Al zoo en ambulancia

Pacientes terminales visitan un zoo de Ámsterdam./ Ambulancia del deseo/ Stichting Ambulance Wens
Pacientes terminales visitan un zoo de Ámsterdam. / Ambulancia del deseo/ Stichting Ambulance Wens

Una fundación altruista cumple las ilusiones de enfermos crónicos. Llevan más de doce mil deseos cumplidos

SUSANA ZAMORA

Nada hizo presagiar a Mario Stefanutto que aquel traslado en ambulancia acabaría por llenar de felicidad lo poco que le quedaba de vida. Apenas unas semanas, a decir de los médicos. El anciano marinero, enfermo terminal de cáncer, iba postrado en la camilla del vehículo que conducía el enfermero holandés, Kees Veldboer. Se dirigían al hospital para ingresar a Mario en la Unidad de Cuidados Paliativos. En mitad del trayecto, Kees recibió una llamada del centro. Un imprevisto obligaba a aplazar el ingreso hasta nuevo aviso. Dio la vuelta y enfiló en dirección al lugar donde había recogido al paciente. En el camino el viejo lobo de mar le contó a Kees que el tiempo se le agotaba y que le habría gustado volver al puerto de Rotterdam, despedirse del enjambre de grúas, de los barcos, del revoloteo ensordecedor de las gaviotas, del trasiego de contenedores, del olor a salitre, en definitiva de su vida. ¿Y por qué no?, se preguntó el enfermero sin soltar las manos del volante. Decidido, se lio la manta a la cabeza y puso rumbo en aquel día soleado al canal Vlaardingen, donde los dos permanecieron un hora, ajenos a todo. Sesenta minutos de recuerdos y de llanto que empujaron a Kees Veldboer a seguir construyendo el sueño de aquel marinero. «¿Te gustaría volver a navegar de nuevo?», se atrevió a sugerirle pese a las serias dificultades que entrañaba la propuesta. Y en menos de una semana, Stefanutto surcaba las aguas de aquel canal gracias a la implicación del jefe de Veldboer, que le prestó una ambulancia; de un amigo, que le ayudó en el traslado, y de una compañía de barcos de recreo, que aquel día cambió las rutas turísticas por el puerto de Rotterdam por un viaje impagable. Stefanutto murió poco después. Los médicos no se equivocaron. «Me gusta saber que todavía hay personas a las que les importan los demás. Les puedo asegurar que los pequeños gestos pueden tener un gran impacto», dejó escrito en una carta.

Tras la experiencia, intensa y esperanzadora que marcó a Kees, este arquitecto de sueños decidió seguir construyendo ilusiones y, junto a su esposa Ineke (también enfermera de profesión), creó la fundación Stichting Ambulance Wens. Tenía 46 años y han pasado doce desde entonces. En este tiempo llevan más de 12.000 deseos cumplidos en nueve países diferentes.

Su versión española, la Fundación Ambulancia del Deseo, acaba de nacer, sin apenas recursos materiales, pero con la misma fuerza arrolladora de aquel conductor que no dudó en mover montañas para hacer realidad el sueño de alguien a quien se le escapaba la vida. El objetivo es ayudar a enfermos crónicos, incapacitados o en una situación terminal que quieren cumplir un deseo y precisan de un equipo sanitario y unos vehículos especializados.

El mar de Ana

Los primeros pasos ya los han dado desde que el pasado 20 de abril firmaran un acuerdo de colaboración con la fundación matriz holandesa, durante la celebración del primer Congreso Internacional del Proyecto Hurge, una iniciativa que nació hace dos años en España para mejorar el trato que recibe el paciente en las urgencias.

Ana Díaz cumplió su sueño de conocer el mar a sus 78 años en Murcia.
Ana Díaz cumplió su sueño de conocer el mar a sus 78 años en Murcia. / Ambulancia del deseo/ Stichting Ambulance Wens

En tan solo cuatro meses, estos héroes de carne y hueso y sin capa han logrado lo que parecía imposible. «No hace falta ser un superhéroe para conseguir grandes cosas. Solo hay que tener ganas de ayudar; no hace falta nada más», sentencia Antonio Andrés Romero. Este enfermero de la clínica geriátrica Belén (Murcia) es el responsable de que Ana Díaz haya dejado, a sus 78 años, de imaginar cómo es el mar.

La vida de Ana no ha sido fácil. Durante años trabajó de lunes a domingo en una fábrica conservera y luego cuidando de sus padres hasta que fallecieron.

