No me vendas más jamones

ANTONIO LUIS GALIANO

A veces, la incredulidad ante lo que nos está manifestando un interlocutor, nos lleva a dudar de parte o de todo su discurso. Hay claros ejemplos de ello, que estamos viviendo en boca de aquellos que han sido elegidos por el pueblo, y que para ilustrarlo utilizamos una expresión más dulcificada que denominamos como demagogia. Es decir, nos anuncian aquello que piensan que nos halaga, acompañado con promesas que probablemente no se cumplan, haciéndolo con la única intención de convencernos de algo. Sin embargo, en el fondo hay poco de verdad y lo que pretenden en realidad es cubrir su propia ambición.

Esta expresión que podríamos transformarla en 'no me vendas la cabra'; en la gente joven, se ve sustituida por aquella otra que dice 'no me vendas la moto' o, de manera más actual 'no me comas el tarro'. A mí, particularmente me gusta utilizar la que hace referencia al pernil obtenido de la pata trasera del gorrino, por el buen sabor que deja unas finas tiras del mismo. Por otro lado me recuerda aquella anécdota de un comerciante de mercería oriolano, que en una ocasión fue visitado por un representante que le dijo: «le mando unos jamones». A lo que el citado comerciante le contestó afirmativamente. El comerciante y su familia dieron buena cuenta de la degustación de los perniles, y transcurrido algún tiempo, ante el impago de los jamones se personó de nuevo en la tienda el representante, reclamando el pago diciéndole: «vengo a cobrar los cuatro jamones que usted me pidió». A lo que el espabilado comerciante, sentenció: «Yo no le pedí nada, usted me dijo que si los enviaba, y lógicamente no puse ninguna obstáculo. Y, por cierto eran de muy buena calidad». Todo quedó ahí, y el representante no volvió a preguntarle más sobre el envío de jamones. Lo cierto, es que a veces, algún familiar puede habernos anunciado que tras su muerte lo heredaríamos, y tengo la certeza que cuando llegara ese momento ante el notario, se pensaría que en vida, nuestro familiar nos había vendido el jamón, la cabra, la moto o nos había estado comiendo el tarro durante bastantes años.

Algo de esto último debió de pensar el 8 de octubre de 1744, Isabel Manuela Bermúdez Afán de Rivera, esposa de Juan José Togores Rodríguez Manzano García de Lasa, al tener conocimiento de los muebles y las joyas que le había legado su hermana Alfonsa, que era viuda de José Albarado, y enterarse que ésta tenía parte de sus bienes empeñados. Con lo cual si deseaba rescatarlos debía devolver la cantidad que su hermana había percibido. En referencia al mobiliario y ajuar, la mayor parte de piezas estaban en mal uso, o bien dejaba dicho en su testamento que fueran entregadas a sus criadas, ya que la habían servido durante muchos años sin haber cobrado su salario. Así, las sirvientas Antonia Aldovera Adriana y Ana Joachina, percibieron cinco colchones «poblados de lana», once sábanas y seis cabeceras.

Entre el mobiliario le legó un oratorio viejo, «un escaparate del Nacimiento algo roído», doce taburetillos de estrado usados con sus fundas de damasco carmesí, una alfombra de estrado vieja, seis taburetes de baqueta con clavazón viejos, una mesa cuadrada de pino muy vieja, un bufetillo para jugar a los naipes muy usado, un baúl viejo forrado de baqueta de clavazón, un arca de pino vieja, seis cortinas de bayeta colorada viejas y un escritorio de pino embutido de ébano agrietado con su bufetillo, valorado en doce libras. De los utensilios de cocina no se escapó la heredera, de tal manera que se encontró con una artesa usada que estaba tasada en seis reales y medio, dos chocolateras, dos sartenes, dos torteras y también un capolador.

Pero, donde más debió de quedar perpleja dicha heredera fue con las joyas que había empeñado en vida la difunta. Así, en el Monte Pío de la ciudad de Murcia, tenía unos pendientes de oro con diamantes por 36 libras, por medio de Pedro Dias de la Zerda, que estaban tasados en 500 reales de vellón. Por otro lado, en poder de Francisco Rodríguez, estanquero de tabacos, tenía empeñada una cruz de oro con diamantes por 19 libras, 6 sueldos y 3 dineros, y que había sido tasada en treinta libras por el platero Vicente Rubira, que como recordamos fue el artífice que trabajó, en 1732, el Oriol que corona nuestra Gloriosa Enseña y el medallón de plata dorada para el rector del Colegio Santo Domingo, en 1753. Asimismo, dicho estanquero tenía empeñados también en su poder una cuchara y un tenedor de plata.

En concreto, Isabel Manuela se encontraba que su hermana sólo le había dejado ropa y trastos viejos, y las pocas joyas, en poder de otras personas, que si deseaba hacerlas suyas, debía de rescatarlas. Por otro lado, en el inventario del que daba fe el notario Bautista Alemán se especificaba al final del mismo, que si aparecían otros bienes además de los que se relacionan serían agregados al mismo.

Pienso que la heredera, ante esta cláusula pensaría aquello de que para lo que voy a heredar, más vale que no me vendan más jamones, ni la cabra, pues lo de la moto y lo del tarro, en la primera mitad del siglo XVIII no se estilaba.