Juan José Castellano: «Soy viudo y no tengo hijos, quiero compartir mi colección»

Horacio Silva y Juan José Castellano, en uno de los despachos de la fundación./Damián Torres
Horacio Silva y Juan José Castellano, en uno de los despachos de la fundación. / Damián Torres

Reunimos al empresario que aprendió a amar el arte de pequeño con el pintor consagrado, unidos por un objetivo común, una fundación que revolucionará el panorama artístico de la Comunitat. Comparten anécdotas de la Valencia de su infancia, de sus inicios y se elogian mutuamente

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Un pequeño letrero poco visible en un piso de una de las lujosas fincas de la calle Poeta Querol anuncia la Fundación Juan José Castellano Comenge. Mirar a través de sus ventanas y descubrir la fachada del Palacio del Marqués de Dos Aguas no desentona en absoluto con el paisaje interior; las paredes de los pasillos y despachos tienen tanto arte que abruma. En una habitación, los lienzos se acumulan a la espera de encontrar un lugar donde ser contempladas. El artífice de todo, Juan José Castellano Comenge. Exitoso empresario, coleccionista de arte, ahora mecenas de nuevos artistas, una persona tremendamente discreta, poco acostumbrado a los focos que ahora le apuntan con una mezcla de curiosidad y admiración. Horacio Silva, a su lado, es el artista consolidado, el respetado catedrático, expansivo y hablador, convertido en su némesis, quien le aconseja qué comprar para nutrir la fundación de pintura de artistas valencianos emergentes. Comparten año de nacimiento y un amor por el arte que, confiesan, les ancla a la silla frente a frente. Y el reloj se detiene. Como en esta entrevista, donde hablan, mano a mano, de un sueño que se resiste a cumplirse, el de la futura sede.

-¿Qué le motivó a crear la fundación?

-Juan José Castellano. La idea surgió tras un problema de salud; tuve una afección pulmonar y no quería que mi patrimonio se perdiera. Yo soy viudo, huérfano y no tengo hijos, así que mi objetivo ha sido el de compartir las obras de arte que poseo y, al mismo tiempo, ir añadiendo pinturas a la colección. Además, la fundación tiene otro objeto, que es la obra social; tenemos convenios con la Asociación Valenciana de la Caridad, la Fundación Ronald McDonald, con Amigos de la Calle...

Quienes le conocen dicen de Juan José Castellano, Juanjo, que es una persona tremendamente generosa, con un corazón enorme, que tuvo claro que, después de haber estado muy cerca de la muerte, iba a dedicar su enorme patrimonio a ayudar a los demás y al arte, la gran pasión que heredó de su madre. Ella, su referente, da nombre a la Bienal María Isabel Comenge, que convoca a artistas valencianos emergentes para premiar la mejor obra, con una dotación económica que supera cualquier convocatoria de las que existen en el panorama cultural de la Comunitat.

«Mi padre me llevaba a la playa para que pintara. Luego ya podía ir con mis amigos» Horacio SIlva

-Habla de la influencia que tuvo su madre en su afición por la pintura. ¿Qué vivió usted?

-J.J.C. Mi madre era madrileña y se casó con un valenciano. Nací aquí, pero ella siempre me llevó a visitar tanto los museos de aquí como los de Madrid, y recuerdo con ocho o nueve años pasear por el Prado. Me encantaba aquel lugar. A través de mis experiencias en los lugares que visitaba con ella y las obras que compraba y podía ver en casa empieza mi necesidad de convertirme en coleccionista.

-¿Cómo era ella?

-J.J.C. Como casi todas las señoras en aquella época, mi madre era, en realidad, una mujer de su casa, criada por un abuelo abogado medio republicano que se exilió voluntariamente y pasó aquella época entre Ginebra y Biarritz. Cuando se cansó, volvió. En ese ambiente ella misma fue pintora aficionada y su gran pasión fue el arte.

