Laura Fitera: «Cuando murió mi marido cerraba la puerta de casa y aullaba del dolor»

Laura Fitera se define como gallega, submarinista y matrona./J. Signes
Laura Fitera se define como gallega, submarinista y matrona. / J. Signes

Un mes después del nacimiento de su nieto, fallecía su esposo tras una operación banal. Se quedó sola pero sacó fuerza y ahora es una mujer feliz, aunque reconoce que morirá «enamorada» de él

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

En uno de los portalones de las casas bien de Antic Regne de València vive Laura Fitera. Al llegar, se nota que también en esta zona VIP de la ciudad cambian las cosas con los años, que ahora esta mujer entra a su casa después de pasar por delante de una tienda donde te hacen y te quitan tattoos -¿la 'high society' también tiene pasados que borrar?- y una entidad bancaria llamada Pichincha. Pero cuando Laura Fitera, matrona, antropóloga, abre la puerta de su casa, todo vuelve a su sitio; la plata brilla en el recibidor, hay un vestidor como Dios manda y en el salón cuelgan cuadros buenos de verdad. Reluce ella también, con sus joyas tintineantes -«yo siempre hago ruido cuando me muevo»-, subida a unos tacones que deben de tener diez centímetros a pesar de su ya considerable altura y encantada de hacer lo que va a hacer: mostrarse ante el mundo. Todavía se puede ver por internet su aparición en un programa de televisión mostrando cómo vivían los ricos. Lo recuerda orgullosa; ella es así, expansiva, la salsa de todo sarao que se precie, pura energía, pero también una persona culta y familiar, y que, además, da por cumplida una etapa vital: se jubila en unos días.

-Es usted una de las personas más conocidas en el mundillo social de Valencia. Su hermana Blanca me decía que usted es una persona que se siente a gusto en ese ambiente, que llega a una fiesta y enseguida se convierte en el centro de atención.

-Mi vida tiene tres vertientes, las tres patas que me dan equilibrio: una es mi faceta familiar, mi auténtico soporte, la otra mi parte profesional, muy importante para mí porque soy una apasionada de lo que hago, y la otra es divertida, entremezclada con el petardeo, el salir, ir a una inauguración, pero fundamentalmente estar rodeada de gente que quieres, que te conoce.

-Hay de todo en una inauguración, una fiesta, un evento.

-Sí, pero yo soy incapaz de establecer una relación que no trascienda lo meramente frívolo, siempre intento que los lazos sean muy humanos, de confianza, de confidencia, de apoyo mutuo. Quizás somos un compendio un poco especial, las hermanas Fitera, que ya viene de mis padres, el hecho de tener curiosidad, originalidad, de no criticar.

Laura Fitera posa orgullosa con joyas de su hermana Blanca: segura de sí misma, esta mujer eligió «ser superviviente y no víctima».
Laura Fitera posa orgullosa con joyas de su hermana Blanca: segura de sí misma, esta mujer eligió «ser superviviente y no víctima». / J. Signes

-¿De verdad?

-No me gusta el cotilleo, a mí qué más me da con quién se acueste menganita o con quién vaya fulanito. Y esa faceta ha hecho que por algún motivo caigamos bien. De todas formas, hay una frase que siempre digo de Voltaire, al que he leído mucho, que dice: «no comparto su opinión pero me batiré hasta la muerte por su derecho a expresarla». Yo entiendo que a la gente le puedes caer bien o mal, ¿por qué no? Esto no deja de ser una frivolidad, una representación. El que tiene interés traspasa la barrera.

-El mundo social tiene 'per se' mucho de frívolo.

-No tengo nada en contra de la frivolidad. Sí tengo todos los prejuicios del mundo sobre la gente vana, la superficial. La frivolidad es una condición de la inteligencia, lo que nos hace tomar un cierto distanciamiento contra esta realidad que nos toca, y que nos golpea. Solo hace falta acercarse a cada uno de nosotros para comprobar que, sin excepción, todos tenemos una historia teñida de dolor, de sufrimiento, de esfuerzo. Esa intrascedencia nos permite ofrecer una imagen más o menos amable, divertida, aspiracional, que llena un minuto de la gente mientras piensa cómo eres. Si no existiera viviríamos con la constante presencia de la muerte en nuestra vida, y nos impediría movernos. Porque si vamos a morir para qué me esfuerzo. Siempre es necesario el olvido de uno mismo para reinventarnos.

«Siempre quise que esta casa fuera un hogar donde mi familia se viera a salvo»

-Mayrén Beneyto contaba que de pequeña le decían que había que salir de casa llorada. ¿Define quizás esa idea que apuntaba sobre la frivolidad en las relaciones sociales? Como dice, todos tenemos detrás acontecimientos dolorosos.

