Vicent Todolí: «No quería ser director del Tate Modern, alquilé mi alma»

Vicent Todolí, figura clave en el arte contemporáneo./Txema Rodríguez
Vicent Todolí, figura clave en el arte contemporáneo. / Txema Rodríguez

Nunca le ha gustado que le hagan perder el tiempo en reuniones o comidas interminables. «En esos casos soy un maleducado», dice Todolí, quien siempre tuvo muy claro que llega a los sitios con la maleta medio hecha. «Así no tendré miedo a dejar un trabajo si me piden algo que va en contra de mis principios»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Le pedimos a Vicent Todolí que coja una silla y se siente enmedio de su campo. Lo hace encantado, aunque las patas se hundan en la tierra blanda y las ramas de los árboles no consigan taparle el sol, que le deslumbra. Estamos en Palmera, en su casa, donde ha vuelto para disfrutar de la tierra, a cultivar cítricos; él, que se ha criado profesionalmente entre museos, que ha vivido en Nueva York y Londres, ahora pasa su tiempo entre hoteles de Italia o Japón y sus campos, donde, eso sí, trabaja como nadie lo ha hecho: ha recuperado variedades perdidas, tiene un laboratorio donde investiga y es asesorado por nada menos que Ferran Adrià. Mientras, aprovecha los fines de semana para almorzar con amigos en el bar del pueblo. No ha sido fácil llegar hasta el gran comisario del arte contemporáneo, ha alcanzado un momento de su vida en que elige muy bien a qué dedica su tiempo. Una vez frente a él, sin embargo, no mira el reloj, ríe fuerte y habla rápido, tanto que avisa: «a veces no me entiendo ni yo».

-¿Es feliz aquí?

-Este es mi oasis, aquí está la memoria de mi infancia. Yo me he criado en este pueblo, entre la realidad y la ficción; para mí estos campos eran el escenario de esa fantasía, un barranco de cañas la selva. Aquí estaba previsto construir adosados, así que fui a hablar con el alcalde para paralizar el proyecto. Accedió y ahora esto es paisaje ambiental. Detrás de cada proyecto hay unos valores.

-Hace unos cuantos años, cuando usted era joven, salir de un pueblo como Palmera no debía ser fácil.

-En aquel momento tardaba dos horas y media en llegar a Valencia con el ferrobús, así que tenía que vivir allí y compartía piso con otros estudiantes. Al tercer año de carrera me di cuenta de que nunca se llegaba al arte contemporáneo, como mucho a Delacroix si tenías suerte. Así que pensé que si quería formarme debía hacerlo por mi cuenta, y me suscribí a revistas extranjeras, me compraba libros. Incluso así, si no me iba a conformar con ser el tuerto en el reino de los ciegos tenía que irme a estudiar fuera. Pedí una beca en Italia y la Fullbright para estudiar en Estados Unidos, la que conseguí. Primero estuve en Yale, luego en Nueva York, y ahí comencé a hacer exposiciones, aunque mi bautismo de fuego fue en la sala Parpalló. Era el año 85.

«Cuando compré el primer campo, mi padre me dijo: 'Ahora sí eres un hombre de verdad»

-¿Era lo que soñaba de niño?

-Yo había salido mentalmente de aquí mucho antes, gracias a la literatura. Mi cabeza ya volaba, y cuando me aficioné a la literatura norteamericana viajaba a Nueva York con 'Manhattan Transfer' de John Dos Passos, o a California con 'Las Uvas de la Ira' de Steinbeck. La literatura me abrió el mundo pero yo quería corroborar si las visiones imaginarias que había tenido se correspondían con la realidad.

-No se quiso dedicar a los libros.

-Junto con el arte, la literatura y el cine son mis otras grandes pasiones, pero son privadas, no las tengo que justificar y no quería contaminarlas con el trabajo. Esa es mi libertad. Recuerdo que estaba en Bachiller y mi profesora de Literatura me preguntó qué estaba leyendo. En aquel momento tenía entre manos 'Cien años de Soledad', de Gabriel García Márquez. Me pidió que en dos semanas hiciera una presentación del libro a mis compañeros. Perdí el placer de la lectura, y en aquel momento decidí que nunca me dedicaría a eso.