El empresario y coleccionista de arte Juan José Castellano Comenge ha creado una fundación que permitirá conservar un enorme patrimonio de artistas valencianos.
El empresario y coleccionista de arte Juan José Castellano Comenge ha creado una fundación que permitirá conservar un enorme patrimonio de artistas valencianos. / Damián Torres

-Horacio, no debe de haber muchos coleccionistas de arte que estén dispuestos a comprar obras de artistas valencianos y que, además, quieran compartirlo.

-Horacio Silva. Es un regalo que venga alguien que le encanta la pintura, que no va a quedárselo para él solo, sino que lo va a mostrar generosamente al mundo. Porque los artistas no nos podemos meter en el comedor de alguien para volver a ver nuestro trabajo. Además, a Juanjo se nota que le encanta, que siente la pintura. Yo, al fin y al cabo, me dedico a pintar emociones, y veo que ahí doy en el clavo.

-Es impresionante la cantidad de obras que tiene. ¿A qué ha renunciado para ello?

-J.J.C. Es que yo no tengo la sensación de haber renunciado a nada, porque comprar obras de arte es lo que siempre me ha gustado. Además, tenga en cuenta que comencé a comprar cuadros con veintipocos años. Llevo ya mucho tiempo coleccionando. Y ahora nuestro objetivo es buscar una sede para hacer una exposición permanente, porque es mucho más bonito que la gente vea estas obras.

«Recibo muchas invitaciones pero no me gustan los actos sociales» Juan José Castellano

-Para un artista, catedrático además, convertirse en un asesor artístico de alguien que quiere aumentar su colección debe de ser un sueño, ¿no?

-H.S. De repente me encuentro en una situación preciosa porque, ¿quién puede valorar mejor una obra que un profesor de Bellas Artes? No soy un teórico de la pintura, yo soy práctico, muy crítico con lo que hago y también con lo que veo.

-¿Por qué dejó de dar clase cuando la mayoría retrasan la jubilación hasta los setenta años?

-H.S. A mí siempre me gustó dar clases, pero yo quería dedicarme exclusivamente a pintar, saber que al levantarme por la mañana lo único que me esperara fueran los pinceles, y no un documento en el departamento de pintura o una dirección de tesis doctoral. Soy enemigo de la burocracia, y en la facultad cada vez hay menos clases y más papeleo, así que cuando alguien me dijo que ya me podía prejubilar con el sueldo íntegro no me lo pensé. Y lo dejé.

-¿Pesó siempre más el hecho de ser artista?

-H.S. Soy profesor, sí, pero primero me considero artista. A mí me buscaron porque era pintor, y al principio me negué, pero me convencieron y me subí al carro. No me arrepiento porque ha sido una experiencia enriquecedora, porque en muchas ocasiones hay que ser humilde y reconocer que los alumnos te enseñan.

-¿Ha visto el talento en los demás?

-H.S. Claro que lo he visto, y es rara la vez que me he equivocado en ese sentido. Una semanita me basta para saber quiénes van a ser artistas en el futuro y quiénes están ahí porque no saben qué hacer.

-¿Tuvo una vocación temprana?

-H.S. Desde los doce años. Para mí pintar era una droga, una obsesión, un vicio. Mi padre, en la época de la posguerra, se fue a trabajar a Alemania y dejó a mi madre con dos churumbeles. Cuando volvió se encontró con un hijo que ya pintaba y siempre estuvo muy orgulloso de mí, me llevaba a la playa a dibujar, y recuerdo que quería ir con mis amigos, pero él me decía: «que se vengan y cuando acabes el cuadro te vas con ellos a bañarte». Ahora, le agradezco a mi padre que hiciera todo lo posible para que yo pintara, porque he visto a mucha gente que llegaba a Bellas Artes después de haber estudiado otra carrera obligados por sus padres y luego no son ni una cosa ni otra porque han perdido la ilusión por el camino.

El artista Horacio Silva colabora con Juan José Castellano en la fundación.
El artista Horacio Silva colabora con Juan José Castellano en la fundación. / Damián Torres

-A un artista la vocación le surge como una necesidad. No sucede lo mismo, a veces, con otras carreras profesionales. Usted estudió Derecho, ¿por qué?

