El misterio de la cripta politizada

Una pareja pasea por la cripta de la catedral de la Almudena, al lado de la tumba de los Franco, con algunas flores. / VIRGINA CARRASCO

La tumba que acogerá a Franco está muy cerca de la plaza donde era ensalzado | El sacerdote que gobierna la iglesia advierte que no tolerará faltas de respeto. «Sus partidarios deberán guardar silencio»

ANTONIO PANIAGUA

«Aquí puede venir todo el mundo. Si se presenta gente para homenajear a Franco deberá permanecer en silencio», asegura Joaquín Iniesta, párroco de la iglesia madrileña de Santa María la Real de la Almudena, donde se encuentra la cripta de la catedral del mismo nombre. En una de sus abundantes sepulturas yace la hija única del general, Carmen Franco y Polo, y su marido, Cristóbal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde. Si fracasan las alegaciones de sus herederos para que Franco permanezca en el Valle de los Caídos, el hombre que se hizo llamar Caudillo descansará junto a las urnas cinerarias de su descendiente y su yerno. Por ahora se desconoce si Carmen Polo, enterrada en el cementerio de Mingorrubio, hará compañía al que fue inquilino del Palacio del Pardo.

La tumba, de unos cuatro metros de profundidad, pasaría desapercibida si no fuera por una orquídea blanca que luce un pequeño lazo con los colores de la bandera nacional. Es de las pocas que habitualmente reciben flores frescas. Para Miriam Cano, actriz y guía cultural de la asociación Carpetania que enseña la cripta, la mudanza tiene algo de agravio para el dirigente que se arrogó la jefatura de la Falange Española y de las JONS. «De pasar de estar enterrado en un enorme mausoleo en el Valle de los Caídos descansará en una tumba a ras del suelo, de manera que su nombre podrá ser pisado por los visitantes». Sin embargo, el asunto se puede interpretar bajo otra luz. Los herederos han sido muy cuidadosos al elegir un nuevo emplazamiento una vez que sea exhumado el líder golpista. El jefe del Estado hasta 1975 ya no reposará en Cuelgamuros, pero estará a un tiro de piedra (está prácticamente adosado al Palacio Real) de la plaza de Oriente, lugar donde el autoproclamado Caudillo soltaba sus soflamas.

Comparada con las 18 capillas privadas que guardan los despojos de nobles y otros prebostes de la patria, la tumba de los Franco, excavada en el suelo y cubierta con una lápida de mármol, resulta hasta humilde. Apenas una sencilla inscripción da cuenta de las fechas de nacimiento y defunción de los cónyuges.

La fosa contrasta con los sarcófagos, sepulcros y oratorios que ostentan lujosos vitrales y cúpulas suntuarias. Allí se alojan los cuerpos de gentes de noble cuna, personajes de la alta burguesía y obispos. Los marqueses de Urquijo, el primer marqués de Cubas y los condes de Santa María de Sisla, entre otros muchos, reposan en estas capillas. El cuerpo del arquitecto que terminó la Almudena, Fernando Chueca Goitia, también yace en la cripta.

«Buenos pesos»

«¡Qué arrogancia, qué opulencia! Los que están ahí han debido de pagar su buenos pesos», sostiene escandalizada la argentina Alicia Llusá. «Si sus partidarios vienen callados y en calma, muy bien. Está bien que lo saquen del Valle de los Caídos, que es de todos».

El axioma de que la muerte a todos nos hace iguales se antoja un mito. El privilegio de estar inhumado en la cripta de la Almudena es consecuencia de las generosas donaciones que hicieron algunas familias de posibles a la construcción de la catedral. Por dádivas que oscilaban entre 120.000 y 150.000 euros o más, la Iglesia adjudicó a principios de este siglo el derecho de enterramiento en lugar sagrado.

«Por razones de higiene, sólo exigimos que los cadáveres estén embalsamados», dice el sacerdote. Los de la duquesa de Franco y el marqués de Villaverde están reducidos a cenizas.

Ya no hay más espacio disponible para albergar tumbas y sarcófagos, pero aún se siguen produciendo enterramientos, del orden de uno o dos al mes. Se trata de difuntos cuyos allegados se tienen que conformar con un pequeño columbario donde guardar la urna cineraria, previo pago de 10.000 o 12.000 euros. Eso sí, son cavidades a perpetuidad.