Vicent Todolí no tiene redes sociales, y su WhatsApp solo lo ha dado a las personas más cercanas. Cree que subir fotos es «exhibicionismo pornográfico. Me horroriza».
Vicent Todolí no tiene redes sociales, y su WhatsApp solo lo ha dado a las personas más cercanas. Cree que subir fotos es «exhibicionismo pornográfico. Me horroriza». / Txema Rodríguez

-¿Es cierto eso de que el hobie, si se transforma en trabajo, es trabajo?

-Totalmente.

-Aunque usted pueda ahora seleccionar los proyectos en los que quiere participar.

-Claro, y si no me gusta no lo hago.

-¿Cuántas veces dice que no?

-Muchas. Lo difícil es la primera vez pero si no lo haces estás reculando. El primer no condiciona el resto.

-¿No hay que tener miedo?

-Nunca. El miedo paraliza. Todo el mundo lo tiene, eso está claro, pero lo que no hay que dejar es que sea un factor que te influya. Cuando llego a un sitio nuevo tengo la maleta medio hecha, porque de esta forma no tendré miedo a dejar el trabajo y no tomaré decisiones con las que no esté de acuerdo. Así me puedo ir en cualquier momento.

-¿En qué momento se da cuenta de que puede hacerlo?

-Lo he hecho siempre, pero ha sido después de la Tate -se refiere a la Tate Modern, el museo de arte moderno más importante del mundo, que dirigió durante siete años- cuando me he dado cuenta de que tienes estatus para decir que no. Después de Londres entré en otra zona, digamos. Pero mientras estuve allí me di cuenta de que a más poder menos libertad. Porque solo el 20% del tiempo que dedicaba al trabajo en la Tate era en arte. El resto eran reuniones y gestiones.

«Vivir dos o tres días sin electricidad es un privilegio que me permite desconectar»

-No parece que le guste mucho esa parte.

-Nada. Estaba en reuniones y desenchufaba, escribía. La gente pensaba que estaba tomando notas cuando en realidad ideaba nuevas exposiciones. Llegaba el final del día y le preguntaba a mi secretaria: «¿yo hoy qué he hecho?». Me sentía frustrado, así que me ponía a investigar, porque no podía estar ni un día sin hacerlo. Como Fausto, alquilé mi alma durante un tiempo, pero dije que en siete años me lo dejaba. Ellos lo sabían, pero me parece que fue un intercambio positivo para las dos partes.

-Porque yo he leído que en realidad no quería el puesto.

-No, yo fui a pedir unas obras de Bacon para mi exposición de Oporto, y me dijeron en la Tate que buscaban a alguien, y que si me quería presentar al cargo, y yo pensé: «si digo que no no me dejan las obras». Así que les contesté: «tendríamos que hablar, por qué no». La forma de trabajar era distinta, allí era todo por consenso, entre tres personas, y a mí no me gusta. Porque se pierden los ángulos, se hacen redondos.

-¿No cree entonces que la suma de talentos sea positiva?

-No, es como el fútbol. Al revés, siempre he hecho equipos, los he entrenado y luego han volado y han sido directores en otros lugares. Las decisiones las tomo yo. Deja el nido.

-¿Ha sido buen jefe?

-Dejé Oporto hace dieciséis años y todavía me dicen que me echan de menos. Eso me llena mucho. Y nunca he hecho diferencia de rangos, he tratado a todo el mundo exactamente igual, ya fueran los obreros que instalaban o los 'curators' (comisarios). Y el equipo es intocable. La única exposición que he tenido que cancelar recientemente fue porque un artista atacó a un miembro de mi equipo. Y le dije: «me has atacado a mí». Cancelada. Comportamiento inaceptable. No hay más.

