Vicente Garrido: «Conocer asesinos en serie me ha enseñado a apreciar la vida»

Vicente Garrido, en el patio interior de su casa, donde tiene un despacho repleto de libros sobre psicología./Irene Marsilla
Vicente Garrido, en el patio interior de su casa, donde tiene un despacho repleto de libros sobre psicología. / Irene Marsilla

Es una autoridad mundial en el estudio de psicópatas. «Me he topado con ellos en la cárcel y también en la política o la universidad», revela. El criminólogo se dedica ahora a escribir novelas negras, aunque la obra de la que se siente más orgulloso es su hija

MARIA JOSÉ CARCHANOValencia

Tiene algo de patio andaluz la casa de Vicente Garrido; tras la puerta de la calle se abre un patio interior, decorado con baldosas vintage y un impresionante ficus. El despacho ocupa la planta baja, y los libros van del suelo al techo; la mayoría, sobre psicología. Encima del sofá, una mantita para Kity, su gata, que ha desaparecido ante la presencia de desconocidos. Durante la sesión de fotos baja las escaleras y se acerca a sus piernas. «Querías ver a papá, ¿verdad?», le dice a un felino de color pardo y pelo largo, que se deja querer. El criminólogo se siente cómodo entre cámaras, se ha movido bajo los focos las últimas décadas, siempre escudriñando mentes criminales, intentando averiguar el porqué del mal.

-Psicólogo, criminólogo, científico. Ahora también escritor de novelas. ¿Por qué?

-A mí siempre me ha gustado la novela policíaca, y buena parte de mi interés por la psicología criminal viene de mi afición por este tipo de literatura. Descubrí que, siendo ya profesor de la universidad, a muchos científicos les había pasado lo mismo: se habían dedicado a la ciencia forense por la misma razón, por empezar a leer a Edgar Allan Poe, o las historias protagonizadas por Sherlock Holmes. Quien me influyó a mí fue mi madre, a la que le encantaban las novelas policíacas.

-¿Disfruta del proceso de creación de una novela?

-En los libros de ensayo disfruto documentándome, como buen lector me encanta leer, descubrir cosas, tomar notas. La labor de escribir requiere mucho esfuerzo, porque tienes que integrarlo todo, y eso es difícil. De hecho, odio leer un libro mío porque encuentro erratas, a lo mejor no he hecho la concordancia, miro el argumento y pienso: «lo hubiera podido escribir mejor», a pesar de que lo reviso. Por supuesto, hay momentos en que fluyes, pero en general escribir sencillo es muy complicado. En el campo de la literatura sí que disfruto. No me doy prisa. Y si una tarde no me sale una página, ya me sentaré al día siguiente.

«Cuando tienes cara a cara a un criminal lo primero es respetarlo y no juzgarlo»

-¿Cuántos asesinos múltiples o en serie ha conocido? ¿Cómo se enfrenta al momento de tenerlos cara a cara?

-Unos cuantos, sí. Tengo muy estudiado cómo entrevistar a psicópatas, y sigo tres grandes directrices: la primera, respeto: lo considero una persona inteligente que tiene muchas cosas que contar. La segunda, no juzgar, aunque te cuente una atrocidad, no eres la espada flamígera de Dios, ni siquiera un juez. Y tres, tener curiosidad, hacer las preguntas adecuadas.

-¿Aprende algo de ellos?

-Sin duda, los asesinos en serio son una fuente de aprendizaje extraordinario, yo siempre digo que conocer las causas del mal, de la violencia extrema, te permite apreciar la vida mucho mejor. Para mí ha sido un conocimiento en todos los sentidos, porque comprendes al ser humano en general.

El criminólogo cuenta con una (casi) interminable colección de libros.
El criminólogo cuenta con una (casi) interminable colección de libros. / Irene Marsilla

-Le he leído que la mayoría de psicópatas están integrados en la sociedad. ¿Ha conocido a gente en la política, o en otros sectores, que le haya perturbado?

-Claro, hay un montón, porque son muy hábiles ascendiendo, acumulando poder. Los he conocido en la universidad, en los juzgados, en la política desde luego, que es el campo de caza del psicópata. Hay muy pocos estudios sobre esto pero a la larga se les descubre por el exceso de ambición y de actos inmorales, pero durante mucho tiempo pueden prosperar. Tenga en cuenta que si hay un uno por ciento de psicópatas en la sociedad, somos cuarenta millones de personas en España y en la cárcel hay diez mil, calculo que debe haber 390.000 integrados. No son asesinos, pero se trata de individuos profundamente inmorales, que pueden causar suicidios o arruinar vidas.

-¿Tiene hijos criminólogos?

-Tengo una niña, y no, no es criminóloga, sino profesora de Literatura Española. Siempre digo que es mi mayor triunfo, que es lo mejor que he hecho, porque le inculqué el interés por la lectura y ha hecho de ello su profesión.

-Como psicólogo, ¿uno intenta solucionar los problemas personales desde un punto de vista profesional?