La de los Marqueses de Urquijo es una de las 18 capillas privadas.
La de los Marqueses de Urquijo es una de las 18 capillas privadas. / Virgina Carrasco

«Por razones de higiene, solo exigimos que los cadáveres estén embalsamados»

Ahora hay toda suerte de teorías sobre si la Iglesia se hace trampas al solitario al consentir inhumar restos mortales en los lugares de culto. No en vano, en 1983, el Código de Derecho Canónico estableció que «no deben enterrarse cadáveres en los templos, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia 'casa' a los cardenales o a los obispos diocesanos, incluso eméritos». Mientras Iniesta aduce que esta prohibición se limita al espacio donde se ubica el altar mayor, el periodista especializado en asuntos funerarios y director de la revista 'Adiós', Jesus Pozo, no está de acuerdo y cree que la Iglesia hace una lectura del código a su medida. «Hace de su capa un sayo», sentencia.

La entrada a la cripta es gratuita, pero se pide una voluntad de uno o dos euros para su mantenimiento y alumbrado. Al traspasar el umbral, el visitante se siente apabullado por un bosque de más de 400 columnas gigantescas, unas exentas y otras adosadas, coronadas por robustos capiteles neorrománicos, todos distintos entre sí. No hay ninguno idéntico al otro. En la nave central la imaginación del escultor se desborda y aparecen criaturas de toda clase, desde un pulpo hasta un caracol, pasando por un castillo, y el oso con su inseparable madroño, figuras de las armas heráldicas de la capital.

Lucía Martínez Ponce se ha animado a acercarse al lugar porque ha estado en la catedral y quiere «verlo todo». Le ha gustado mucho el monumento e ignoraba que aquí pueden acabar los huesos de Franco. Una vez enterada, se muestra un tanto impasible. «A mí me da igual. Estaría mal si se hicieran manifestaciones políticas, si viene mucha gente en grupo se estropea el respeto».

Turistas y fieles

La cripta es uno de los monumentos menos conocidos de Madrid, pero tiene su público. Eso sí, es mucho más frecuentado por los turistas que por los feligreses. Apenas seis personas escuchan al cura Iniesta decir misa con cadencia monocorde. Son muchísimos más lo que vienen a curiosear, entre 800 y 1.000 al día. Unos tienen cuidado de no pisar las lápidas y se mueven como el que cruza la cuerda floja. Pero no es ningún sacrilegio hollar piedra mortuoria. El propio vigilante del recinto lo hace.

A pesar de la solemnidad del recinto, a la que contribuyen las reminiscencias bizantinas y las lámparas votivas inspiradas en el tesoro visigodo de Guarrazar, Miriam Cano realiza recorridos divertidos en familia para que los chavales «encuentren al pulpo o al caracol, competidores oficiales de la rana salmantina», en alusión a la figura labrada en la portada de la Universidad de Salamanca.

Belén Conde, de Ourense, ha salido de la cripta muy defraudada: «Es un pegote. Cuando se hace algo tiene que ser representativo de su tiempo». La posibilidad de que el cuerpo de Franco sea trasladado al centro de Madrid le desagrada. «No me gusta que se hagan homenajes al dictador ni que esté en el Valle de los Caídos. La Iglesia no se debería decantar por nadie. Franco fue una persona dañina para el país».

José Cuadrado recela y se manifiesta con cautela. «Las cosas pasadas, pasadas están. En algún sitio tendrán que poner a Franco. Remover la cuestión trae problemas». A su juicio, los restos del dictador «estaban muy bien en Cuelgamuros, que es un sitio tranquilo. Yo no le debo nada Franco, todo lo que soy me lo he sudado», concluye.

La lápida de Carmen, la hija de Franco, y su marido. / VIRGINA CARRASCO
Su arquitectura

Un piso por debajo. En la cripta se ubica la parroquia de Santa María la Real de la Almudena, que es un espacio independiente de la catedral y alojado un piso por debajo del templo metropolitano. De hecho la primera se terminó en 1911 y la segunda fue consagrada por Juan Pablo II en 1993 en su cuarto viaje a España.

Columnas por doquier. La cripta tiene una sólida arquitectura neorrománica que alberga en su interior más de 400 columnas, cuyos capiteles son todos diferentes. Se pueden observar figuras bíblicas, junto a un castillo, ornamentos vegetales, un pulpo y un caracol, así como el oso y el madroño.

18 capillas privadas lujosamente decoradas están en manos de nobles y personajes de la alta burguesía. Se ofrecieron a las familias que destacaron por sus espléndidas donaciones para construir la catedral. A cambio de cantidades exorbitantes, la Iglesia concedía el derecho a ser enterrado en lugar sagrado. Ahora ya solo ofrecen columbarios.

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