Historias de lavandería en Valencia

Historias de lavandería en Valencia
I. Marsilla

Sorprendieron al llegar pero ya forman parte del paisaje urbano de cualquier barrio de Valencia. Los nuevos modelos y ritmos de vida nutren de una multiforme clientela a un negocio que hace las veces de ágora

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

La máquina se agita espasmódica como si quisiera escapar de su carcasa de madera. Gira el tambor de esa enorme lavadora más rápido que la vida pausada que hormiguea, alrededor de esta lavandería, en el barrio de Ruzafa, en Valencia. Osama, que no lleva gafas, como no lleva gafas, jamás, ningún subsahariano llegado a España quién sabe cómo, achina los ojos para leer las instrucciones. «No veo muy bien», advierte. Pero se escucha otra cosa, algo así como que hay muchas otras prioridades en su vida antes que unos anteojos. Que ver borroso es mejor que pasar hambre. O que ir sucio; sentirse sucio.

Osama llegó hace años al sur de Andalucía. Ahora vive en Valencia y trabaja de lo que puede. O de lo que le dejan. Un día a la semana mete su armario entero en una de estas lavadoras de gran capacidad que han florecido por los barrios de toda España. Estamos en plena temporada de la naranja y, aunque los citricultores están dejándola caer porque no compensa cogerla al precio insultante que están pagándola, aún se necesitan espaldas robustas como las de Osama para cargar las cajas que salen hacia los mercados. Él y su presbicia galopante comparten piso con varios africanos como él. Una vivienda sin lavadora. Así que de vez en cuando hay que cargar la ropa impregnada del sudor de esas jornadas de sol a sol entre naranjos y aflojar unas monedas.

Hace calor en Valencia. Mucho calor. Casi treinta grados. Y a la gente ha comenzado a molestarle el nórdico ligero y blanco que abrigaba sus noches de invierno. Por eso las lavadoras de Colada Expres remojan sin descanso un edredón tras otro. Ha llegado el momento del cambio de guardia en los armarios valencianos. Adiós a la lana.

Colada Expres abrió hace cinco o seis años. Entonces parecía que el barrio, la ciudad, las ciudades, eran un pulso entre lavanderías y tiendas de vapeadores. Ya no hay duda de quién ganó aquella contienda. Por dónde andan aquellas grandes vaharadas que se veían por doquier. Las lavanderías, en cambio, llegaron para quedarse alrededor de familias que ya no cocinan y que llevan camino de no lavar tampoco. Nos lo hacen todo. Y si nos lo hacen barato, terminan de convencernos.

Un grupo de amigos toma café a las puertas de la lavandería, donde no para de entrar y salir gente durante todo el día.
Un grupo de amigos toma café a las puertas de la lavandería, donde no para de entrar y salir gente durante todo el día. / I. Marsilla

La inversión no parece excesiva. Tras la puerta, cinco metros de profundidad. Otros dos y medio de ancho. Un par de lavadoras de doce kilos de capacidad, otras dos de quince y tres secadoras de quince kilos; un par de ventiladores en el techo para el largo verano que en esta tierra dura casi medio año: de finales de mayo a mediados de octubre; una pequeña cámara en una esquina de esa planta baja para poder controlar qué pasa dentro del negocio desde la pantalla del teléfono. Y esperar a que, moneda a moneda, compense la apuesta.

A Marisa le ha tocado soltar tres euros de más. Su edredón no se ha secado del todo y lo ha tenido que volver a meter. «Yo solo vengo aquí para lavar los nórdicos y las prendas más grandes; es más cómodo. Vengo unas cuatro veces al año. Y mientras está la lavadora en marcha aprovecho y voy a hacer la compra al mercado». El mercado de Ruzafa no tiene la fama del Central, pero, a diferencia de este, la gente acude a comprar y no se ha convertido en una especie de zoólogico de hortalizas, fruta y gamba roja de Denia al que acuden a diario hordas de turistas a hacer fotografías. Es el corazón del barrio, que parece latir cada mañana a su ritmo.