-Dicen que los médicos son sus peores pacientes. Yo también creo que somos muy malos psicólogos de nosotros mismos. Y esa máxima también se aplica a los familiares. Sin embargo, no puedes evitar, sobre todo cuando ya tienes mucha experiencia, interpretar las cosas a través del filtro de tu profesión. Lo que intento es ser muy poco intervencionista, porque la gente solo cambia cuando descubre realmente una buena razón para hacerlo. La mejor terapia es aquella en la que el sujeto llega a un punto en que es él mismo el que se da cuenta de que tiene que hacer un cambio en su vida. Por mucho que tú insistas no lo va a hacer, aunque sea con argumentos maravillosos. Procuro actuar así con mi familia o mis amigos; si veo que algo tiene que modificarse, lo sugiero, o lo planteo, porque si machacas mucho ocurre lo contrario. Y el clavo, lejos de salir, se mete más.

«Me gustaría que, cuando me vaya, dijeran de mí que valió la pena que naciera»

-¿Y en sí mismo? ¿Se aplica el filtro profesional?

-He procurado conocerme y descubrir mis errores y mis fuentes de debilidad. Intento controlarlas, minimizarlas, pero soy consciente de que las tengo. Creo que es lo más honesto, ir limando aquellas partes desagradables que causan problemas a otros o a ti mismo. ¿Sabe de quién lo he aprendido? De los delincuentes. Hay gente que después de una trayectoria delictiva larga es capaz de cambiar. La clave de todo es poder construir un relato nuevo, una nueva identidad.

-¿Está conciliado con su relato?

-Lo entiendo, sé cómo he llegado a desarrollar mi identidad, cómo he conseguido comprender el mundo como lo hago. Y hay cosas buenas y malas, en la medida en que mi vida no ha sido particularmente extrema. Eso sí, le quito importancia a los errores e intento verme por las mañanas como una buena persona.

Garrido junto a su gata, Kity.
Garrido junto a su gata, Kity. / Irene Marsilla

-¿Lo cree realmente, no es un autoengaño?

-Miro mi pasado y recuerdo cosas que he hecho que me dan auténtica vergüenza; visto ahora me parece a lo mejor un acto de egoísmo, o que simplemente fui estúpido. Pero a continuación digo: «Errar es humano». Si no me lo creo, el peso de mis equivocaciones no me dejarían continuar con mi vida.

-Es profesor en la universidad, investiga, escribe libros, participa incluso en programas de televisión. ¿Domina el estrés?

-Sí, porque yo creo que cada cosa ha de hacerse a su debido tiempo, soy una persona relativamente organizada y procuro recordar que no viviré para siempre. Marco Aurelio escribió: «el hombre es criatura de un día, tanto el que recuerda como el que es recordado». Pienso que el estrés es un gasto innecesario. Si no llego no llego.

-Sabe que es uno de los grandes problemas que tiene esta sociedad.

-Es así. Es que el ser humano, de manera innata, tiende a pensar que somos inmortales, y esto es el origen de muchos males. Si tú recordaras que ocupamos un tiempo absurdamente irrelevante en la historia del universo, probablemente no estarías tan estresado. Mi foto favorita de whatsapp es una donde se ve todo el cosmos y un punto infinitesimal. Paradójicamente, es lo que nos debe motivar para dar un sentido a lo que hacemos, tener un propósito. De otra forma, seríamos un desperdicio de la evolución.

«Mi afición por la psicología criminal viene de mi madre, que leía novelas policíacas»

-¿En qué momentos se permite relajarse?

-Con una buena novela, negra mejor, o dramática, porque tiene que haber algo chungo ahí, que haya conflictos graves (ríe). Uno de los libros que he leído con más placer es 'El Conde de Montecristo' (la historia de una venganza). A mí lo que me cuesta es reírme leyendo; quizás Mendoza es el único que ha conseguido que sonría. En el cine tengo gustos más amplios, y casi todos los días veo una película. Además, me encanta caminar: un buen paisaje y tres horas por delante.

-¿Solo o acompañado?

-Preferiblemente acompañado, pero si el lugar vale la pena lo disfruto igual solo. Paradójicamente no me relaja viajar, lo hago a menudo por trabajo y me cansa. El hecho de descubrir no me atrae, solo me motiva en el caso de que sea algo muy sorprendente; invítame a la Patagonia o a Yosemite, por ejemplo. No me llames para descubrir la cultura japonesa. Prefiero quedarme en Xàbia.

El criminólogo confiesa que viajar no le relaja especialmente.
El criminólogo confiesa que viajar no le relaja especialmente. / Irene Marsilla

-Uno de los lugares predilectos por los valencianos para veranear...

-Y de los madrileños, a pesar de todos los terribles incendios, que han provocado que haya espacios naturales donde es terrible volver. Por ejemplo, la Granadella; no la he pisado desde que se quemó la última vez. O el cabo de San Antonio. Es pura roca.

-Vive solo con su gata. ¿Se lleva bien con la soledad?

-Estoy separado desde hace veinticinco años y sí, vivo solo. Me gusta, un escritor que no lo haga está muerto, porque este es un trabajo muy solitario.

-¿Siente que todavía le queda mucho por hacer?

-Necesitaría cinco vidas para, por ejemplo, leer todo lo que me gustaría y no puedo (coge unas hojas de encima de su mesa de despacho). Este artículo científico en inglés me puede llevar dos horas. ¿Sabe todos los que tengo que leer para dominar un tema?

-Se ha convertido en una autoridad en su campo. ¿Qué le gustaría que quedara de usted?

-Lo mejor que podrían decir es: «Valió la pena que naciera». Con que piensen eso es más que suficiente.

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