El ejemplo de la reunificación

Helmut Kohl no dudó en aprovechar la circunstancia y precipitar la unión con que venían soñando

El ejemplo de la reunificación
DIEGO CARCEDO MADRID

Veinticinco años después de la caída del muro de Berlín, quizás el acontecimiento histórico más importante del final del siglo pasado, quedan pocos recuerdos, y casi ninguno bueno, de las cuatro décadas que Alemania permaneció dividida en dos Estados plenamente diferenciados y, aún más permanentemente, enfrentados. Un recorrido por el este del país, por los cinco Lander que integraban la llamada República Democrática de Alemania (RDA) a primera vista ya muestra pocas diferencias, excluidos los paisajes urbanos de una construcción en serie de mínima calidad y pésimo gusto, así como algunos tics de los empleados públicos peor acostumbrados que sus colegas occidentales.

Las hay, sí, en cuanto se profundiza en los detalles de la situación económica y social que aún ofrece importantes diferencias en el PIB, la renta per cápita, los niveles de desempleo o la capacidad de consumo de las familias. Siguen siendo más grandes las diferencias pero si se analizan los datos, enseguida se observa que están mejorando. La satisfacción de los habitantes también mejora especialmente entre los más jóvenes que se adaptan mejor al libre mercado y valoran mucho más la libertad que disfrutan que el seguro de mínimos que el régimen comunista les garantizaba y que, por el contrario, algunos mayores añoran.

Entre sociólogos y economistas es frecuente escuchar o leer críticas a la forma en que se llevó a cabo la integración y sobre todo los costes que ha supuesto, tan secretos como astronómicos -se baraja cifra incluso de dos billones de euros. Helmut Kohl, el canciller que de la noche a la mañana se encontró con las puertas del muro abiertas de par en par y un aluvión de orientales queriendo aprovechar para escaparse del régimen de opresión en que vivían hacia la Alemania libre (la RFA), no dudó en aprovechar la circunstancia y precipitar la unión con que venían soñando. No lo tuvo fácil, ni siquiera con sus socios europeos que como Thatcher o Mitterrand no lo veían con sus mejores ojos, solo Bush padre y Felipe González le animaron.

Pero se empeñó y lo consiguió, gracias a su tozudez, convicción de futuro y, fundamental, al respaldo que le proporcionaron los ciudadanos que tuvieron que asumir de alguna forma los costes y todavía hoy lo siguen haciendo con una especie de impuesto para la integración y recuperación del Este que siguen pagando sin rechistar. De todo el proceso que se ha vivido en estos años, lo que queda como más ejemplar para Europa y otros pueblos fue sin duda la propia integración que marcó una clara diferencia con lo que ocurría en otros países.

Empezaban a resurgir por todo el continente movimientos secesionistas de regiones y grupos políticos que no compartían -antes al contrario defendían la desintegración regional, las ideas de unión que ofrecía la UE- hasta el extremo que en algunos estados federales con la desaparición de las amarras del comunismo, la desintegración comenzaría en cuestión de meses. Fue el caso de Yugoslavia, de la que han surgido siete países independientes, de la propia Unión Soviética que se desgajaría en 16 o hasta de la modesta Checoslovaquia, que con una simple sesión parlamentaria se dividiría en dos.

Una vez más, el mapa europeo, prendido con alfileres tras las dos guerras mundiales, volvía a cambiar y ¡cómo! El número de países independientes aumentó de forma espectacular menos en Alemania, cuya reunificación, hecha, eso también es cierto, de forma tan precipitada para aprovechar el momento, acabaría convirtiéndose en uno, federal pero en Estado único. Hacía tiempo que eso no ocurría, con dos casos del Tercer Mundo en que la reunificación se había logrado por medio de de guerras dramáticas: Yemen y Vietnam.

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