El PSOE busca líder dos décadas después del adiós de Felipe González

Felipe González, en una imagen de 2013. /
Felipe González, en una imagen de 2013.

Todos los secretarios generales desde entonces han encontrado contestación interna, pero los socialistas reconocen que buena parte de su crisis obedece también a un modelo de partido desfasado y un proyecto político agotado

RAMÓN GORRIARÁNMadrid

En junio se cumplirán 20 años de la renuncia de Felipe González a la secretaría general del PSOE. Una decisión que dejó con la boca abierta al partido. Desde entonces, los socialistas no han tenido un líder indiscutido y no parece que las primarias del próximo domingo vayan a cubrir ese vacío histórico. Nadie entre los socialistas, y no digamos fuera, ve a Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López como un secretario general con el carisma y ascendiente de González. La descarnada pugna que mantienen la presidenta andaluza y el exsecretario general es, además, el preludio de una fractura para la que unas primarias no van ser el cicatrizante.

«Desde que se fue Felipe, esto no funciona», es un comentario que se escucha en las casas del pueblo socialistas. «Debéis saber que no seré candidato a la secretaría general», dijo un 20 de junio de 1997 en la apertura del 34 Congreso Federal del PSOE. Dejaba atrás 23 años y cuatro meses de liderazgo indiscutido. Los notables del partido, todavía aturdidos por la noticia del adiós, se reunieron en un despacho para buscar un sucesor. Surgieron nombres, Manuel Chaves, Ramón Jáuregui, entre ellos. Pero Felipe posó su dedo en Joaquín Almunia y todos asintieron. Bueno, todos no. Para Alfonso Guerra y los suyos, era inasumible, y para buena parte del partido, como se vería después, también. La contestación interna condujo a las primarias celebradas el 24 de abril de 1998. Almunia compitió con Josep Borrell, y perdió contra pronóstico. Malvivieron juntos unos meses hasta que el candidato dimitió por los problemas de unos colaboradores suyos con Hacienda. Un escándalo, dicen las malas lenguas azuzado desde el aparato del partido. Almunia, un político introvertido y sin apego por el liderazgo, volvía a ser el jefe. Felipe González animaba a su heredero para que se ganase al partido. «Joaquín, date a conocer, cuando te conozcan te querrán», le dijo a un abrumado Almunia en un acto en Toledo. Pero ni por esas. El PSOE perdió las generales de 2000 con casi ocho millones de votos y 125 diputados, resultado que entonces pareció pésimo, y dimitió.

La era Zapatero

Cogió el timón del partido una gestora presidida por Chaves que convocó un congreso, en el que de nuevo el aparato del partido, implicado de hoz y coz con José Bono, fue derrotado. Ganó José Luis Rodríguez Zapatero por nueve votos. Una vez más el PSOE se revelaba, ya pasó con Borrell, contra los deseos de Ferraz. El diputado leonés no era, sin embargo, el líder arrollador que muchos socialistas querían para hacer frente a José María Aznar.

Pero los errores del Gobierno con el envío de tropas a la guerra de Irak y la desastrosa gestión de los atentados del 11-M, entre otras actuaciones, volteó la balanza a su favor en las elecciones de 2004. La primera legislatura con un impulso decidido a los derechos sociales entusiasmó a los socialistas con el presidente del Gobierno, pero no con el líder del partido, tarea que ejercía de forma vicaria José Blanco. El segundo mandato, el de la crisis económica negada mil veces para tener que asumirla de golpe con medidas draconianas, destrozó la imagen de Zapatero, y la del PSOE.

Pasó el testigo a Alfredo Pérez Rubalcaba, para muchos el sucesor ideal cuando González dijo adiós, que cogió un partido en barrena y se estrelló en las elecciones de 2011. Pero aguantó y peleó el liderazgo con Carme Chacón en un tenso congreso en Sevilla en 2012 que ganó por 22 apretados votos. Detrás de la fallecida política catalana ya estaba Susana Díaz y Rubalcaba se la encontró de frente. Nunca tuvo paz con ella. Entre los pocos consensos que hay ahora en el PSOE está que en aquel congreso se sentaron las bases de la fractura actual. El mandato de Rubalcaba fue traumático para él y para el partido, y acabó con la derrota en las europeas de 2014.

Llegó Pedro Sánchez en una operación orquestada por los principales barones, con Díaz a la batuta, tras ganar las primarias a Eduardo Madina. Pero el idilio, si es que alguna vez lo hubo, entre el nuevo líder y la presidenta andaluza duró un verano. Sánchez dirigió con mano de hierro, se aisló, sembró su camino de enemigos y perdió elecciones como nunca lo había hecho un secretario general. Hasta que fue «derrocado» inolvidable lapsus, o no, de Javier Fernández- en un comité federal que los socialistas desearían olvidar el 1 pasado de octubre.

Desplome electoral

El problema de liderazgo que ha vivido el PSOE en estas dos décadas, con el partido siempre revuelto, no explica por sí solo la crisis de una organización con 138 años de historia. Como sostiene el exministro Jordi Sevilla, atribuir la pérdida de apoyos al secretario general «es una falacia». El que también fuera jefe del equipo económico de Sánchez en la minilegislatura de 2016 advierte de que si se reducen las causas de la pérdida de seis millones de votos a la ausencia de un líder adecuado «va a ser imposible armar un proyecto» que devuelve la fe a los socialistas.

El PSOE perdió cuatro millones de votos entre las elecciones de 2008 y las de 2011, cuando se quedó en siete millones de papeletas; pero no fue el suelo, volvió a perder otros dos millones en las dos siguientes convocatorias electorales. Su respaldo electoral el 26 de junio pasado se quedó en cinco millones, hace solo nueve años era de once. Una estampida que no solo se explica por lo inapropiado de los líderes. Los politólogos, pero también los dirigentes socialistas autocríticos, establecen dos hitos aclaratorios: las movilizaciones del 15-M, ante las que el PSOE no se sintió concernido, y la segunda legislatura de Zapatero con su respuesta a la crisis, que desmoronó la fe de millones de votantes.

Las movilizaciones de 2011 contra el sistema fueron vistas como algo ajeno, pero el «no nos representan» y, sobre todo, el PPSOE incluía a los socialistas en el denostado esquema de viejos partidos. La respuesta de Zapatero a la crisis para evitar la intervención, equiparable a la de cualquier formación conservadora, desengañó al socialista de toda la vida; y la confianza en política, como en casi todos los órdenes de la vida, se pierde en un minuto y se tarda años, si se consigue, en recuperar.

Pero las razones del desplome tampoco se deben buscar solo en el ámbito doméstico; la crisis de la socialdemocracia no ha pasado de largo por España. Los socialistas en Francia fueron la quinta fuerza en las recientes elecciones; en Holanda, la sexta; en el Reino Unido el laborismo se encamina con paso decidido al precipicio en los comicios del 6 de junio; en Alemania todo apunta a otra etapa en la oposición pese al desgaste de Angela Merkel; en Italia aún no se han sobrepuesto al destrozo causado por Matteo Renzi con su referéndum constitucional perdido.

Limitar con este panorama los malos tiempos del PSOE a que en 20 años no ha dado con la tecla del sustituto idóneo de Felipe González es un reduccionismo simplista. Las primarias, sin embargo, parece que se limitan a eso, a elegir una nueva cara para dirigir el partido. El debate sobre el modelo de partido y el proyecto político no entra en la agenda de los candidatos.