Álex Gadea: «Repetí varios cursos hasta llegar a la optativa de teatro»

Álex Gadea: «Repetí varios cursos hasta llegar a la optativa de teatro»

El caso del intérprete de Alzira es la muestra de que unos buenos profesores pueden resultar determinantes para descubrir una vocación

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Nos tomamos algo frente al Gran Teatro de Alzira. Álex Gadea levantará varias veces la vista al lugar que le vio nacer como intérprete, en la ciudad donde vivió hasta los dieciocho años y a la que, pase lo que pase, siempre vuelve, porque tiene los pies en el suelo, porque sabe dónde están sus raíces. «Aquí viven mis padres, mi hermano, mi abuela, que tiene 96 años». Viajamos al origen de un actor que, con sus papeles de bueno, cualquiera metería en su casa a vivir, aunque de alguna forma ya lo hacemos; es lo que tienen las series diarias, que miles de personas se han tomado el café con él mientras aparecía en 'El secreto de Puente Viejo' o en 'Seis hermanas'.

Álex Gadea tiene una agenda muy apretada, está rodando una serie y, al mismo tiempo, gira por España subido a un escenario con 'Cyrano de Bergerac'. A pesar de ello, cumple una promesa hecha hace meses y saca tiempo de sus días libres para la entrevista. Quienes pasan le miran, lo reconocen, una mujer se acerca a saludarlo, hablan un ratito en valenciano. «¿Te paran por la calle?» y, cortés, contesta: «vamos a decir que lo normal, lo llevo bien, no llego al extremo de no poder hacer vida social». ¿Corren a abrazarte? «Siempre hay quien es más efusivo, pero lo que siento es cariño», contesta, sonriendo.

-Has triunfado en la profesión, que no es fácil.

-Es un oficio complejo el de actor, pero puedo considerar que me ha tratado bien. Se habla de talento, también de esfuerzo, que creo que debería tener más peso incluso que el primero, pero existe un tercer componente, que es el azar, y que a mí me ha venido de cara, porque estoy rodeado de personas que lo intentan y no lo logran. Quizás hay una parte de injusticia en todo esto.

-Supongo que siendo actor pronto hay que aprender que no todo depende de ti mismo, y donde, además, hay mucha inestabilidad.

-Lo asumo, el camino no ha sido tan fácil. He vivido las dos caras de la moneda, castings donde no me han cogido, estar dentro de proyectos que no se han realizado, o en los que han descartado mi personaje. Creo que es bueno. La frustración está muy presente en esta profesión, y mi suerte es que desde mi formación la tengo ya registrada, porque vi que me costaba subir cada escalón. Así que yo celebro cuando sale, pero no olvido que la moneda se puede girar en cualquier momento. Como tú dices, hay mucha inestabilidad, y por vivir en un oficio donde siempre tienes contrato por obra, hay una parte que para mí es excitante, pero al mismo tiempo hace que en las cosas que sí puedo controlar, en lo personal, soy lo más estable posible. Y eso lo he aprendido con el tiempo.

-¿En qué sentido?

-Antes vivía mucho más deprisa, hacía más vida en la calle, y ahora sin embargo mi tiempo es mi tiempo, voy solo a lo que me apetece, quedo con la gente con la que realmente tengo ganas de estar.-Te he leído que te preocupa la inmediatez con la que se mueve esta sociedad.-Vivimos en un sistema en que todo va muy deprisa, así que desde hace un tiempo necesito salir de esa vorágine. Ahora disfruto más de tener tiempo para leer, para cocinar, para conversar, para pasear.

-¿Qué te hizo ver las cosas desde otra perspectiva?

-Vino solo. Me he hecho más mayor, aunque también lo asocio al hecho de compartir con otra persona. Cuando estás solo es lógico pensar más en uno mismo, ahora soy consciente de que la vida es otra, que podemos llegar a ser no sólo dos, sino tres, o cuatro, y todo se reubica.

-Has querido mantener tu intimidad.

-Yo me expongo con mi trabajo, porque es una profesión elegida, y ahí lo hago sin cortapisas. Pero mi vida personal es mía, y para mí es importante no hacerla pública.

-Empezaste un poco de casualidad, gracias a un profesor que vio algo en ti. Me parece interesante tu experiencia por la importancia de la educación, de encontrar gente por el camino que vea más allá.

-Estudiaba secundaria en el instituto y había sido repetidor varios años, era muy curioso para muchas cosas y, sin embargo, un desastre, un pasota, para otras. Las materias que me gustaban, historia, literatura, lengua, que tienen que ver con lo que ahora es mi oficio, la interpretación, y de lo que me nutro, siempre me han despertado mucho interés. Sin embargo, las ciencias las fui lastrando desde EGB. Con dieciséis años, cuando comenzaba a madurar un poco, tuve la suerte de encontrarme con unos profesores maravillosos, con un grupo de alumnos más reducido, y donde la optativa de teatro se coló en el plan de estudios.

-¿Has pensado alguna vez qué hubiera pasado si no hubieras tenido esa materia en el instituto?

-Quiero pensar que lo hubiera descubierto de todas formas, aunque quizás mucho más tarde. Sí que es verdad que me llegó en el momento ideal, en ese en que uno tiene que decidir qué es lo que va a hacer en su vida.

-¿Sentiste que era la interpretación lo que querías hacer?

