El mejor verano de Maite Sebastiá

Maite Sebastiá junto con su hermana Blanca, la mayor. /LP
Maite Sebastiá junto con su hermana Blanca, la mayor. / LP

Con cinco años descubrió las cangrejeras, el salabre y el baño en las rocas y en ese momento se inició su idilio con el Mediterráneo. Para Maite Sebastiá no es verano hasta que se sumerge en las aguas de Xàbia

ELENA MELÉNDEZ

Maite Sebastiá y su hermana Blanca no recuerdan un final de verano mejor que ese en el que su madre se fue al hospital y volvió a los pocos días con su hermano Miguel en brazos. En esa época tenían una casa en Alfinach a la que se trasladaban en mayo y de la que volvían a mediados de octubre, «como nuestro colegio, el American School of Valencia, estaba al lado y teníamos muchos amigos por la zona. La llegada de mi hermano fue el mejor regalo que pudieron hacernos nuestros padres», afirma la editora y consultora de proyectos de moda y arte que actualmente dirige el Máster de Barreira en Comunicación y Marketing de Moda.

De esa época recuerda las verbenas que se organizaban en el club social, pues eran las primeras veces que se podían quedar hasta tarde, y la imagen de su madre, bellísima y bronceada, bailando con su padre canciones de Julio Iglesias. «Nuestro vecino era Mario Kempes y muchas tardes íbamos a su casa para jugar con sus hijos y hacer creps con el dulce de leche que traía Mario de Argentina».Al cumplir los cinco empezaron a ir a Dénia, donde se reunían con sus tíos, primos y abuelos. En esa época le compraron unas cangrejeras y un salabre y vivió su primer flechazo con el mar al aprender a coger cangrejos o pescando pulpos en Las Rotas. «Mi tío Javier tenía una lancha Taylor en la que nos sacaba al mar cada mañana, yo siempre era la encargada de vigilar el ancla. Si no, íbamos en una Zodiac roja propiedad de mi tío Pepe, y cuando llegábamos a las calas nos lanzábamos todos para bucear. Son recuerdos muy entrañables».

La infancia de Maite, junto a sus hermanos Blanca y Miguel y su madre. / LP

Tiempo después, sus padres se compraron una casa en Xàbia, el lugar donde Maite pasó la adolescencia junto a sus amigos y donde confiesa haber disfrutado de los mejores veranos de su vida entre salidas al mar matinales, paseos al atardecer por el Arenal y las primeras salidas nocturnas. «Hay una excursión que ya hacíamos con mi madre hasta la Cala del Francés, que está a la vuelta del cabo san Martín antes de llegar a Portixol. Ese es mi lugar favorito para bucear».

Para Maite, Xàbia tiene sabor a las sardinas y la tortilla de patata que casi a diario comía en La Caleta, el restaurante sobre las rocas con piscina de agua salada que está en el segundo montañar y que regenta desde hace décadas Tere. En esa época, Maite forjó su amor por la cultura del mar, una relación que para ella tiene que ver con los conocimientos que aprendió de su padre y de sus tíos sobre vientos, especies marinas y sobre el amor y el respeto que a día de hoy le profesa.

Maite no concibe el verano sin el mar.
Maite no concibe el verano sin el mar. / LP

Por ello todas sus vacaciones tienen que ver con el salitre, las playas de roca y la sensación de libertad que este medio natural le aporta. Siguiendo esta estela hace dos veranos cumplió un deseo que anhelaba desde hacía años y viajó a Pantelleria, la isla siciliana de orografía volcánica convertida en un paraíso ajeno al turismo de masas, y en la que un día le gustaría comprarse un damuso, la construcción típica de la isla. «Tiene, por un lado, playas de roca volcánica y, por otro, de roca caliza que deja aguas turquesas. La gastronomía es perfecta, siciliana con notas tunecinas, y la arquitectura está muy integrada. Es una isla que no está nada intervenida, los atardeceres allí son brutales».

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