Juan Valero de Palma: «A los hijos hay que exigirles porque los niños maleducados son insoportables»

Juan Valero de Palma en su despacho de la Comunidad de Regantes de la Acequia Real del Júcar, donde es secretario general casi desde que acabó la carrera de Derecho. /Consuelo Chambó
Juan Valero de Palma en su despacho de la Comunidad de Regantes de la Acequia Real del Júcar, donde es secretario general casi desde que acabó la carrera de Derecho. / Consuelo Chambó

Comprometido con la sociedad que le rodea, se reconoce un enamorado del ser humano y del conocimiento y cree que la curiosidad nunca se debe perder. Con los años ha admitido sus virtudes y defectos, «incluso mi mediocridad, aunque siempre intento mejorar y dar lo mejor de mí mismo»

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Impresiona Juan Valero de Palma al conocerle; tiene ese halo que le permite ser el centro de atención solo con entrar a un lugar. Ayuda la altura -debe de medir casi dos metros- y también sus hechuras, que habrá heredado de una crianza estricta y que seguramente le impedía poner los codos sobre la mesa mientras comía. Si buceamos en su genealogía nos encontramos con barones, marqueses y grandes de España, que quedan inmediatamente ensombrecidos cuando aparece un nombre, el del duque de Alba. Por esos antepasados ilustres, Juan Valero de Palma Manglano pertenece a la Real Maestranza de Valencia, donde hay que demostrar cuatro abuelos nobles, es decir, que la sangre azul esté más que probada, aunque en realidad forma parte de mil instituciones más. Y como los tiempos cambian, este abogado de formación es secretario general de la Comunidad de Regantes de la Acequia Real del Júcar, una entidad que tiene tanta historia como sus apellidos compuestos: la creó Jaume I para repoblar las tierras de la Ribera y crear una frontera fuerte durante la Reconquista. Por su profesión está acostumbrado a salir en los medios de comunicación, acompañado siempre de una amabilidad exquisita. Le cuesta más hablar de sí mismo, quizás porque lleva dentro esa discreción intrínseca al 'nobleza obliga'.

-¿Qué le trajo a esta institución?

-El mundo de las comunidades de regantes y el derecho de aguas apenas se estudia durante la carrera, y lo poco que se da casi que no va para examen. El último año de carrera, pensando ya en hacer un master en el IESE de Administración y Dirección de Empresas, surgió aquí un concurso para un puesto de abogado y me presenté. Me pareció un tema muy valenciano y aposté por ello. A los siete meses falleció el secretario y me tocó pasar a primera línea. Hasta ahora.

-Usted, que no sabía nada de aguas, ¿hasta qué punto ha conseguido valorar el papel de la institución?

-He tenido la suerte de sentirme totalmente identificado con los objetivos de la entidad, realmente disfruto trabajando y tengo la sensación de ser útil a los regantes, 25.000. Porque ellos son los propietarios de la entidad y yo estoy a su servicio. En las Comunidades de Regantes no hay ánimo de lucro, y ello te permite actuar con una transparencia total, inmerso en una cultura de apoyo mutuo, de colaboración más que de competición.

«En estos años de democracia habré votado a seis o siete partidos»

-Lleva toda su vida aquí. ¿No ha sentido la necesidad de cambiar, de probar otras cosas?

-Es cierto que alguna vez me he planteado: «¿qué hubiera pasado si hubiera tomado otras decisiones?». Aquí pienso que he tenido la suerte de ganarme la vida dignamente y he podido hacer un montón de cosas para que la institución cambie, mejore y se modernice, y con cincuenta y cinco años no creo que esté en el momento de dar un giro profesional a mi vida. Mi idea es jubilarme aquí, aunque eso no quita para que siempre haya tenido un espíritu crítico, de cuestionarme todo.

-¿Piensa en la jubilación?

-Los de la generación del 'baby boom' tendremos que jubilarnos a los setenta porque es imposible sostener este sistema. Dicho esto, creo que lo importante es tener muchas actividades, y no tendré ningún problema en el cambio de etapa, aunque seguro que echaré de menos mi trabajo.

Hablamos de su profesión. Además, es secretario general en la Federación Nacional de Comunidades de Regantes (Fenacore) y de la Comunidad Euromediterránea de Regantes, una institución que actúa de 'lobby' en Bruselas y que él mismo ayudó a crear. Así que pasa mucho tiempo viajando, convenciendo, negociando. Repite una y otra vez la necesidad de llegar a acuerdos, de escuchar al otro.

