Democracia interna, pero sin críticos

Teodoro García-Egea, Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo./EFE
Teodoro García-Egea, Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo. / EFE

Los dirigentes de los cuatro grandes partidos nacionales se han rodeado de fieles y se han embarcado en modelos de liderazgo personalistas

PAULA DE LAS HERAS , ANDER AZPIROZ y MARÍA EUGENIA ALONSOMadrid

La crisis de representatividad que vivió España a partir de 2011 tuvo entre 2014 y 2015 una repercusión directa en el modo de organizarse de los partidos. Con ella, llegaron las promesas de mayor democracia interna, mayor apertura a la sociedad y mayor participación ciudadana. La cara 'b' de esos cambios, a los que el PP se incorporó ya tardíamente con su experimento de primarias mixtas en 2018, son unas formaciones políticas con liderazgos muy personalistas y estructuras debilitadas.

En la deriva de la 'nueva política' ha influido también, probablemente, la importancia que en la sociedad moderna tiene lo audiovisual como principal medio de relación con el electorado. Es algo que ya anticipó hace tres décadas el politólogo Peter Mair: «La elección del líder cada vez está menos determinada por la amplitud del apoyo en el seno del partido y más por su capacidad de llegar a los medios«.

Los hiperliderazgos no son nuevos. Basta recordar a Felipe González o José María Aznar. Pero lo que han proporcionado instrumentos como las elecciones directas o las consultas a las bases, convenientemente utilizadas, es mayor capacidad para eliminar la crítica y menor interés en buscar equilibrios y consensos internos.

Lo que esta semana hicieron Pablo Casado y Albert Rivera ya lo experimentaron antes Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El riesgo para España es que los líderes, encastillados en sus posiciones, lleven al país a un bloqueo institucional irresoluble.

PSOE

Sánchez disfruta del sosiego de un PSOE domesticado en 2017

Nadie, o apenas nadie, dijo nada en la ejecutiva del PSOE cuando, un día antes de asitir a una reunión que entonces se esperaba determinante con Pablo Iglesias, Pedro Sánchez dijo que no era posible aceptar un Gobierno de coalición con Unidas Podemos por sus diferencias insalvables en cuestiones de Estado. Y no es que entre los asistentes no hubiera vértigo a una repetición electoral. Tampoco nadie, o apenas nadie, levantó la voz cuando tres días después anunció, en contra de lo trasladado solemnemente al órgano de dirección del partido, que daría cabida en su Consejo de Ministros a miembros de la formación izquierdista. Y no es que a todos les entusiasmara la idea; ni mucho menos.

En el PSOE posterior a las primarias de 2017, las que el hoy presidente en funciones ganó contra Susana Díaz y contra todos aquellos que tenían una concepción más clásica del funcionamiento del partido, no hay disidentes. Sánchez no dejó prácticamente espacio ni en la ejecutiva ni en el Comité Federal (al que, además, rebajó competencias) para sus opositores. Tampoco cuando le llegó el momento de formar Gobierno, tras la moción de censura contra Mariano Rajoy a mediados 2018, se esforzó, como sus predecesores, por buscar equilibrios o dar cabida a propuestas de líderes territoriales. Hizo y deshizo a su antojo.

Con lo que tuvo que tragar por un tiempo el secretario general de los socialistas fue con un grupo parlamentario que no podía controlar cien por cien porque había sido producto de otra época; esa en la que él era aún un líder de prestado, un hombre con ambición en el que Díaz, responsable de su ascenso en las primarias de 2014, sólo veía a un muñeco de trapo rebelde al que siempre intentó marcar el paso. Ahora las cosas son distintas. En marzo, cuando tocaba elaborar las listas al Congreso, al Senado y al Parlamento Europeo hizo una criba de antiguos críticos y se garantizó un grupo a su medida.

Los barones han perdido la capacidad que tenían antaño para ejercer como contrapoder. Porque aún tienen fresca la estocada de la militancia en 2017; porque, aunque en algunos casos tengan poder institucional, el de Sánchez es todavía mayor y porque los estatutos aprobados ya bajo su mandato les restaron capacidad de maniobra. Los mismos que en 2014 clamaban contra el 'gobierno Frankenstein' aceptaron sin más en 2018 que el líder del PSOE se aupara en Podemos, Esquerra, el PDeCat o Bildu no para gobernar durante casi un año tras la moción de censura a Mariano Rajoy. Y en este tiempo sólo se les ha oído elevar la voz cuando, a pocos meses de los comicios en los que ellos mismos se jugaban el puesto, el Gobierno aceptó la figura de un relator en las negociaciones con la Generalitat.