El conductor del autobús que hacía la ruta desde su casa en Nonduermas, una pedanía a 3 kilómetros de Murcia, hasta la zona de playas, solía animar a Ana para que se acercara al mar. Él mismo se prestó a llevarla. Pero ella nunca se decidió a dar el paso. Permaneció soltera y sin hijos. Luego llegaron los problemas de artrosis y de obesidad mórbida. Sus limitaciones físicas crecían; también, su aislamiento. Actualmente, no puede desenvolverse por sí misma y depende de otros para ir y volver al comedor o a la sala de estar desde su dormitorio. «Un día, mientras le hacía el control diario de la glucosa, me contó que nunca había ido a la playa. Aquello se me quedó grabado. Sabía que le hacía mucha ilusión, pero no tenía los medios para hacerlo realidad, hasta que coincidí con antiguos profesores de la facultad y me comentaron el trabajo que desarrollaban en la Fundación Ambulancia del Deseo», explica Antonio.

Han pasado diez días desde que Ana grabara para siempre en su retina la imagen soñada durante tantos años. Tampoco olvidará la sensación de bañarse en el mar. El pasado 13 de septiembre llegó hasta la playa de Santiago de la Ribera (Murcia) en la ambulancia que le cedió la Gerencia del 061 del Servicio Murciano de Salud, acompañada por una docena de voluntarios, a los que Francisco, el sobrino de Ana, no sabe cómo agradecer tanta entrega, pero sobre todo «la enorme sensibilidad y el cariño que demostraron».

Al frente de todo el dispositivo, Manuel Prados, impulsor de la Fundación Ambulancia del Deseo. «Ana llevaba ocho años metida en una cárcel sin posibilidad de salir; se merecía que la ayudásemos», recalca este profesional, que ahora se reparte entre su labor altruista en la fundación y la sanitaria como enfermero del 061 de Murcia. Le empiezan a faltar horas para atender las peticiones que le llegan desde todos los rincones de España y no quiere ponerse límites, «porque tenemos contactos con otras fundaciones que pueden colaborar con nosotros. Te das cuenta de que hay más gente que quiere ayudar de la que pensamos. En el fondo, todo el mundo tiene un lado bueno, lo único que hay que hacer es despertarlo», recalca. Lo dice con las pruebas en la mano, porque en los deseos que llevan cumplidos, la corriente de solidaridad ha sido «abrumadora».

La sonrisa y el adiós de Lucía

Pero también han conocido ya la cara B de su proyecto, el lado más amargo y triste, como es perder a la persona a la que un día sorprendieron. «Sin duda, nuestra fundación tiene un punto agridulce, porque nos gustaría que los pacientes se curaran. Pero cuando la medicina llega al límite de su capacidad, ya solo nos queda escuchar a la gente y ayudarla en lo que podamos», expone Manuel.

Pacientes terminales el Rijksmuseum de Ámsterdam para ver por última vez un cuadro de Rembrandt
Pacientes terminales el Rijksmuseum de Ámsterdam para ver por última vez un cuadro de Rembrandt / Ambulancia del deseo/ Stichting Ambulance Wens

Así lo hicieron con Lucía, una niña de nueve años en estado muy grave, que tras haber quedado ciega como consecuencia del tumor cerebral que sufría se refugió en la música. «Los padres nos comentaron que era muy fan de los realitys musicales y conseguimos que las cantantes Angy y Cris Méndez pasaran una tarde con ella. A veces, es un regalo también para las familias, que hacen realidad la ilusión de su ser querido antes de perderlo definitivamente», relata el fundador de Ambulancia del Deseo.

De aquel conmovedor encuentro, Cris guarda en su memoria como oro en paño la reacción de la niña al escuchar los primeros acordes de sus temas 'Fe' y 'Sube'. «Pese a su delicado estado y la sedación, fue muy emocionante comprobar lo que la música generaba en ella: sonreía y movía los dedos intentado llevar el ritmo. Nos hizo muy felices saber que le estaba llegando la energía que le intentábamos transmitir». Un mes más tarde, Lucía falleció. Una pérdida de la que aún no se ha sobrepuesto el equipo de voluntarios que durante días se entregó a la misión de organizar la sorpresa y fue cómplice de unos padres abatidos. «También nosotros tenemos que pasar nuestros pequeños duelos y recuperarnos del golpe. Hay casos en los que te involucras tanto emocionalmente que tienes que tomar distancia para poder recuperarte», explica Manuel.

Una ambulancia propia

Los comienzos siempre son difíciles y de eso son conscientes los fundadores de la Ambulancia del Deseo. Su objetivo ahora es contar con su propia ambulancia, «aunque sea viejita, pequeña y de segunda mano», para no depender de terceros. Se da la circunstancia de que este verano tuvo que bajar de Holanda el mismo Kees Veldboer con su ambulancia para cumplir el deseo de una mujer enferma de cáncer que quería reencontrarse con su madre, también con cáncer, antes de que el tumor fuera a más y lo impidiera. «Teníamos que trasladarla desde Madrid a Barcelona y solo cabía hacerlo en ambulancia. Como ves, la mayoría son deseos sencillos, que solo requieren un poco de voluntad. ¿Quién puede negarse a eso?», se pregunta Manuel.