Villa Cornelius: la ensalzaron para volverla a enterrar

Cantera romana en el Buixcarró./
Cantera romana en el Buixcarró.

Villa Cornelius está totalmente abandonada tras construir un puente del AVE para respetar las valiosas ruinas romanas

VICENTE LLADRÓVALENCIA

Saliendo de la población de L'Énova hacia el sur se encuentra una señal que muestra el desvío a la Villa Cornelius, que está a escasas decenas de metros. O estaba. Porque los valiosos restos arqueológicos, que se excavaron y difundieron con gran despliegue oficial, se volvieron a enterrar después. Cuando llega el interesado hasta el lugar, cerca del cementerio y junto al enorme trazado de las vías del ferrocarril, se lleva un gran desengaño. De la Villa Cornelius, con la que tanto pecho sacaron la Diputación de Valencia y la Generalitat, no hay más rastro que los seis cartelones con precarias fotos y explicaciones de lo que allí al lado yace, tras la valla semi rota, debajo de escombros y matorrales.

Carteles de Adif

Los carteles llevan la firma patrocinadora de Adif, la entidad oficial que administra las infraestructuras ferroviarias, porque la historia del hallazgo de este valioso yacimiento arqueológico empezó precisamente con las primeras excavaciones para el trazado del AVE. Unas obras que a punto estuvieron de hacer desaparecer para siempre los vestigios de Villa Cornelius, pero que se pudieron parar a tiempo gracias a la intervención de una plataforma de defensa que, apoyada por técnicos expertos, hicieron ver la importancia del hallazgo, hasta obligar a cambiar el proyecto del trazado.

La cantera de los romanos

A menos de kilómetro y medio de Villa Cornelius, en los primeros repechos rocosos de la sierra del Buixcarró, hay una cantera abandonada de origen romano y que, según se cree, debió de explotarse hasta la Edad Media. Sólo una parte está al descubierto, donde se pueden admirar diversos cortes de los que salieron grandes bloques de mármol, el bello y valioso mármol rosa Valencia, que no sólo se dedicó para construcciones locales, como la cercana villa de Publius Cornelius, sino que llegó a exportarse. El arqueólogo valenciano Miquel Martí, que la tiene muy estudiada, está convencido de que una gran parte de la cantera sigue bajo cultivos de naranjos de alrededor, como lo estaba la villa. En uno de los muros hay una hornacina que debió servir de altar religioso. También se encontró una cuña de hierro de cantero, única en España.

Las nuevas vías cruzan por la mitad Villa Cornelius, como estaba previsto desde un principio, pero gracias a la presión por preservarla, se construyeron dos enormes puentes para pasar por encima y dejarla a salvo. De poco sirve porque no hay nada que ver, salvo carteles que acabarán cayendo o requemándose con el sol.

Sobre un poste eléctrico, en un borde la explanada que sirve de aparcamiento para posibles visitantes -con señalización pintada en el asfalto y todo-, alguien ha plasmado una improvisada indicación de que allí está la Villa Cornelius. Quizá lo hizo con la intención de quedar acorde con el desangelado escenario, porque le da un toque poligonero.

La presunta villa anunciada se adivina por los carteles sobre la valla, que empieza a desmoronarse en algunos puntos, víctima de dentelladas intencionadas sobre su estructura metálica. Pero no se ve nada, está tapada con una gruesa capa de tierra, y el abandono es total. Si el cercado pretende proteger lo enterrado, ni eso resulta; se puede entrar y deambular sobre los 3.000 metros de ruinas romanas que se excavaron y consignaron con detalle.

Por arriba pasan trenes cada diez o quince minutos; abajo quedan, bajo la tierra con hierbajos, las termas, los muros de mármol, la gran balsa, los mosaicos que quisiera admirar el interesado, tan ingenuo que llegó a pensar que de verdad había intención de culminar el proceso. ¿Para qué se excavó?, ¿para qué estas enormes vigas de los dos puentes?, ¿con qué objeto tanto revuelo? Los carteles quedan ridículos, como un quiero y no puedo. Se quedaron a menos de la mitad para volver a la nada. No se entiende.

Un noble del imperio

Aquí estuvo la villa de Publius Cornelius Iunianus, noble patricio romano que la habitó con su familia entre los siglos I y II. Se sabe que luego fue abandonada, para volver a habitarse lo que quedaba en el siglo V. Está en la partida de Francs del municipio de L'Énova, cuyo nombre se relaciona con la palabra latina 'ianua', que significa puerta, porque el origen de la población tendría que ver con su posición privilegiada junto a la Via Augusta y la entrada hacia Saetabis, o sea, Xàtiva.

En septiembre de 2003, al arrancarse los naranjos con las primeras excavaciones para el AVE, salieron a la luz piezas de mármol y restos de cerámica. Cuando se comprobó la relevancia del yacimiento y se planteó su excavación y estudio, se fue descubriendo la envergadura de la villa, apareciendo mosaicos, ricos elementos de decoración de mármol rosa, cerámica traída de Italia, decenas de monedas romanas, restos de vidrio, las habitaciones de la casa del patricio, trazos de dependencias anexas...

Sin embargo, hubo intentos de hacer ver en un principio que aquello tenía escasa o nula importancia, para que no se retrasaran las obras ferroviarias. Ante la posibilidad de que se diera carpetazo nació una plataforma ciudadana empeñada en que se respetara la villa. A la misma se sumó pronto el arqueólogo de Catarroja Miquel Martí, quien, por una casualidad recayó en L'Énova. En aquel entonces preparaba su tesis doctoral sobre la Valencia romana y había encontrado un documento que se refería a la pugna entre la capital y Xàtiva por el comercio del mármol. Sus investigaciones le llevaron al convencimiento de que debían existir canteras de mármol en la sierra de Buixcarró que tuvieron gran importancia en época romana. En concreto, las pesquisas apuntaron a L'Énova, y allí fue a preguntar por alguna antigua 'pedrera'. Pero le decían que allí no había canteras, sino en otros pueblos. Insistió, buscó y al final encontró la cercana cantera romana de la foto de arriba, que desde hacía tiempo habían convertido en un enorme basurero.

Gracias a aquella visita a L'Énova, Martí supo que las obras del AVE habían sacado restos de una villa y que los técnicos decían que no tenía nada de especial, por lo que podrían pasar de ella. El arqueólogo se unió a la plataforma de defensa de la villa, hicieron contrainformes, se enfrentaron a la versión oficial, acudieron a las Cortes, recabaron el apoyo de grupos parlamentarios y consiguieron que se cambiara el proyecto para respetar el yacimiento.

De paso, el experto Miquel Martí rebate la versión oficial de que allí hubo una factoría de lino. Asegura que la pestilencia de tales instalaciones es incompatible con la residencia de un noble patricio del imperio romano. Las fibras de lino halladas en la tierra de una balsa procederían de otras instalaciones alejadas y serían traídas por el agua del río que llenaba los estanques de Villa Cornelius.

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