Partido Popular

Casado prescinde de las cuotas heredadas de las primarias

El pasado martes Pablo Casado dio un golpe sobre la mesa. El presidente del PP designó una nueva dirección a su imagen y semejanza, nada que ver con las cuotas de poder que tuvo que asumir un año atrás nada más hacerse con las riendas del partido. Casado recompensó con puestos en la cúpula de la formación conservadora a los aliados que le permitieron, por activa o por pasiva, batir a Soraya Sáenz de Santamaría en las primarias a doble vuelta para suceder a Mariano Rajoy. Así, el nuevo líder incluyó en la dirección a una persona de la máxima confianza del gallego Alberto Núñez-Feijóo como Marta González, o a Vicente Tirado, estrecho colaborador de la exsecretaria general María Dolores de Cospedal. Los 'sorayos', como se denominaba a los fieles de la exnúmero dos del Ejecutivo popular, quedaron relegados de los puestos de dirección con la única excepción de Cuca Gamarra, exalcaldesa de Logroño. La prematura retirada de la política de Cospedal el pasado noviembre, tras destaparse sus contactos con el comisario José Manuel Villarejo, allanaron el camino al líder popular.

Una año después de asumir la Presidencia de la formación conservadora, Casado ha prescindido de las cuotas. De la revolución interna apenas han sobrevivido la exministra Isabel García Tejerina, que apoyó en su momento a Cospedal, y Gamarra. Para las portavocías de Congreso y Senado el líder de la formación conservadora se ha encomendado a dos dirigentes de su círculo más cercano. Cayetana Álvarez de Toledo ha sido la elegida en la Cámara baja, pese a las voces más moderadas del partido que opinan que su perfil ultraliberal no hará más que acentuar el giro a la derecha del partido, el mismo que, consideran, desembocó en el peor resultado de la historia del PP en las generales del pasado 28 de abril. Álvarez de Toledo sustituye en el puesto a Dolors Montserrat, jefa de campaña de Cospedal en las primarias. Javier Maroto, hasta ahora número tres de la formación, tendrá la voz cantante en la Cámara alta tras una pirueta que le ha llevado a ser elegido senador por designación autonómica en las Cortes de Castilla y León. Casado deja así atado su control sobre los mensajes que se lancen desde el legislativo.

Pero al presidente del PP aún le quedan plazas que conquistar. A nivel regional, la disidencia podría crecer en torno a Galicia, Andalucía y País Vasco. De hecho, Núñez Feijóo, Juan Manuel Moreno y Alfonso Alonso fueron los grandes ausentes en el cónclave popular del pasado martes. Los futuros congresos autonómicos decidirán si Casado se hace con el poder absoluto de la formación conservadora.

Ciudadanos

Una ejecutiva a medida para reforzar el liderazgo de Rivera

«Pararse, reorganizarse, coger músculo y crecer». Así defendió el pasado lunes Albert Rivera los cambios en la ejecutiva de Ciudadanos para reforzar su liderazgo y soportar las presiones para que faciliten un Gobierno socialista en minoría o, quien sabe, para acudir a una repetición electoral. Una decisión estratégica con la que el líder naranja ha intentado cerrar el convulso curso político para Ciudadanos, tras un aluvión de dimisiones en las últimas semanas por discrepancias con la línea marcada por la dirección, ese «no es no» a Pedro Sánchez y al PSOE.

En un consejo general convocado de forma extraordinaria a las puertas de agosto, los liberales aprobaron una reforma estatutaria para ampliar la composición de las dos ejecutivas del partido y poder así dar entrada a los fichajes afines a Rivera y aislar al mismo tiempo a aquellos dirigentes que pusieron en duda su estrategia. El comité ejecutivo, que componían hasta ahora 33 miembros, ha aumentado hasta los cincuenta mientras que la comisión permanente, el núcleo de decisión naranja, ha pasado de doce integrantes a veinte.

