La Valencia que pasa hambre: «¿Cómo le dices a una niña de seis años que no puede desayunar»

Tras cerrarles la sede, el Banco de Alimentos reparte comida en varios puntos de la ciudad cada mes. /Irene Marsilla
Tras cerrarles la sede, el Banco de Alimentos reparte comida en varios puntos de la ciudad cada mes. / Irene Marsilla

Ya son más de 54.000 personas en situación de pobreza alimentaria | Las colas en los repartos de comida y centros de asistencia son cada vez más largas

MAR GUADALAJARA

«Medio brik de leche, pan de molde, algo de bollería industrial, un kilo de arroz y un par de latas de conservas». Elena antes de levantarse hace un recuento mental de la comida que tiene. Después abre la despensa para comprobar si ha acertado en su inventario, con la esperanza de haber contado de menos. «Ojalá tener algo de carne o pescado», piensa. Prepara el desayuno para sus dos hijos, de seis y dos años, y para su marido enfermo. Ella, con el estómago vacío, organiza el día. Sabe que esta semana, como la tercera de cada mes, habrá reparto de alimentos en el barrio. En la ciudad de Valencia son cerca de 5.000 las personas que pasan hambre, más de 54.000 en toda la provincia y superan las 101.000 en la Comunitat.

Las colas del hambre se organizaban en varios puntos de la ciudad. Valencia se consagraba hace unos días como Capital Mundial de la Alimentación, al tiempo que el Banco de Alimentos repartía comida a más de 1.200 familias.

«Los niños hacen apenas dos comidas; a veces no toman leche, y nosotros ni eso»

La necesidad se refleja en sus ojos. Pero también se puede ver la vergüenza y la desesperación. Cuando el camión abre sus puertas y los voluntarios empiezan a vociferar nombres y apellidos, la gente se pone de pie. Algunos esperan cabizbajos, buscando la sombra. Otros impacientes, con el ceño fruncido, bajan al asfalto, bolsa en mano. Un matrimonio, con vestimenta impoluta, se acerca a los responsables de la organización para pedirles discreción. Otra pareja más joven reconocen no sentirse «cómodos con la situación» y con un hilo de voz explican que es su primera vez.

Ha aumentado el número de personas que padece pobreza alimentaria en Valencia. Organizaciones y comedores sociales que trabajan para ayudar a estas familias coinciden en lo evidente: cada vez hay más gente que pasa hambre en la ciudad. El aumento ha sido del 44% en el último año, «y la tendencia que se observa es que va a seguir al alza en 2019», asegura el presidente de Casa Caridad, Luis Miralles. «En el comedor social ha crecido mucho la presencia de extranjeros, tanto de los que están de paso, como aquellos que buscan protección internacional. Pero también, se registra un aumento de familias españolas que acuden a nosotros para poder hacer al menos una comida al día», añade Miralles.

Entidades y familias ponen en cuestión la actuación de los Servicios Sociales

Las bolsas del camión de reparto iban descendiendo. Un joven que no supera los 18 años, hacía ese gesto universal: juntando las yemas de los dedos y moviendo la mano frente a su boca, pedía a los voluntarios algo para comer. «En cada reparto hacemos unas nueve o diez alzas nuevas; hay mucha gente que viene a pedir ayuda y a presentar los papeles para poder beneficiarse y es esta la realidad que tenemos en Valencia, aunque no lo vean, estas son las políticas sociales del gobierno autonómico y municipal», dice con el rostro serio, Jaime Serra, presidente del Banco de Alimentos de Valencia.

Elena se sabe todos los trucos, es la mejor contando historias y enrevesadas excusas a sus hijos. Pero engañar al hambre es difícil. Cómo ella, hay muchas madres que no pueden darles un vaso de leche diario a sus hijos. «Los niños hacen dos comidas, nosotros ni eso», dice Elena agachando la mirada. Antes de tocar fondo, siguen adelante, tratando de buscar trabajo, un sueldo que no esté por debajo del mínimo, batallando contra la burocracia para conseguir ayudas, viviendo en el umbral.

Denuncian un exceso de burocracia que dificulta el acceso a la mayoría de las ayudas

«Son personas respetables, con estudios y muy educados, pero como no tienen recursos, están en lo más bajo de esta sociedad», dice Jaime Serra, que se muestra duro con la falta de apoyo que reciben: «frecuentan los Servicios Sociales pero les dan meses de plazo, porque no tienen un papel o porque según ellos no son un caso prioritario, siempre hay alguna excusa y las ayudas no llegan, se demuestra que necesitan ayuda, viven en el umbral de la pobreza pero en esta ciudad las ayudas van por barrios y algunos caen más en gracia que otros, hay ciertas zonas mucho más cuidadas a nivel social».

En otra cola, esta vez en una en la que abundan los productos frescos y la necesidad ha quedado relegada a un segundo plano, se adquiere comida sin atender al hambre. «Compramos sin pensar en lo que realmente vamos a consumir», advierten los expertos, como María Dolores Raigón, doctora ingeniera agrónoma por la Universidad Politécnica de Valencia y vicepresidenta de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica.