-Mayrén es una mujer apasionante, brillante e inteligente. La muerte de mi marido, Miguel Ágreda, fue un golpe terrible, un mazazo. Tuve 48 horas para hacerme a la idea de que se moría y, además, de algo aparentemente banal, como es una operación de vesícula con laparoscopia. Ninguna estábamos preparadas. Muchas amigas mías se acercaron y me decían eso, «sal de casa llorada». Bueno, yo pisaba la calle como podía, y unas veces quería salir y otras veces no. Sí que es cierto que no vas a ir a una inauguración a dar la nota, pero siempre hay gente que se acerca a ti, que te conoce y que sabe cómo estás.

Laura Fitera en uno de los salones de su casa durante la entrevista. Las joyas que luce se han convertido en una de sus señas de identidad.
Laura Fitera en uno de los salones de su casa durante la entrevista. Las joyas que luce se han convertido en una de sus señas de identidad. / J. Signes

-¿Han sido las Fitera un matriarcado? La vida os ha golpeado y habéis tenido que tomar las riendas más todavía.

-Sé que visto desde fuera da esa impresión, pero las Fitera lo que somos es un clan. Con un enfoque curioso, quizás, de ver las cosas. Sin embargo, no te equivoques, en mi casa mi marido era la figura de fuerza. No quiero hacer de esto una hagiografía, no voy a faltar a la verdad. En ese sentido, no era ningún santo, que tenía el genio corto, pero era una bellísima persona; bueno, generoso, enormemente sensible. Nunca en toda su vida le vi hacerle daños a nadie de forma consciente y, además, tenía una cultura vastísima, además de ser tremendamente brillante y divertido. En su profesión, un anestesiólogo excepcional, un faro de serenidad en un quirófano y, en casa, un hombre que disfrutaba enormemente de su familia; sus hijas lo adoraban. Teníamos caracteres muy diferentes, yo más arrolladora y positiva, él el fuerte, el sólido, el que nos sostenía. Cuidaba de su familia y a mí me hacía el inmenso honor de quererme y admirarme. Tanto como yo a él (se emociona).

«El psicoanálisis me ayudó a dominar el caballo desbocado que había en mí»

«Hay muchas chicas a las que ayudé a nacer en mi labor como matrona que se llaman Laura por mí»

-Es muy reciente todavía.

-Duele. Ahora va a hacer cuatro años, el 31 de octubre. Piense que mi marido y yo sostuvimos una larguísima conversación que sólo terminó cuando él murió. Nunca nos faltó tema del que hablar.

-Qué importante es eso.

-Todo mi empeño fue siempre que esto fuera un hogar, que mi marido, mis hijas, abrieran la puerta y se sintieran a salvo. En mi casa solo hay una televisión, había que pactar. Y en el comedor estamos rodeados solo de libros. Porque hablábamos continuamente.

-Hábleme de sus hijas.

-¿Cuánta cinta tienes? Mis hijas son mi orgullo, mi mejor obra.

-Parecen muy diferentes.

-Absolutamente distintas, pero excepcionales las dos. Blanca, la mayor, es escritora, fue finalista del premio Planeta y antes de Navidades sale su siguiente novela. Siempre fue una niña mágica, cuando era pequeña parecía un elfo, bailaba ballet, siempre en su mundo algo irreal, con una enorme imaginación. Ahora se ha convertido en una mujer muy seria, con muchísimo carácter, licenciada en Derecho y especialista en Comercio Exterior. Tiene un puesto muy importante en la dirección de becas europeas de formación en España. Ha resultado además ser una madre excepcional; no sé todavía cómo aguantó aquel parto de casi veinte horas. Como yo, tiene una cierta proyección social y ha sabido construir una familia fantástica. Yo aquí necesito hablar de Jorge Blanquer, mi yerno. Qué bien que han escogido mis hijas a sus parejas.

«No compito jamás con nadie, sino conmigo misma», asegura Fitera.
«No compito jamás con nadie, sino conmigo misma», asegura Fitera. / J. Signes

-Qué suerte.

