El neotrumpismo devora al Partido Republicano en las urnas

El expresidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Paul Ryan./AFP
El expresidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Paul Ryan. / AFP

El Congreso que jurará el cargo a partir de enero está compuesto por leales de Trump que rubricarán sus deseos

MERCEDES GALLEGOCorresponsal. Nueva York

En julio de 2016 el entonces portavoz del Congreso Paul Ryan tranquilizaba en la Convención del Partido Republicano en Cleveland a los empresarios y diplomáticos de todo el mundo, escandalizados con las promesas electorales de Donald Trump. Una vez que ganase, les aseguraba Ryan, no tendría necesidad de mantenerlas. Y si lo intentaba, se encontraría con el muro del Congreso. El ejecutivo tiene menos poder del que la gente cree, insistía. Para eso estaba él y el grueso del Partido Republicano.

Dos años después Ryan ha dimitido como portavoz del Congreso y ni se presenta a la reelección de su escaño por Wisconsin, un estado que no había votado republicano desde Reagan, hasta que llegó Trump. Al ver cumplido el sueño de la mayoría republicana en casa y ambas cámaras, el pragmático político de 48 años que se presentó a las elecciones con Mitt Romney se hincó de rodillas y prometió trabajar con el nuevo líder. Fue en vano, porque para Trump no hay resquicios, sólo leales sin fisuras o enemigos del pueblo.

Todo el que ha intentado mantener su independencia dentro del partido ha perecido bajo su lengua afilada y el hachazo de su Twitter. La semana pasada Trump mandó a callar a Ryan por esa vía cuando supo que se había declarado en una entrevista de radio contrario a utilizar la vía ejecutiva para eliminar la ciudadanía a los hijos de inmigrantes. «Lo que tiene que hacer es dedicarse a mantener la mayoría (en el Congreso) en vez de dar sus opiniones sobre algo de lo que no sabe nada», le fustigó. Ryan no contestó.

Al igual que él, otros han preferido retirarse de la contienda, como el senador de Arizona Jeff Flake, para quien «uno siempre puede encontrar otro trabajo pero no otra alma». El ruego que hizo a sus correligionarios de sacrificar sus carreras si era necesario para salvar al país tuvo poco eco, pero todos han descubierto que en la era Trump no queda espacio para navegar entre dos aguas. Los que no se han convertido al trumpismo fueron expulsados del partido en las primarias. Batallas libradas por las bases, a las que el comandante en jefe dirigió, sin mucho ruido pero con mano firme, para poder concentrarse en estas elecciones de las que saldrán sus verdaderos leales.

Quienes emergen hoy de las urnas no son «del Partido Republicano de vuestros padres», ha recordado el expresidente Joe Biden en la América Profunda. El propio Reagan hubiera sido desterrado de su partido, como los Bush están condenados al ostracismo mientras dure el reinado de Trump. Sus enemigos acérrimos de la campaña – «El Pequeño Marco», «El Mentiroso Ted» o «El Tonto de Lindsey»- se han plegado por completo y son ahora sus mejores aliados. Los que le acompañarán a partir de enero en el Congreso que jure el cargo ni siquiera son conversos, sino admiradores innatos del presidente que gana con su apoyo. Serán los encargados de hacer rutinariamente las pruebas de pureza y asegurarse de que los neófitos no flaquean en el dogma trumpiano.

El partido del conservadurismo fiscal y el libre comercio es ya irreconocible. La sacrosanta Constitución está a merced de las lagunas legales que encuentren los abogados de Trump. Bajo su mandato, el presidente ha cambiado la defensa de la democracia en el mundo por el culto a los dictadores, ha despreciado a los aliados tradicionales y, aunque sigue alimentando como nadie la maquinaria militar, que ha experimentado el mayor aumento presupuestario de la historia en tiempos de paz, su verdadera guerra es comercial. Todo está enfocado a cumplir las promesas más radicales de la campaña para ganar la reelección en 2020.

Trump no gobierna para todos, sino para ese 30% del electorado que le consentiría matar a alguien en plena Quinta Avenida. Mientras ellos le cubren las espaldas, él consolida el poder de acuerdo a los viejos manuales autoritarios que el mundo ya conoce. Ha desprestigiado a la prensa con la etiqueta del «fake news» y sus constantes ataques, explota todos los resquicios legales que encuentra para saltarse el espíritu de las leyes y ha confirmado a más jueces federales de Tribunales de Apelaciones que ningún otro presidente en sus primeros dos años, amén de dos jueves del Supremo que tendrán que revisar cualquier desafío a su conducta. Cualquier cosa que no logre pasar sobre la conciencia del tribunal quedará, a partir de enero, en manos de un Congreso donde los neotrumpistas escribirán la voluntad del presidente.

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