Las pinceladas del mal

Hitler en un museo./
Hitler en un museo.

Con 20 años Hitler pintaba y tenía un marchante judío. Una obra suya acaba de ser retirada de una subasta

BORJA OLAIZOLA

Cuesta aceptar que la encarnación más rotunda del mal tuviese alguna vez aspiraciones artísticas. Es difícil imaginar que alguien que ni siquiera pestañeó cuando dio la orden de eliminar de forma sistemática a millones de congéneres apreciase la belleza de un simple ramo de flores y se atreviese incluso a reflejarla en una acuarela. Sensibilidad y brutalidad van de la mano en la historia del cuadro pintado por Adolf Hitler que iba a ser subastado ayer en Los Ángeles. La obra, que tenía un precio de salida de 30.000 dólares (27.000 euros), fue retirada de la puja poco antes de la hora fijada para su inicio sin que los responsables de la casa de subastas diesen explicación alguna al respecto.

La acuarela, una composición de corte académico que representa un vaso azul con zinnias y dalias, lleva en uno de sus márgenes inferiores la firma en caracteres rojos de A. Hitler. Es una de las casi 2.000 pinturas que realizó cuando aspiraba a convertirse en artista. La mayor parte de ellas desaparecieron al fin de la II Guerra Mundial, pero se cree que algunos soldados estadounidenses que habían participado en la contienda se llevaron unas cuantas de vuelta a su país a modo de souvenir. Aunque la casa de subastas de Los Ángeles no ha desvelado la identidad del propietario de la acuarela, no es difícil deducir que podría pertenecer a los descendientes de alguno de aquellos militares.

Hitler (1889) era hijo de un funcionario de aduanas austriaco que quería que se preparase para desempeñar un trabajo discreto y seguro como el suyo. Estudiante mediocre, el futuro líder del nacionalsocialismo tenía veleidades artísticas y cuando su progenitor falleció se fue a Viena con el propósito de adquirir una formación académica como pintor. Tenía 18 años y una gran fe en su talento para los pinceles, pero al poco de aterrizar en la capital imperial se llevó su primer batacazo: suspendió el examen de ingreso en la Academia de Bellas Artes. El golpe le dejó noqueado, tal y como escribiría años después en su Mein Kampf: "Estaba convencido de que aprobar sería un juego de niños... Estaba tan convencido que cuando recibí el suspenso fue como si cayera sobre mí un rayo del cielo".

No movió un dedo por él

Mucho se ha especulado con el giro que hubiese dado la historia si Hitler llega a aprobar aquel examen y se dedica a la pintura. Probablemente nuestro mundo no sería el mismo. Pero mejor volvamos a la Viena de 1908: al aspirante a artista no le sobraba dinero y empezó trabajar en lo que podía para costear su vida en la ciudad. Realizó dibujos decorativos para muebles y estancias particulares, a la vez que pintaba cuadros de paisajes y edificios. Su estilo, muy convencional y alejado de las vanguardias que empezaban a fraguarse por entonces, hacía que sus cuadros tuviesen salida en los hogares vieneses acomodados.

La acuarela de las flores data de 1912, una etapa en la que todos sus trabajos eran ya alimenticios. Su madre había muerto de un cáncer de pecho y no tenía otros ingresos más allá de los que él mismo se procuraba. Su marchante de entonces era Samuel Morgenstern, propietario de una galería vienesa que era de origen judío. Su sello aparece en el reverso del cuadro que se iba a subastar. Morgenstern tenía clientes entre la comunidad judía de la capital y se cree que muchos colgaron obras de Hitler en sus salones, un cruel guiño del destino. El propio marchante acabó confinado en un gueto polaco, donde falleció en 1943 después de que los nazis cerrasen su galería y se incautasen de todas sus obras. Su protegido no movió un dedo por él.

Nadie sabe cuántos de los cuadros que pintó Hitler entonces se conservan, pero cada cierto tiempo salen a la luz noticias sobre su venta. En 1992 se organizó un buen revuelo cuando se supo que 20 de sus acuarelas iban a ser exhibidas en Florencia antes de su subasta. La comunidad judía amenazó con un boicot en toda regla al turismo de la ciudad toscana y la exposición fue cancelada. En 2006 se subastaron en Gran Bretaña 21 acuarelas y dibujos que llevaban su firma por un total de 170.000 euros.

La venta más reciente data de noviembre del año pasado: un comprador de Oriente Próximo que no reveló su identidad pagó 130.000 euros por una acuarela anodina en la que se ve el Ayuntamiento de Múnich en una subasta celebrada en Nuremberg, la capital espiritual del régimen nazi. Y eso que el cuadro tenía un precio de salida mucho más modesto: 4.500 euros.