-J.J.C. En el año 68, un joven de dieciocho años no tenía muy claro qué es lo que quería hacer ni ser.

-H.S. Es que a mí me lo han dicho, que era un privilegiado, porque tengo el veneno de la pintura en el cuerpo. Mis amigos me repetían: «es que tú lo tienes muy fácil, porque lo ves muy claro». Y yo no lo entendía.

- J.J.C. Derecho es una carrera que forma mucho socialmente y es una buena base para cualquier trayectoria que quieras seguir. Enseña. Lo que tuve claro es que no me veía defendiendo a alguien en un juzgado, por ejemplo, y fui derivando a empresario, porque lo que me ha divertido a mí ha sido hacer mis propios negocios.

«Me prejubilé porque quería que por las mañanas solo me esperaran los pinceles» Horacio Silva

-¿Le venía de familia?

-J.J.C. Tanto mi abuelo como mi padre eran abogados. Yo creo que influyó en mí lo que vi en mi casa, y lo cierto es que no me arrepiento para nada.

-Ha querido dedicar su fundación a artistas de aquí. ¿Se ha sentido muy vinculado a su tierra?

-J.J.C. Nací en la calle Colón, aunque en aquella época no crea que era el lugar que es hoy en día. Ahí mis padres tenían un piso alquilado. Luego nos trasladamos a la calle Doctor Romagosa, en la esquina con Pintor Sorolla. Allí salíamos a jugar a la calle, y allí vivimos la riada, que en aquella placeta llegó el agua hasta el primer piso.

-H.S. Tu y yo tenemos la misma edad, y recuerdo jugar entre el barro, entonces teníamos siete años. Yo vivía al lado de la avenida de Aragón, y aquel día me desperté por la mañana con la calle llena de agua. Mi padre se fue al horno y mientras estaba fuera el nivel volvió a subir. Todavía me acuerdo de aquella sensación de angustia.

Ambos están unidos por un amor al arte y al patrimonio valenciano.
Ambos están unidos por un amor al arte y al patrimonio valenciano. / Damián Torres

-Puede que pocas cosas sean tan representativas de Valencia como el Palacio del Marqués de Dos Aguas. ¿Compró este despacho para poder verlo?

-J.J.C. Sí, ese fue el motivo. Recuerdo que el piso estaba destrozado y lo compré muy barato, pero valía la pena, no solo por las vistas al palacio, también a la iglesia de al lado, que nunca he sabido a qué santo estaba consagrada. Además, la restauraron hace unos años y ha quedado preciosa. Se refiere a la iglesia de San Juan de la Cruz, una de las primeras que se fundó tras la conquista de Jaime I sobre una antigua mezquita. Declarada Monumento Histórico Artístico Nacional, estuvo cerrada cincuenta años.

-Hablando de despachos, ¿cuántos ha tenido que pisar últimamente buscando la nueva sede que necesitan?

-J.J.C. Demasiados, pienso yo. A la fundación hay que dedicarle más tiempo del que creía, y eso que me he rodeado de gente que me ayuda mucho.

-¿Como ha elegido a las personas que forman parte del patronato?

-J.J.C. Los he elegido por amistad y honradez. Como decía Pedrol Rius, que fue durante mucho tiempo decano del colegio de abogados de Madrid, cuando necesites un letrado, lo importante es que sea honrado, si sabe de leyes mejor. Porque el objetivo es que la fundación nos sobreviva, que no se desperdigue este patrimonio y lo puedan disfrutar las generaciones que vienen detrás. Lucharemos hasta el final.

-La fundación, además, le ha obligado a abrirse públicamente.

-J.J.C.Sí, me estoy acostumbrando poco a poco a esa exposición pública. Ahora, los actos sociales no me gustan nada, de hecho no voy a ninguno. Recibo muchas invitaciones, pero yo ya estoy cerca de los setenta y me he dado cuenta de que cada vez me interesan menos.