El abogado de profesión, lleva con orgullo y discreción pertenecer a una de las familias nobiliarias de Valencia.
El abogado de profesión, lleva con orgullo y discreción pertenecer a una de las familias nobiliarias de Valencia. / Consuelo Chambó

-Está acostumbrado a sentarse con políticos. ¿Le interesa ese mundo?

-Sí, pero no para mí. A mí me interesa muchísimo la política, y en cada conflicto que va surgiendo hago un ejercicio de ver cuáles son los intereses de cada uno, de plantear qué decisión tomaría yo, sobre todo pensando en no fraccionar a la sociedad. Valoro mucho mi independencia política, soy un votante muy crítico; en cada proceso de elecciones veo quiénes son los candidatos, los programas, las encuestas… si hay alguien que va a ganar seguro apoyo a otro para que mejore su labor en la oposición. Me molesta mucho el maniqueísmo de los buenos y los malos, o de los tuyos y los míos. Todos tienen su parte de razón, y con todos tengo discrepancias. No me gusta nada el interés de los políticos en excitar sentimientos, creo que es un error y lo que hace es dividirnos.

-Si tuviéramos que colocarlo en un estrato social, usted pertenecería a la clase alta, que normalmente se identifica con una tendencia conservadora. ¿Es así?

-En todos estos años de democracia habré votado a seis o siete partidos. Tengo muchas coincidencias con la izquierda, porque me considero una persona muy preocupada por los temas sociales, por la justicia, y nada existe que permita que me etiqueten. Es más, todavía no sé a quién voy a votar en las próximas elecciones. Hay veces que lo he decidido en el último minuto. Es bueno que haya un voto crítico.

«En mi casa hay muchos debates, pero siempre con sentido del humor»

-¿De dónde le viene ese espíritu?

-En la vida hay que ver las cosas que se hacen bien, pero también aquellas en las que se puede mejorar. El espíritu crítico tiene que empezar por uno mismo, y a partir de ahí voy llegando a la madurez y aceptándome con mis virtudes y defectos. Quizás conviviendo también con mi mediocridad, sin que se convierta en algo peligroso, porque nunca hay que conformarse, siempre hay que intentar dar lo mejor de uno mismo.

-Tiene tres hijos. ¿También son críticos?

-Claro, y a veces me arrepiento porque con el primero que lo son es con su padre. Estoy muy orgulloso de ellos por ese motivo, pero sobre todo porque son buenas personas.

-¿Es lo más importante para usted?

-Por supuesto. Cuando me despido de ellos les digo: «sed buenos». Siempre. Además, al final en la vida los éxitos que vives con más alegría son los de tus hijos. Si ves que son buenas personas, que salen adelante, es lo más importante, porque al final es lo que dejas cuando te vas.

-¿Qué les ha aportado su mujer?

-Les ha dado más tiempo que yo, y el ejemplo de su capacidad de sacrificio. Ha sido muy buena madre. Bueno, todavía lo es, claro, porque uno es padre hasta que se muere. Nosotros hemos compartido valores en su educación y hemos sido muy exigentes, creo que hay que pedirles mucho porque de otra forma se hacen egoístas y los niños maleducados son insoportables. Es más difícil ser exigente que mimarlos.

-¿Lo cree?

-Creo que ellos tienen que sufrir, superar sus problemas, afrontar las frustraciones. Los padres estamos para apoyarles, nada más. Yo no he hecho un deber en mi vida. Cada uno tiene que cumplir con sus obligaciones, hay que hacerles trabajar en casa y, sobre todo, educarlos. Me sé la teoría, aunque en el día a día es más complicado (ríe).

«Debemos vencer la pereza y llenar de buenas costumbres el día a día»

-¿Qué están haciendo ahora?

-El mayor trabaja en una consultoría estratégica en Madrid y el segundo ha empezado aquí en Valencia en el sector inmobiliario; los dos estudiaron Derecho y ADE. El tercero ha elegido la doble titulación de Derecho y Ciencias Políticas y está en el paso del Ecuador.

-¿Se lleva mal que esté lejos?