Le suena el teléfono. Lo saca pero no contesta. Llama la atención que no es un smartphone, sino un modelo reciente sin acceso a datos.

-¿No le gusta el teléfono?

-Nada. Tengo un Iphone para los mails, pero mi whatsapp es privadísimo, solo lo doy a los amigos. Hago llamadas telefónicas si es imprescindible, el teléfono me calienta las orejas y hay gente que se enrolla demasiado. Me pongo nervioso y prefiero no hablar.

Mueve mucho las manos cuando habla, sentado entre los árboles que ha ido plantando y que dan cítricos de decenas de variedades, algunas provenientes de China o Japón.
Mueve mucho las manos cuando habla, sentado entre los árboles que ha ido plantando y que dan cítricos de decenas de variedades, algunas provenientes de China o Japón. / Txema Rodríguez

-¿Le da rabia que le hagan perder el tiempo?

-Para mí el tiempo es mi gran capital, y yo lo dedico a lo que quiero. No tengo paciencia para la gente que se enrolla. Para mí, un día sin llamadas es un día feliz (ríe). Me sacan de mi mundo.

-Sé que no tiene cuenta en Twitter, ni en Facebook…

-Estoy completamente en contra de las redes sociales. Entiendo que las instituciones lo tengan para publicidad, pero yo no participo de ello. Junto al tiempo, mi mayor capital es mi vida privada. Comparto con la gente que está muy cerca si quiero, y muchas veces con nadie. No me imagino poniendo fotos de dónde estoy. Me horroriza. Me parece un exhibicionismo pornográfico.

-¿Y en qué momentos se da el lujo de, ahora sí, perder el tiempo?

-Cuando estoy aquí. No obstante, si hago lo que quiero no tengo la sensación de perder el tiempo, aunque esté tumbado mirando tres horas las palmeras. Para mí eso es tiempo ganado. Esa sensación la tengo en una comida que se alarga demasiado. Y me voy. Soy muy maleducado en ese sentido. He llegado a hacer cenas en casa donde cocinaba yo, irme a dormir y dejarlos a todos allí. Una vez estaba en un restaurante con amigos y no podía irme porque me tenían que llevar, así que me tumbé en la moqueta y me puse a dormir (ríe).

«Viajo con muchas maletas para intentar estar en los hoteles como en casa»

-Volvamos atrás. Investigar es su pasión. ¿Cuándo empezó?

-Cuando tenía cinco o seis años, jugaba a cartas con mi abuelo y él decía: «este xiquet es un preguntaor». He investigado mucho porque soy curioso, y me gusta hacerlo en 360 grados. Odio las autopistas, de hecho no tengo coche, sino tres motos, que uso en carreteras secundarias, yo solo, y para mí es como una danza con el paisaje. Me gusta conducir, no es un mero ir de un sitio a otro. No busco el resultado, sino el placer del trayecto.

-Dicen que todos los niños tienen esa curiosidad innata y que en algún momento la pierden.

-Tuve buenos profesores que me animaron en el instituto, pero la escuela puede ser una influencia negativa; de hecho, sufrí uno muy malo que me frustró a nivel artístico. En la universidad, muchos profesores me definían como «ese raro que está obsesionado con el arte moderno». No era normal en aquella época. Es más, hice la investigación por mi cuenta.

Todolí reconoce que, además del arte, la literatura y el cine son sus grandes pasiones.
Todolí reconoce que, además del arte, la literatura y el cine son sus grandes pasiones. / Txema Rodríguez

-¿Qué relación tiene con su gente?

-Nadie es profeta en su tierra; siento más aprecio en Italia o en Portugal, donde tengo el mayor reconocimiento, que en España, pero eso es normal y no me sabe mal. Aquí me aíslo y solo tengo contacto con los amigos de toda la vida, vamos a la playa, al bar… Ellos no saben lo que es un museo, y para mí resulta esencial como parte de mi memoria. Ahí soy una persona, no alguien con una actividad, porque eso puede esconder al ser humano. Y uno es pintor de brocha gorda, el otro mecánico, el tercero collidor, otro está en el paro. Aquí hay distintos valores.