«Queremos gobernar España y desmontar el 'plan Sánchez'», sentenció el líder de Ciudadanos ante sus dirigentes. Objetivo para el cual resulta imprescindible contar con «gente preparada, con gente leal al proyecto de Ciudadanos». Entre esos 'leales' destaca el exdirectivo de Coca Cola Marcos de Quinto, que ha asumido la portavocía de asuntos económicos tras la marcha de Toni Roldán, confirmando así el peso y la influencia que en muy poco tiempo ha logrado adquirir en el seno de la formación liberal.

También se han incorporado a la dirección de Ciudadanos dos ex presidentes autonómicos con el PP: el balear José Ramón Bauzá y el madrileño Ángel Garrido, así como el exdirigente socialista Joan Mesquida, o el exseleccionador nacional de baloncesto y actual consejero andaluz, Javier Imbroda. Junto a ellos han entrado en la cúpula otros fichajes estrella de Rivera para las pasadas elecciones generales, como el abogado de Estado, Edmundo Bal, o la representante de Secretariado Gitano Sara Giménez. Todos ellos decidieron afiliarse al partido en plena crisis interna tras las dimisiones de Roldán, Javier Nart, Xavier Pericay y Francisco de la Torre, además de Francesc de Carreras, fundador del partido, contrarios a su estrategia de pactos.

Rivera aprovechó esta remodelación para anunciar también las salidas de cinco dirigentes muy poco activos de la dirección, dos de ellos críticos como el exdiputado Fernando Maura y Orlena de Miguel. Sin embargo, el presidente de Ciudaadnos no ha querido tocar a los dos dirigentes que más han disentido de su veto a Sánchez, Luis Garicano y Francisco Igea que, de momento, han plegado velas.

Unidas Podemos

La militancia, una garantía de control para Iglesias

Podemos presume de pluralidad interna, pero, en sus cinco años de vida, Pablo Iglesias ha podido hacer y deshacer a su antojo, salvo en muy contadas ocasiones. La clave está en el 'comodín del público'. Cada uno de los integrantes en los órganos de gobierno de Podemos a nivel nacional es elegido por sus inscritos. Y éstos jamás han dado la espalda a su secretario general, ni siquiera en su momento más complicado, cuando sometió a votación su continuidad en el partido y la de Irene Montero tras desvelarse su compra de un chalé valorado en más de medio millón de euros.

Iglesias, junto a Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Juan Carlos Monedero y Luis Alegre, estrenó su liderazgo en Podemos en octubre de 2014 con una rotunda victoria en Vistalegre 1. Su propuesta de organización interna, basada en una estructura sumamente vertical que dejaba de lado los círculos, se impuso en aquella Asamblea Ciudadana sobre la fórmula de su entonces adversario Pablo Echenique, quien abogó por la creación de tres secretarías generales para evitar la concentración de poder. «Ya me gustaría a mi poder descargarme de responsabilidad, pero tres secretarios generales no le ganan las elecciones a Rajoy ni a Pedro Sánchez, y uno sí», justificó entonces Iglesias.

La Asamblea de Vistalegre 2, celebrada en febrero de 2017, supuso la segunda gran reorganización interna. El secretario general venció de forma rotunda a Errejón y logró la mayoría absoluta en el Consejo Ciudadano, máximo órgano de Podemos entre congresos. Iglesias trasladó esa primacía de su corriente a la ejecutiva, en la que dio entrada a su exsecretario Político y a dos de sus fieles, más el anticapitalista Miguel Urbán, quienes aún juntándose eran clara minoría, Los pablistas se aplicaron en relegar a los 'errejonistas', cuyo último capítulo fue unas primarias a las listas del Congreso que coparon los candidatos apoyados por Iglesias. A día de hoy, en la dirección nacional el único ajeno al círculo más cercano del secretario general es Urbán.

El líder de Podemos sólo ha sufrido derrotas internas a nivel territorial, donde la formación morada ha mostrado una capacidad de autodestrucción extraordinaria. Tras las elecciones de mayo, la única organización autonómica de peso es la andaluza, que, para colmo de la dirección nacional, está controlada por la anticapitalista Teresa Rodríguez. Lo bueno para Madrid es que su poder apenas puede ser contestado ya desde las direcciones regionales, lo malo es que la que queda en pie, la de Rodríguez, exige poco menos que una independencia total respecto al aparato controlado por el todopoderoso secretario general.