también influyen a la hora de ver partidos como el de anoche? Si el príncipe de Johor va a quedarse finalmente un suculento bocado (en torno al 30%) de las acciones de Peter Lim y va a venir a Valencia con director deportivo incluido (Martín Hugo Prest), ya pueden empezar a ir tomando nota de que hay situaciones en el club que en ocasiones son difíciles de explicar. Por ejemplo, lo que pasó anoche en Mestalla. Un grupo de jugadores roto por las circunstancias, aquejado de un victimismo atroz por las formas tan extravagantes que los dirigentes actuales y futuros han elegido para manejar y anunciar próximos acontecimientos, redujo a la nada y en apenas cinco minutos todo el laborioso trabajo que lleva años haciendo el Villarreal, construyendo proyectos con cierta lógica y eligiendo para ello personas con acreditada reputación.

Porque no es fácil entender que con este Valencia, el de ahora, se le puede dar la vuelta al marcador cuando en el minuto 85, era el equipo del recordado Emery el que se iba a llevar los tres puntos. Y menos aún si en la explicación del éxtasis valencianista entra un factor casi tan sorprendente de nombre Gonçalo y que se apellida Guedes. El buque insignia de Peter Lim, aquel por el que el Valencia de otros tiempos derrochó grandezas y que llevaba dos partidos consecutivos en el rincón de pensar por chico que no se esfuerza lo suficiente, apareció para descuartizar al Villarreal de un zurdazo tras un servicio de Oliva. Tremendo zapatazo, con misteriosa dedicatoria mandando callar a no se sabe muy bien quién (si los críticos o Javi Gracia), para firmar una remontada de las que pondrían en su momento a Mestalla boca abajo. Noches así son las que más alegría dan a la grada pero más rabia también a los propios aficionados, que prefieren vivir esta clase de situaciones a problemas derivados por ineptitudes ajenas a lo puramente deportivo. El Valencia está condenado al sufrimiento por culpa de unos y de otros.

Porque a fuerza de ser sinceros, hasta Javi Gracia tiene hoy en día dudas de qué va a pasar con él más allá de junio. Si el Valencia funciona de aquí hasta el final como lo hizo en el arreón último de partido, Martín Hugo Prest, el príncipe, el dueño que parece que no quiere serlo o váyase usted a saber tendría un poco más difícil justificar un relevo en el banquillo. El problema será si el equipo vuelve a las andadas. Lo curioso es que durante muchos minutos dio la sensación de que poco o nada se podía hacer para salir del apuro. El Villarreal se iba a llevar todo el botín jugando poco menos que al tran-tran muchas veces provocado por Parejo.

Es verdad que tuvo ocasiones, pero Emery no puede fiarlo todo tan al límite porque luego aparecen ramalazos como el de Maxi y el del mencionado Guedes. Entre uno y otro la liaron y bien. El uruguayo, cabezón y un incordio de tío para los defensas, provocó un penalti totalmente evitable que Soler ejecutó con su habitual eficacia, y el portugués culminó una buena acción de contragolpe bien conducida por Oliva, uno de los recién llegados que tiene que sumar sí o sí. Ahí apareció el Valencia. Justo ahí desapareció el Villarreal.

Hasta ese momento, todo se movió en una especie de nebulosa de difícil pronóstico. Porque el Villarreal se fue con el marcador a favor en el descanso casi sin darse cuenta. En un centro desde la izquierda que quiso cabecear Gerard Moreno, Gayà desequilibrado y casi de espaldas tocaba el balón con su brazo derecho. Eso, que en otros tiempos era aquello de «¡sigan!» por parte del árbitro, esta vez lo cazó el VAR. Imagen revisada por el colegiado y penalti sin discusión con el nuevo reglamento.

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Los amarillos, que hasta ese instante habían funcionado con altibajos, lo tenían ahora de cara. Sin más méritos que intentar seguir su patrón de juego, el Villarreal había dado una primera estocada que parecía resultar definitiva. Los argumentos exhibidos hasta ese momento por el conjunto valencianista invitaban a muy poco. Por eso era hasta lógico mantener la esperanza de que en la segunda parte, si Javi Gracia conseguía dar con la tecla, el partido podía moverse. Y se movió, aunque muy tarde, pero de qué forma.

Gracia decidió mover a su gente justo cuando Cillessen salvaba el segundo visitante. Con Guedes y Gameiro en el campo, el Valencia planteaba su nueva disposición. Emery, por su parte, había retirado a un Alcácer que en su vuelta a Mestalla no se mostró inspirado del todo. Luego aún cargaría más la escopeta el técnico valencianista, dando esta vez sí el turno a Vallejo y a Oliva. El paso adelante estaba claro. Fue llegar el penalti y todo se revolucionó hasta el punto de que apareció un príncipe para reclamar un trono que el valencianismo demanda. Ojalá Guedes vuelva a ser Guedes.

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