-Para mí son hijos. Jorge es un hombre en quien puedes confiar, para el que la familia es fundamental; nunca olvidaré el apoyo que me dio cuando murió mi marido. Yo entonces mentía para no preocupar. Daba una comida en casa y yo hablaba con normalidad, todo eran sonrisas. En el momento en que se iban yo aúllaba, de tanto que lloraba. El dolor era tan terrible que me destrozaba el alma. Y en tres o cuatro ocasiones de repente alguien llamaba a la puerta. Insistía, porque yo no quería abrir, y aparecía Jorge con los brazos abiertos. No decía una palabra, me consolaba y se iba. Cómo no le voy a querer. Es un hombre tan discreto que jamás cuenta algo que no debe. Entendía que necesitaba que mi dolor fuera privado. Me ha dado además un nieto, mi Carlitos.

-¿Cómo es?

-Es un excéntrico, guapísimo, superoriginal, tiene muchísima personalidad, habla cinco idiomas y acaba de cumplir cuatro años. Sabe hasta ruso. Estamos enamoradísimos el uno del otro, y me llama nona. A él le gustaría ser autosuficiente, y siempre tenemos planes, y una larga conversación, como la tenía con su abuelo.

«Carlitos, mi nieto, tiene cuatro años y es un niño excéntrico con muchísima personalidad»

-¿Su otra hija?

-Cayetana es la gran desconocida, pero si llegas a ella la adoras. Es otra persona absolutamente honesta, tremendamente brillante, muy parecida a su padre, sobradamente preparada. Primero hizo Biológicas, después Oceanografía, tiene tres másters y sabe un montón de idiomas. Estuvo trabajando en un oceanográfico en las Azores pero ahora se dedica a la docencia que, además, es una cosa que hace magníficamente bien y le encanta. Respecto a su pareja, un día le dije: «tú te das cuenta de con quién estás, ¿verdad?», y me contestó: «sí, con uno como papá». Y es verdad. Octavio es un chico brillante, también tiene un punto friki como mi marido, que coleccionaba medallas. Tampoco olvidaré una cosa de él. El día que murió mi marido, que pasó como una nebulosa de la que no recuerdo casi nada, él no se separó de nosotros, estuvo pendiente en todo momento, nos preparaba la comida... veo además que son absolutamente felices y cómplices y que comparten los mismos intereses.

-Es normal que esté orgullosa.

-Son dos personas serias, de criterio, si algo han aprendido de nosotros es que solo vales lo que vales por ti mismo, como ser humano. Pero yo creo que la grandeza de los padres está en dejar ir, en soltar amarras. Ahora vivo sola. Por supuesto que me gustaría que estuviera alguna de las dos en casa, me sentiría más arropada, pero ellas tienen que vivir su vida.

-Es que los cambios, en su caso, fueron muy traumáticos.

-Me acuerdo que un día estábamos en casa, mi nieto no había cumplido ni los dos meses y lo tenía en brazos. En ese momento pensé: «¿se puede ser más feliz?». No sabía que nos quedaba un mes. Mi hija Cayetana vivía con nosotros pero justo a los quince días de la muerte de su padre la llamaron ofreciéndole el trabajo en las islas Azores. Ella no quería irse, la pillé comunicándoles que no podía aceptarlo. Pero alguna alarma me sonó, y se lo dije claro: «diles que vas». Fue durísimo, porque en un espacio muy corto de tiempo me quedé sola en casa, cuando el año anterior estábamos los cuatro. Pero, como se suele decir, lo que no te mata te hace más fuerte.

«No tengo la impresión de haberme perdido nada», declara Fitera.
«No tengo la impresión de haberme perdido nada», declara Fitera. / J. Signes

-Todos tenemos una historia con dolor, eso es así.

-Eso significa vivir. Hay mucha gente en Valencia que no sabe que yo soy una mujer de carrera, una profesional. Yo creo que en el esfuerzo y en la superación, en trabajar con lo que uno tiene. No compito jamás con nadie, sino conmigo misma. Soy como soy y trabajo sobre ello para mejorarlo. Y, además, me hace mucha gracia que me haga ahora esta entrevista, porque yo me jubilo el 12 de octubre. Llevo casi un cuarto de siglo dirigiendo la unidad docente de matronas de la Comunitat Valenciana. Y mi trabajo ha sido absolutamente vocacional. Durante muchos años ejercí como matrona en el centro de salud de Puerto de Sagunto y no se puede ni imaginar la cantidad de mujeres que se llaman Laura. Me he considerado una visionaria, una loca convencida de mi profesión.

-Ahora que está a punto de finalizar esa etapa laboral. ¿Cómo se siente? Muchas veces no es fácil pasar a la siguiente etapa.