-Yo noté que mi capacidad de atención y concentración había aumentado; el instituto ya no era una cosa monótona, sino que todo me llamaba mucho más la atención. En el teatro encontré un espacio de realización, de juego, de proyección, de ilusión, de sueño. Me acuerdo un momento en el salón de actos del instituto que pensé: «¿hay gente que realmente se gana la vida con esto? Es maravilloso, yo quiero». Luego te das cuenta de que detrás hay un oficio en el que no es todo tan bonito.

-¿En tu familia ya te habían catalogado de mal estudiante? ¿Aceptaron que el niño quisiera ser actor?

-Hubo un momento en que me salió la posibilidad de trabajar. Justo en ese momento descubrí una vocación. La verdad es que no sentí nunca que mis padres me lo quisieran quitar de la cabeza, es verdad que los profesores nos generaban ilusión, nos daban herramientas. Nos decían: «¿a ti te gusta el teatro? Inténtalo».

-Tuviste que trabajar para pagarte los estudios.

-Vengo de una familia de clase trabajadora, donde nos han enseñado que todo cuesta un esfuerzo, que se valora mucho lo que se consigue. Que yo quisiera ponerme a estudiar suponía una inversión importante. En aquel momento, además, mis padres se estaban construyendo una casa, y por circunstancias me podían ayudar hasta cierto punto. Y eso me ha venido muy bien en todos los ámbitos, que he extrapolado a mi trabajo ese rigor.

-Llegaste a trabajar en una funeraria. He visto un tutorial tuyo donde enseñas cómo vestir a un muerto.

-Mi padre ha trabajado toda la vida llevando la gestión y la administración del cementerio de Alzira, así que el vínculo con las pompas fúnebres estaba claro. Cuando salió la posibilidad de trabajar en una funeraria, desde el primer momento supe que era un trabajo ideal para mí, de supervivencia, sí, pero me gustó.

-Tuviste un contacto muy precoz con la muerte.

-Yo entré muy jovencito, no tendría ni dieciocho años. Me convertí en el niño de los recados, acondicionaba y vestía a los muertos. Desde fuera puede haber mucha leyenda, lo que sí es cierto es que hay que tener cierta sensibilidad y empatía. Posteriormente, haciendo un ejercicio en clase, una profesora de interpretación me dijo: «eras demasiado joven para enfrentarte a la muerte». Tomaba mucha distancia. Años más tarde vi cómo una persona muy cercana se iba y ahí sí fui mucho más consciente de lo que es la muerte. Pero no en el oficio, es curioso, yo que había visto todo lo que se puede ver dentro de ese mundo, entendí una cosa, y es que cambia mucho haber conocido a las personas cuando están vivas.

-Tienes una parte solidaria, están en contacto con tus raíces, pareces una persona con los pies en el suelo. ¿En algún momento no lo has estado?

-Yo considero que esa concepción de uno mismo es extensible a todos los oficios, que hay carpinteros que piensan que son los mejores haciendo puertas. Es cierto que en nuestro oficio estamos más expuestos y eso propicia que haya gente que se sitúe en una distancia más lejana, pero no es verdad.

-¿Lo tuviste claro desde el principio?

-Mi sueño era poder vivir del oficio, y el sueño se está cumpliendo, vivo del oficio.

-¿Le gusta soñar con proyectos futuros?

-Pienso en el futuro, pero trato de hacerlo de forma realista, no intento ponerme zancadillas a mí mismo, ni trato de proyectar expectativas demasiado altas. Es cierto que soy muy ambicioso, perfeccionista, e incluso tengo un cierto punto obsesivo en mi trabajo, me gusta tener buenos proyectos, buenos personajes, trabajar con grandes actores, pero no me marco metas que puedan ser, en definitiva, fantasías.

-Si eres perfeccionista, ¿hasta qué punto estás reconciliado con tus trabajos anteriores como actor?

-No veo nada. No lo suelo hacer, aunque trato de ser benévolo conmigo mismo, ser consciente de en qué momento estaba, porque uno trabaja con el material que tiene en cada momento.

-'L'Alqueria Blanca' es la serie más mítica que se ha emitido en la televisión autonómica, ¿si le propusieran volver a Valencia lo haría?

-Por supuesto, vendría encantado y con las pilas puestas.

-¿Y a Hollywood?

-No entra en mi ecuación desde una postura muy sensata: no lo busco, creo además que aquello es otra cosa. Irme allí a buscarme la vida no me haría más feliz de lo que soy ahora.

-¿De qué partes se compone tu felicidad?

-El trabajo tiene un componente muy alto en esta profesión, es cierto, pero no lo es todo, y hay cosas a las que me costaría mucho renunciar, que tienen un gran valor para mí y que están muy alejadas de Hollywood. Además, si te paras a pensarlo, ¿a cambio de qué?

-¿Te has reencontrado con aquel profesor de teatro?

-Por supuesto, he estado con Francesc en diversas ocasiones, con su mujer, Vicky, que también fue profesora mía, y con María Ángeles, con Bernardo… Además, les he dado las gracias por lo que supusieron en mi vida. Pero es que no solo fue mi caso, alumnos que, como yo, repitieron cursos y parecía que iban a fracasar, han tenido oficios o incluso han ido a la universidad. Tienen motivos para sentirse orgullosos.

-¿Tus padres también?

-Mis padres ven todo lo que hago, es cierto, pero al mismo tiempo han tenido siempre un sentido muy crítico con mi trabajo que he agradecido con los años. Nunca han perdido la perspectiva, no son aduladores, y eso me viene muy bien.Nos despedimos. «¿Te puedo dar un abrazo?», me dice. ¡Cómo no!, y mientras se aleja dos chicas se tiran de la manga al verlo. Álex se gira hacia ellas y sonríe. De corazón.

 

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