-Tenemos que educar a nuestros hijos para que sean maduros e independientes, que vivan su propia vida. Dicho esto, nos gustaría verlo más, pero tenemos un contacto permanente, al final Madrid está ahí al lado y es una suerte, porque muchos están a miles de kilómetros.

-Tanto Derecho, ¿no ha tenido usted nada que ver?

-Han sido ellos los que han tomado la decisión libremente, ni siquiera les he dado consejo. Creo que es su vida, sabía que eran personas con criterio, y si nos hemos sentado ha sido para que nos contaran cuál era su proyecto de vida y lo hemos respetado. Dicho esto, ha sido una alegría, claro.

-¿Por qué?

-Porque pienso que el Derecho te estructura la cabeza, te da una cultura de cómo está organizada la sociedad e instrumentos para resolver conflictos y conciliar intereses.

Juan Valero de Palma presume de haber inculcado un espíritu crítico a sus tres vástagos.
Juan Valero de Palma presume de haber inculcado un espíritu crítico a sus tres vástagos. / Consuelo Chambó

-Con un hijo estudiando también Ciencias Políticas y tanto interés por los temas públicos, ¿tienen discusiones en casa?

-Más que discusiones son debates, y siempre con una gran tolerancia e incluso con sentido del humor. No genera ningún conflicto personal ni familiar, ni hay peleas generacionales. Y volvemos al espíritu crítico. A mí me gusta.

-Hace unos años le hice otra entrevista en la que hablaba de que el trabajo a veces le había absorbido demasiado. ¿Cuánto de importante es para usted la vida familiar?

-Creo que al final tiene que haber un equilibrio. Los fines de semana siempre los dedicamos a la familia, porque entre semana todos hemos estado muy ocupados, también mis hijos, que siempre han tenido muchísimas actividades extraescolares. Todos con agendas muy complicadas, pero es que yo estoy convencido de que hay que vencer a la pereza, que es el gran enemigo del ser humano. Y programarse para hacer las cosas que te apetecen, porque si te dejas llevar pasa el tiempo y no has disfrutado de todas las cosas buenas que tiene la vida. Somos animales de costumbres, y tenemos que poner buenas costumbres en nuestro día a día.

-¿Cuáles?

-Me gusta el deporte, la cultura, el cine. Luego tienes que tener flexibilidad y las circunstancias te rompen muchos planes, pero si no te programas no vences la pereza.

-Forma parte de muchas instituciones.

-Es que me cuesta decir que no porque soy facilón, me resulta complicado no implicarme en quien trabaja por Valencia, me ilusiono por aportar mi granito de arena. Lo que pasa es que el tiempo es limitado, y soy consciente de que no puedo llegar a todo.

«Me cuesta decir que no porque soy facilón, pero sé que no llego a todo»

-Por poner algunos ejemplos, forma parte del Casino de Agricultura, la Real Hermandad del Santo Cáliz, la Real Maestranza de Valencia, el Club de Encuentro Manuel Broseta.

-Si algo me mueve a mí es la curiosidad, nunca podemos perderla. Me interesan muchísimo las personas, conocer a los protagonistas de la actualidad, quienes tienen el conocimiento, el saber. Creo que hay que estar abiertos a aprender, incluso yo, que soy muy de letras, he ido a conferencias, no sé yo, de medicina, que me han resultado interesantísimas. El problema es que cada vez tengo menos memoria y luego no me acuerdo de los datos. Y lo repito, hay que vencer la pereza que un lunes a las ocho de la tarde nos arrastraría al sofá de casa.

-¿No quiere perderse nada?

-Creo que la vida es muy bonita, y con el paso de los años te das cuenta de que no llegas a todo, así que he decidido priorizar las personas, muy por encima de la televisión o el móvil. Lo que más me gusta es conocer gente.

-¿Cree que todavía le quedan personas por descubrir?

-El otro día me decía un amigo: «estoy para que me desprensenten, porque ya conozco a demasiada gente» (ríe). Yo no dejo de tener curiosidad por el ser humano.

-¿Incluso de diferentes estratos sociales?

-Cuando digo el ser humano lo digo en el más amplio sentido de la palabra, todos tienen algo admirable, de lo que sentirse orgulloso y de cada uno se puede aprender; hasta de las personas más miserables. Y yo creo que hay que intentar descubrir lo bueno que hay en cada uno porque seguro que lo encontraremos.