-Sabía que me iba a jubilar, podría haber seguido, por cierto, pero la verdad es que yo ya he hecho muchas cosas; leí una vez que la inteligencia tiene que ver con la capacidad de adaptación y yo debo serlo porque me acoplo a todo. Durante muchos años me he levantado a las seis de la mañana a trabajar aunque me hubiera ido a una fiesta la noche anterior. Y ahora toca otra cosa. Sin embargo, no piense que soy de esas que dice que cuando se jubile va a aprender inglés o a bailar claqué. Es que no tengo la impresión de haberme perdido nada. A mí me da tiempo a todo. Quizás porque me organizo muy bien. Ejecuto y ya está. Sin estrés.

-Incluso le dio tiempo a encontrar otra pareja, aunque ahora ya no estén juntos.

-Yo moriré enamorada de mi marido. La soledad es dura, hay una parte tremenda en estar sola, pero tengo muchos afectos. Lo de tener pareja es complicado porque con un marido así el listón está muy alto. Y para atrás ni para tomar impulso; son muchos requisitos. Es inevitable comparar. Miguel jamás habría dicho de sí mismo que era un caballero. Cuando dicen eso hay que desconfiar (ríe). Si hay alguien que era un caballero ese era mi marido. Un auténtico señor.

«Si se presentara un hombre maravilloso, culto, excepcional, inteligente, sin cicatrices, que me enamorara...»

Se refiere Laura entre líneas a Antonio Jordán, el joyero, con quien estuvo saliendo un tiempo, y que en una entrevista en Revista de Valencia se definió a sí mismo como un caballero.

-¿Lo volvería a intentar?

-No es mi objetivo en este momento. Que si se presentara un hombre maravilloso, excepcional, inteligente, culto, con la cabeza bien ordenada, sin grandes cicatrices y jorobas en la mochila, con ganas de vivir que además me enamorara y se enamorase… En caso contrario no pasa nada, no viviré mermada. Soy una mujer con muchísimas amistades, de muchos lazos.

Laura confiesa que la muerte de su padre fue el detonante para que optase por el psicoanálisis.
Laura confiesa que la muerte de su padre fue el detonante para que optase por el psicoanálisis. / J. SIgnes

-Se psicoanalizó. ¿Que tal la experiencia? ¿Por qué lo hizo?

-Lo que me llevó al psicoanálisis fue la muerte de mi padre, una personalidad arrolladora, que me sumió en un estado de continuo cabreo. Me parezco mucho a él, y ese carácter se convirtió en un caballo desbocado que no sabía conducir. Sin embargo, no quería tener estallidos de genio. Yo aspiraba a ser mejor de lo que era, quizás con una forma de pensar algo ingenua, naïf. Como no me consuela nada echarle la culpa a los demás de lo que me pasa, me pareció que la solución era el psicoanálisis. Eso sí, es un camino durísimo. Aprendí a controlar mi carácter, a domeñarlo, a sacar el genio de paseo cuando yo quiero, y a mirar a los demás de una manera más generosa. Me sirvió de mucho, nunca me he tomado una pastilla. Cuando he estado mal se trataba de tristeza, ese sentimiento tan noble que ahora parece engullido por la depresión. Después del psicoanálisis, me convertí en una persona fuerte, pero al mismo tiempo afectiva y cariñosa. Y nunca pienso que me la van a jugar, no soy desconfiada.

-Sé que le gusta practicar submarinismo cuando viaja.

-Yo siempre me defino de la siguiente forma: «soy gallega, submarinista y matrona». De las que me he ido un mes a las islas Maldivas a hacer tres inmersiones diarias, incluso tengo el gorro rojo de Cousteau. Toda la familia somos submarinistas y hemos recorrido el mundo buceando.

«No tengo miedo a morir; si me dijeran que me quedan tres meses haría una fiesta de despedida y daría las gracias»

-¿Por qué?

-Soy una mujer sin miedos, ni siquiera a envejecer, que casi es peor que dejar este mundo. Es más, una vez estuve de rehén en un banco, y me tuvieron veinte minutos con una pistola en la sien. Hubo un momento en que me giré y le dije a quien me retenía: «si me pegas un tiro no me lo des en la cabeza». Porque yo pensé que mejor que me dejara inválida, que quería seguir viva. Sí me horroriza que les pase algo a los míos. A lo mejor es que me falta una espoleta. A mí me persiguió un tiburón blanco y no entré en pánico.

-Qué increíble.

-Me defino como una optimista fatalista, que pase lo mejor pero estoy preparada para lo peor. Si mañana voy al médico y me dijeran que me quedan tres meses de vida, haría una fiesta de despedida, daría las gracias a todo Dios y diría que me voy muy contenta, que he tenido una vida maravillosa, y me ha pasado de todo. Porque un día escogí ser una superviviente y nunca víctima.

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