Uno de los secretos mejor guardados de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia

Arcos comunicantes en el Museo Príncipe Felipe de Valencia./Ciudad de las Artes y de las Ciencias
Arcos comunicantes en el Museo Príncipe Felipe de Valencia. / Ciudad de las Artes y de las Ciencias

En un lateral del Museo Príncipe Felipe se puede experimentar el mismo fenómeno que en la Estación Central de Nueva York

Jaume Lita
JAUME LITA

Nueva York no se entendería sin la huella que dejó un valenciano ilustre como Rafael Guastavino. Entre los más de 200 edificios en los que se encuentra su trabajo está la Estación Central, punto obligado de visita y paso tanto para turistas como para habitantes de la gran ciudad americana. En su interior se encuentra un rincón en el que es posible jugar gracias a la arquitectura ideada por el maestro valenciano y ese mismo entretenimiento se puede disfrutar en la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia. Un juego en el Museo Príncipe Felipe que le hace como uno de los secretos mejor guardados del centro valenciano.

Guastavino patentó en tierras americanas una forma de construcción que impedía la propagación del fuego en edificios de grandes dimensiones. Gracias a su método para alzar muros y bóvedas con ladrillos, la madera y otros elementos inflamables se dejaron de usar. En la Estación Central de Nueva York existe una sala conocida como la de los Susurros. En ella es posible hablar con una persona que se encuentra en la esquina opuesta, por mucho ruido que haya en la estancia.

Este juego a través de la arquitectura también se puede llevar a cabo en la ciudad que vio nacer a Rafael Guastavino. En Valencia existe un lugar en el que es posible hablar con normalidad con una persona que se encuentra a 50 metros de distancia. El juego de Guastavino también está en la Ciudad de las Artes y de las Ciencias.

Hay que acudir a los laterales del Museo Príncipe Felipe, allí un gran arco sirve de sustento para el edificio. Entre los dos puntos de apoyo del arco existe una distancia de 50 metros y es posible hablar de punta a punta sin ningún tipo de problema. Únicamente hay que aprovecharse de la arquitectura. Es lo que se conoce como arcos comunicantes ya que la estructura permite que las ondas del sonido de la voz se canalicen a través de la construcción que tiene forma de arco. Aprovechando esa forma las ondas no se dispersan y llegan en perfectas condiciones para escucharlas al otro lado, por mucha distancia que exista.