Los secretos de San Vicente Ferrer

La imagen de San Vicente Ferrer, durante una procesión. / Irene Marsilla
La imagen de San Vicente Ferrer, durante una procesión. / Irene Marsilla

Casi seis siglos después de su traspaso, el apasionante personaje histórico sigue escondido entre escritos hagiográficos | Renunció al priorato del convento dominico de Valencia por su firme convicción en el asunto del Cisma

ÓSCAR CALVÉValencia

A día de hoy desconocemos la fecha de nacimiento de San Vicente Ferrer. Es cierto que mediante cálculos intrincados y dudosos, hagiógrafos del siglo XVII dieron por bueno el 23 de enero de 1350. Esta datación, a base de repetirse, fue validada por el folclore. Pero también es verdad que otros hagiógrafos propusieron fechas distintas. A falta de la aparición de algún documento relevante de la época, es imposible saber el día de nacimiento de San Vicente Ferrer. Ni es un drama, ni debe alterar el valor sentimental asignado por la tradición a esa fecha. Sólo es un dato que los apasionados de nuestra historia han de saber.

¿Por qué apenas ostentó durante unos meses el cargo de prior del convento de Santo Domingo de Valencia? Tras una excelsa trayectoria académica, San Vicente Ferrer inició una carrera no exenta de trabas. En su juventud se zafó de una de las más grandes. Desconocida por muchos vicentinos, incluyó un severo toque de atención real. En 1378, poco tiempo después de la estancia de Ferrer en Toulouse para su formación teológica, estallaba el Cisma. El dominico, por influjo de un testigo directo del controvertido cónclave y por otras causas más complejas, tomó una postura clara: apoyar al hoy considerado antipapa Clemente VII. Tanto, que Ferrer emprendió un viaje junto al cardenal Pedro de Luna (futuro Papa Luna) para predicar la obediencia a la sede aviñonesa, la del citado Clemente VII. Su postura difería mucho de la del entonces rey de la Corona de Aragón, Pedro IV. Este prefirió tomar una actitud contemplativa a la espera del desarrollo del Cisma. Coloquialmente, no mojarse. Ferrer accedía en 1379 al priorato del convento dominico de nuestra ciudad. Entre sus objetivos estaba defender la causa aviñonesa. Para ello necesitaba una especie de permiso municipal.

Portada de unos de los textos hagiográficos más famosos sobre el santo.
Portada de unos de los textos hagiográficos más famosos sobre el santo. / LP

Los Jurados de Valencia, cual «pajaritos» de Varys (metáfora para seguidores de Juego de Tronos), enviaron al rey una carta advirtiendo del propósito de Ferrer. El calentón del monarca fue mayúsculo. Esta es la respuesta literal de Pedro IV enviada el 19 de diciembre de 1379 a los Jurados: «(...) On vos responem que tenim per savi e per bo l'acort que havets haüt [refiriéndose a los Jurados y a su cautela respecto a dar licencia a los intereses del dominico], e tenim lo dit frare Vicent per foll, qui aytal cosa ha gossada assajar, e som estats d'enteniment, per aquest fet, gitarlo de nostre regne, car bé ho mereixia (...) E volem e manam a vosaltres que si d'aquí avant lo dit frare [Vicente Ferrer] ne altre, fa semblants coses, que.ls gitets de nostre regne...» Ferrer, calificado como «foll» (loco), era amenazado con ser expulsado de los dominios reales si seguía con su meta de defender la sede aviñonesa ante la romana. Lo más alucinante del caso puede deducirse de una carta que el duque Juan, primogénito real y futuro Juan I de Aragón, envío a las autoridades en Valencia. En ella solicitaba que se le prestase una especial protección al dominico, puesto que, abróchense los cinturones, «era fortment per alscuns vituperat e mal tractat.» La de vueltas que da la vida.

Tres décadas más tarde, San Vicente Ferrer necesitaba en la mayoría de las ciudades que entraba medidas de seguridad extraordinarias, incluido un documentado antecedente del papamóvil. Obviamente, no por ser rechazado. Al revés. Por considerarse un santo en vida. Pero regresemos a 1380. San Vicente Ferrer no dio su brazo a torcer. Renunció al recién obtenido priorato, no sin dejar un recado al monarca. El dominico dedicó a Pedro IV el «Tratado sobre el Cisma», donde daba cuenta de las razones que le impulsaban a tomar partido por una de las obediencias.

Amenazado con ser expulsado por Pedro IV, fue 'fortment per alscuns vituperat e mal tractat'

Todo indica que la fidelidad a Pedro de Luna -el legado de Clemente VII- se vio recompensada a lo largo de su carrera. Sobre todo a partir del fallecimiento de Pedro IV (1387) y del acceso al solio pontificio de Pedro de Luna como Benedicto XIII (1394). Como el reportaje va de secretos o de aspectos poco conocidos, la comunidad científica -donde incluyo con suma justicia la dominica-, da por válido que el título de Maestro en Teología de Ferrer fue una concesión personal. Eruditos como el religioso José María Coll demostraron que, según las normas de la época, Vicente Ferrer carecía de edad y formación suficiente para obtener el grado de Maestro en Teología reconocido en el capítulo dominico provincial de 1389. Algún político especialista en adornos curriculares, no importan las siglas, podría venirse arriba. No admite comparación alguna.

La visión de Aviñón (1398) es el elemento capital en la biografía de Ferrer. El impulso definitivo hacia una fama que trascenderá lo terrenal, incluso en vida. Esa visión convirtió a Ferrer en profeta. En aquella visión Cristo le encomendaba a recorrer el mundo predicando la proximidad del final de los tiempos. Así lo hizo, sobre todo entre 1408 y 1416. Levantó tanto terror como admiración a los devotos, fueran reyes o esclavos, aunque algunos, los menos, pensaran que lo hacía «per spantar». Me quedo con ganas de explicarles curiosidades de aquella visión, su dieta (la documentada), la carroza que en 1414 le dedicó Valencia, el porqué de su ruptura con Benedicto XIII, los testimonios referentes a su aspecto físico... Si Dios quiere, en otra ocasión.

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