-El carácter de pueblo es muy cerrado muchas veces.

-Hay cosas que no discutes. Para qué. Cada uno tiene su forma de ser, del mismo modo que aceptan cómo soy yo.

-¿Y cómo es?

-Muy apasionado, autoritario también, que tengo tendencia a ser 'manaor'. Eso me viene de familia.

-¿A qué se dedicaban?

-Eran especialistas en cítricos, hombres que se habían formado en el campo. Mi abuelo inventó un nuevo modo de poda comercial a principios del siglo XX, mi padre continuó y se expandió en jardinería, así que lo que hago es también un homenaje a ellos. Si estuvieran vivos estarían encantados. Cuando compré mi primer bancal, que limitaba con el suyo, me dijo: «ahora eres uno de los nuestros, un hombre de verdad». Lo de los museos a él le daba igual, nunca vino a ver alguno donde yo estuviera trabajando. No le gustaban las ciudades, decía que había miasmas. Y fue mi padre quien me propuso que recuperara variedades que estaban perdiéndose.

«Fue mi padre quien me propuso que recuperara variedades que estaban perdiéndose»

-¿Estaba más orgulloso de su trabajo aquí que como director de museos?

-Por supuesto. Cuando me nombraron director de la Tate Modern me dijo: «me sabe mal porque yo pensaba que después de Oporto volverías a casa». Los amigos le llamaban y decían, orgullosos: «es muy importante lo que está haciendo tu hijo». Pero él no se la daba. Y yo siempre tuve la idea de volver. Lo de la Vall de Gallinera también fue idea suya, decía que si él volviera a ser joven se iría a vivir allí, aislado, donde no hay luz y solo agua de lluvia. Le encantaba. Era un hombre que hablaba siempre mirando el horizonte, el paisaje.

«Cuando era pequeño la tierra no me gustaba nada», confiesa Vicent Todolí.
«Cuando era pequeño la tierra no me gustaba nada», confiesa Vicent Todolí. / Txema Rodríguez

-¿A usted le pasa?

-Sí, eso lo he heredado, o me lo ha enseñado. Cuando era pequeño la tierra no me gustaba nada, porque los sábados por la mañana nos despertaba a las seis de la mañana después de acostarnos a las tantas para ir al campo. Y decía: «si no queréis estudiar esto es lo que os espera». Después de Nueva York, una ciudad tan urbana, comencé a apreciarlo.

-¿Pasa tiempo en la Vall de Gallinera, sin luz?

-¿Sabe cómo es la experiencia de iluminarse con velas y espejos? Es una luz que define y no agrede, como vivían hasta hace doscientos años, y es una pena que lo hayamos perdido. Toda la gente debería vivir esa experiencia alguna vez en su vida. Para mí no tener luz es un privilegio, me permite aislarme, me limpia, desconecto, y así estoy dos o tres días.

-Debe de odiar los hoteles.

-Mi padre nunca iba a hoteles porque decía que no podía dormir en lugares donde ya lo había hecho otra gente antes. Solo fueron de viaje de novios y una vez a Mallorca. Nunca más (ríe). Yo ahora me quedo solo en hoteles donde lo hago siempre, que tienen que ser una versión de mi casa. Viajo con muchas maletas porque soy como un caracol y si estoy en Europa siempre desayuno la fruta de mis campos.

-¿Qué más mete en la maleta?

-Muchas medicinas, porque lo peor es despertarte en un hotel y tener un dolor de muelas, o estar resfriado. También lo que necesito para correr, aunque ahora camine. Además, saben la habitación que me gusta, soy un buen cliente… No me gusta ir a una ciudad donde no sepa en qué hotel alojarme. Odio las sorpresas, solo las agradables que me provoca el sabor de una fruta que madura.

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