El viaje inolvidable de... Mateo Climent y Sigfrido Serra

Climent y Serra posan a la entrada de Coober Pedy./LP
Climent y Serra posan a la entrada de Coober Pedy. / LP

Alojarse en un hotel subterráneo en Coober Pedy fue solo una de las muchas experiencias que deparó a los interioristas este viaje por las carreteras australianas

ELENA MELÉNDEZValencia

Decidieron hace un año viajar durante un mes por Australia. Mateo Climent y Sigfrido Serra querían realizar una ruta en coche, con 6.800 kilómetros por delante. Para ello escogieron febrero, con el fin de escapar del frío de aquí y meterse de lleno en el verano australiano. Destino inicial: Sídney. Lo primero que les llamó la atención al llegar fue la luminosidad. «El color es distinto, con los tonos más nítidos. Allí la luz tiene todavía mayor intensidad que aquí. Cuando veíamos las fotos parecía que habían sido tratadas con un filtro», explica Mateo. Su deseo era perderse por las calles, vivir de cerca aquella rica cultura fruto de la mezcla de nacionalidades. Una de las visitas que más ilusión les hacía era la de la Opera House. Les pareció espectacular y, estando allí, sacaron entradas para 'Tosca'.

Imagen del recorrido de la ruta de Sigfrido y Mateo.
Imagen del recorrido de la ruta de Sigfrido y Mateo. / LP

Varias noches probaron recetas de canguro y por el día solían degustar comida asiática en alguno de los numerosos puestos callejeros que encontraron por toda la ciudad. «Se consume mucho sushi. Es muy normal comerlo por la calle. Lo preparan en un taco grande que sujetas con la mano, como si fuera un cucurucho de helado». En otra ocasión cogieron un barco para visitar Manly Beach y Bondi Beach, zona playera donde el surf se convierte en la actividad protagonista. Es tanta la afición por este deporte que ambos se contagiaron y desde aquel viaje les encanta perderse entre las olas.

Más imágenes del viaje por Australia. / LP

Mateo y Sigfrido dejaron Sídney y fueron en tren hasta Melbourne, ciudad con mucho encanto repleta de rincones especiales y restaurantes singulares. Les llamó la atención la arquitectura de las edificaciones que combinan lo clásico y lo contemporáneo sin renunciar al pasado. «Como interioristas nos resultó muy inspirador el respeto que se tiene por lo antiguo, ya que no sólo conservan, sino que además le dan la importancia que merece. Nuestro trabajo se basa en la comprensión de los espacios para integrar su origen en la intervención». En Melbourne tuvieron el último contacto con lo urbano y a partir de ahí se adentraron en plena naturaleza salvaje a bordo de un coche alquilado.

El trayecto les llevó a lugares remotos como la Isla de los Pingüinos, donde al anochecer pudieron vivir la increíble experiencia de ver a miles de estas pequeñas aves marinas salir de alta mar hacia la orilla para llegar a sus nidos. De allí se desplazaron a Alice Springs con el objetivo de visitar el famoso monte Uluru, enclave muy espiritual para los aborígenes. «Conforme llegas vas viendo la montaña a tramos. Impone mucho porque está resquebrajada y sus laderas parecen adoptar forma de rostros. Hay zonas reservadas exclusivamente para los aborígenes». También llegaron a Coober Pedy, pueblo conocido por sus minas de ópalo. Allí una noche vivieron la experiencia única de dormir a 25 metros bajo tierra, en un hotel con habitaciones excavadas en la montaña. «Daba un poco de claustrofobia, pero fue tan especial que valió la pena. En el exterior el termómetro marcaba 41 grados y dentro hacía frío».

Una de las instantáneas captadas por los turistas.
Una de las instantáneas captadas por los turistas. / LP

En Glen Helen disfrutaron de maravillosos parajes y tuvieron la suerte de ver de cerca canguros, koalas y reptiles enormes. «Los canguros impresionan. Hay varias especies, unos son más pequeños pero los grandes imponen un montón. Además hay que tener mucho cuidado de no atropellarlos porque saltan a la carretera». Ambos definen el viaje como un mes lleno de vivencias y momentos especiales que desean repetir. «Australia es un país inmenso, nuestra intención es volver para conocer la otra mitad que nos dejamos y, si podemos, recorrer por lo menos otros 6.800 kilómetros».

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