Esta vez, no hay ni rastro de vergüenza, pese a ser el punto clave del desperdicio de alimentos. «Se deben de establecer leyes y normativas que regulen cómo minimizar lo que malgastamos a todos los niveles, es necesario establecer límites para las empresas y concienciar de forma inteligente al consumidor», apunta Raigón que acierta al destacar que «ahorrando una cuarta parte de lo que desperdiciamos podríamos hacer que las personas que padecen hambre accedan a una dieta normal».

Del hambre al desecho de comida, pasando por la obesidad; el acuerdo firmado por el Ayuntamiento de Valencia y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), marca unos objetivos con los que se pretende dar ejemplo. A pie de calle, la realidad de la Capital Mundial de la Alimentación, es muy distinta.

En cifras

5.000
personas en Valencia sufren una situación de pobreza alimentaria.
1.200
familias deben acudir a entidades sociales ante las dificultades para acceder a la comida. En la Comunitat, son más de 101.000 las personas que padecen esta situación, según los últimos datos del mes de mayo registrados por el Banco de Alimentos.
290.000
toneladas de alimentos se tiran a la semana en la Comunitat. Cada semana 5.600 toneladas terminan en la basura. Los expertos piden que se tomen medidas para frenar el desperdicio alimentario. Es un problema de dinero, pero también ambiental.

Elena, junto a los productos que acaba de recibir para su familia.
Elena, junto a los productos que acaba de recibir para su familia. / Irene Marsilla

Elena Martorell | En paro «¿Cómo le dices a una niña de seis años que no puede desayunar»

«¿Cómo le dices a una niña de seis años que hoy no puede desayunar o que puede que no tenga libros para ir al colegio, ni podrá ir a las excursiones con el resto de su clase?», se pregunta Elena con los ojos llenos de lágrimas. Tiene 35 años, se quedó en la calle y sin trabajo por problemas familiares. «Me he visto sola, en la calle, embarazada, con mi marido y mi hija enfermos, con epilepsia y sin medicación», relata con rabia. A su cargo hay tres bocas que alimentar, además de la suya. Con la pensión por la minusvalía de su marido, no llega, asegura que ahora mismo está «en números rojos». Con el pago del piso y las gafas de su hija, está a cero. Los Servicios Sociales no le prestan la ayuda necesaria, «pese a que por ley, deberían pagarle a mi hija por la minusvalía que le acaban de detectar, nadie nos ayuda, nos han dicho que no somos un caso prioritarios, que están saturados y pidamos ayuda a nuestros familiares más cercanos. ¿A quién pido ayuda, si mis suegros están muertos y mi madre me echó de casa?». Una señora se acerca a ella con una bolsa de ropa de niño. «Gracias a gente como ella y a las amistades que aún conservo, puedo salir adelante, me siento muy agradecida por ello», dice pese a todo.

Lleva la documentación y el dinero encima, «por si encuentro un lugar donde pueda usar un ordenador y puedo seguir intentando tramitar las ayudas». Ha aprendido a racionar la comida y a pedir ayuda sin sentir vergüenza por ello. «Debes ir mirando a un lado y a otro, porque no sabes por donde te caerá esta vez, pero mi prioridad es darles una mínima calidad de vida a ellos y no voy a desistir».

Olivia, en la cola para recibir alimento.
Olivia, en la cola para recibir alimento. / Irene Marsilla
Olivia del Moral | En paro «Nos vemos ahogados y sin ayudas, es difícil salir»

Al pasar una enfermedad se quedó en paro. Nunca pensó que podría llegar a esta situación, pero la pequeña pensión que cobra no es suficiente y no llega a fin de mes. Su hijo tiene 13 años y Olivia asegura que «nunca le ha faltado nada», aunque lamenta no poder comprarle productos frescos como carne o pescado. «Por ahora intento buscar trabajo, no tengo apoyo porque la familia que nos queda vive fuera», comenta, aunque con actitud admirable se replica así misma: «yo siempre me he buscado la vida sola y he tratado de arreglármelas como he podido». En su barrio es habitual convivir con familias que pasan una situación parecida. Ahora, dice, la zona está más degradada, pero los vecinos «nos ayudamos en lo que podemos». Para ella son los políticos los que deberían pasarse más por los barrios «que vean cuántos están en esta situación, porque es muy difícil salir y no son sólo los extranjeros están mal, somos los propios españoles los que nos vemos ahogados y sin ayudas de ningún tipo».

En verano se desperdicia más comida

El verano es la época del año en la que más desperdicios de comida se generan. «Al cambiar el menú por productos frescos, la vida de estos es más corta y acaban antes en la basura», explica David Esteller, responsable del proyecto contra el desperdicio alimentario de AECOC, la Asociación de Fabricantes y Distribuidores. Las empresas ya se han puesto las pilas para evitar desechar alimentos según Esteller; lo hacen «para ser más eficientes, buscan el fallo y tratan de solventarlo para evitar pérdidas». No sólo se trata de dinero, «también de un gasto energético, de agua y de recursos, que afecta a nivel medioambiental», explica.

Los hábitos de consumo y el modelo de vida influye en el desperdicio. «Nuestras abuelas aprovechaban todo, hasta el pan duro», relata Esteller. Estas costumbres, se han extendido a través de la tecnología. Ganan terreno aplicaciones que ponen en contacto a restaurantes, panaderías o supermercados con los consumidores, para liquidar los excedentes. Aún así, los expertos piden más regulación.