Marisa entabla conversación con un argentino presumido que saca su ropa sucia con parsimonia. Dice que es porteño, y eso arranca un suspiro de Marisa, que se lanza a recordar en voz alta aquel viaje de veintipico días de norte a sur de Argentina. Caminito, la Pampa, Tierra de Fuego... «Ay, me encantó todo aquello». En un lado, sujetando la correa de una perrita fea, Vicenta escucha la conversación. «Yo vengo aquí porque es barato», justifica en un esfuerzo por ahorrar palabras. «Pero yo me la tiendo en casa», añade. Se la ve experta y lo corrobora deslizando un matiz: «Por la mañana cada vez viene más gente mayor. Al principio les costaba». «Vámonos, Nola», exclama Vicenta mientras da un tirón de la correa con brusquedad. Es su forma de decir adiós. Marisa sigue viajando con el argentino, que tiene la parte superior de su cabellera tintada de rubio. «La primera vez que vi este tipo de lavanderías fue en Estados Unidos, que las tienen en los bajos de sus casas -dice la chica-. Es muy común y, creo, más barato».

Doblan las campanas de la iglesia de San Valero, a un lado del mercado. Son las doce. El campanario se ve desde la lavandería. Fuera, en la calle, sigue el trajín. Tras la puerta, en las mesas de una terraza, la cerveza ya se ha impuesto al café. Ahora entra una pareja de jubilados, de ese tipo de personas que parecen encogerse para no llamar la atención. Susurran, más que hablan. Eugenia explica su visita: «Llevamos un año viniendo. En otoño trajimos la funda del sofá y el edredón». Enrique, su marido, amplía la información: «Antes lo lavaba en la bañera, a mano. La mujer se pegaba unas palizas... Un día vimos esto y nos animamos. Viene bien. Y no hay que tenderlo, que es otra paliza y encima te cagan las palomas, que en este barrio...». Luego, los dos, se quedan mirando al suelo y canturrean algo indescifrable. El argentino, mientras, no despega los ojos de su móvil.

Relevo generacional

La mañana da paso a la tarde. Carmen ya ha cerrado su kiosco en un flanco del mercado. Su negocio es lo más parecido a una ventanilla de información en el barrio. Todo el que tiene una duda le pregunta a ella. Que si sabe dónde está el contenedor para el aceite usado. Que si sabe qué están montando en ese bajo donde están de obras. Como hace un lustro, cuando vio cómo abría la lavandería, entonces una rareza, como aquellos artilugios para dejar de fumar.

Es la hora de las Vans negras, las Converse blancas y las Gazelle de mil colores. Los carros de la compra son reemplazados por los de bebé. Madres y padres que tiran de niños con ganas de jolgorio. La lavandería, mientras, se va rejuveneciendo. Los mayores han dejado paso a los estudiantes y a los que estrenan trabajo.

Aurelio es otra rareza. En sus manos, en vez del inevitable telefonito, un libro. Pasa las hojas concentrado en los 'Misterios de la Edad Media' mientras espera la colada. Las preguntas turban su paz y cierra el libro de golpe. «Vengo aquí porque se me ha roto la lavadora. Suelo acercarme cada dos o tres semanas». Aurelio asegura que no tiene una franja horaria preferida, sino que acude según su horario. Estudia programación de gestión de empresas y trabaja en un museo. No quiere decir en cuál. Pero sí que le gusta que en la lavandería «te encuentras gente de todo tipo: mayor, joven, españoles, extranjeros...».

Susana apura al máximo. En la puerta anuncian su horario: De 9 a 22 horas. Los 365 días del año. Queda media hora para el cierre y aún suena el traqueteo de la lavadora. Ella, unos 25, cruza las piernas encima del asiento negro. Allí, entre máquinas y paredes verdes, se abstrae con el WhatsApp. «Hoy estoy sola porque se me ha hecho tarde, pero muchas veces a esta hora coincido con más jóvenes. ¿Que si se liga aquí? Bueno...». Se ruboriza y aprovecha que el teléfono no deja de trinar para desviar la mirada y huir sumergiéndose en el móvil.

Ya es de noche y, con este calor, no tardarán en salir las cucarachas a darse un garbeo. Son tan antiguas vecinas como aquellos pescadores de la Albufera que hace un par de siglos vivían en Ruzafa, hoy un céntrico barrio, y muy 'cool', ayer un pueblo independiente de Valencia. Susana recoge la colada y la mete a toda prisa en la secadora. Entre una cosa y otra se ha gastado siete euros. Después se irá a casa, colocará la ropa en los cajones y se irá de cena. Noche de tacos con las amigas. Brindará con margaritas... y la ropa limpia.