Torrechiva, la leyenda de un joven 'rodaor' convertido en mito

La foto mítica de Torre clavado en la arena y parando un toro de La Cardenilla en Onda. / archivo familiar
La foto mítica de Torre clavado en la arena y parando un toro de La Cardenilla en Onda. / archivo familiar

Nacido en Onda, vivió una época esplendorosa a finales de los años 90 hasta que sesgó su vida el toro negro de la carretera con sólo 20 años | Se cumple el XX aniversario del fatal desenlace del que es considerado uno de los grandes de todos los tiempos

JORGE CASALS

Este año se cumple el vigésimo aniversario del fatídico desenlace de uno de los mejores recortadores que ha dado la historia de los festejos populares. A pesar de que ya son dos décadas sin él, está muy presente en la memoria de muchos aficionados, que lo consideran como un grande entre los grandes, el referente de una época, los 90, donde marcó diferencias que muy pocos han logrado igualar con los años. Tal es así que todavía se escucha aquello de «no ha habido otro ni lo habrá como El Torre».

Se trata de Alberto Guillamón Prades 'Torrechiva', más conocido por sus amigos como 'Torre'. Un joven de Onda que marcó escuela durante el poco tiempo que estuvo delante de la cara de los toros, un espejo para los que se iniciaban en este mundo y que se enamoraron de un estilo único de 'rodar' a los toros que prácticamente nadie ha conseguido igualar a lo largo de estas dos décadas. Porque Torre, hacía fácil lo difícil, con esa serenidad innata que le permitía sentir y paladear cada momento del recorte, guardián de un temple exquisito que llenaba de magia y expectación cada una de sus apariciones, y una manera de andarle a los toros sin igual, con despaciosidad y sentimiento, dominando cada movimiento del toro con armonía y sin brusquedad alguna, usando como engaño la palma de su mano. Esa fue su esencia, su escuela. El legado que dejó en la fiesta popular taurina y que hoy más que nunca tanto se añora por los que disfrutaron de aquel arte. No fue un toro, a pesar de los muchos percances que tuvo fruto del terreno prohibido que pisaba, sino la carretera, la que truncó la vida de Alberto con tan sólo veinte años de edad. Aquel 30 de junio de 1999 nació un mito, una leyenda.

Nace una leyenda

Como si de una premonición se tratara, aquella tarde se mostró pletórico y en plenitud frente a un toro de Victorino en El Grao de Castelló, el último de su vida al que pudo acariciar sus embestidas. Minutos después, de regreso a casa, una maldita curva se llevó por delante su Kawasaki Ninja 750 y con ella la vida de Torre. El mundo del toro al completo enmudeció y tardó en asimilar que aquel joven de pelo largo, escondido bajo aquella inseparable gorra y que conseguía emocionar con sus templadas maneras y valor frío, ya no volvería a esculpir esos instantes de grandeza frente a los toros.

«Fue muy duro, un palo muy gordo, mi hijo era único», asegura nostálgico su padre, del que heredó el apodo de Torrechiva, un apasionado como él del mundo taurino y ahora, aun con sus 63 años, un reconocido corredor de encierros. Cada vez que corre lo hace con un amuleto que porta las cenizas de su hijo. Pocos saben que Torre fue incinerado y, tal y como él expresó en alguna ocasión que fuese su deseo, así era de especial para todo, meses después se depositaron sus cenizas en el morrillo de un toro a su salida en Fira de Onda y que se volatilizaron con la primera arrancada entre la consternación de sus amigos de la Peña Flakis, su admirado Cere, su inseparable Jordi, Seco, Somoza... aquellos que juntaron dinero para pagar aquel semental de Las Pedrizas que tanto gustaba a Torre y que obligaron al ganadero a cambiar su destino para eternizar aquel momento. «Si es para El Torre, lo que haga falta».

«Me siento muy satisfecho de mi hijo, que todavía lo sigan recordando es algo que me llena de sentimiento. Recortadores de la talla de El Blanco o de César Palacios siempre me afirman que no ha habido otro como él, que es muy difícil igualar lo que hacía. La gente le adoraba». Son las palabras de admiración de su padre. «Siento que sigue muy vivo entre nosotros».

Torrechiva comenzó muy pronto a destacar. La imagen de aquel chaval menudo, de quince años, parando con la mano en el testuz a un torazo de Cebada Gago en Burriana, sentenciaba lo que después iba a suceder. Desde 1996 hasta su fallecimiento en 1999, fueron sus años de máximo esplendor. La imagen que ilustra el reportaje, tomada en Onda a la salida de un toro de La Cardenilla, es el mejor compendio de su escuela: la firmeza de planta, su serenidad, el respeto hacia el toro mostrada en la mano alta que porta el blusón de su Flakis... Una imagen que es icono de un tiempo. Un fotón en toda regla.

Aquel año, el torero José Miguel Arroyo 'Joselito', espectador casual en una tarde de Fira, quedó prendido de aquella naturalidad con la que recibió un toro de Dolores Aguirre. Era habitual verle en el temido barrio Sant Xoxim de La Vilavella, donde todavía rememoran aquella manera de torear a cuerpo limpio a un toro de Alonso Moreno de la Cova, que por cierto lo cogió, o de quitarse por la espalda uno de Juan Pedro Domecq haciendo gala de sus conocimientos de terrenos, o aquel toro de Guateles... Su presencia suscitaba expectación: «Silencio, va a rodar El Torre». Junto a Jordi, un grande del quiebro, también de Onda, daban auténticas tardes de toros, de las que no se olvidan. Almassora, Vila-real, Xilxes, Moncofa... todos los grandes escenarios del bou al carrer fueron conquistados con su grandeza.

Fue un clásico en la Vall d'Uixó, donde, un toro de Peñajara de casi 700 kilos le hirió en las fiestas de Sant Vicent en otro de los momentos que siempre recuerdan los aficionados. Su amigo Cere todavía conserva entre las decenas de cartas que le escribía, una en la que le detalla cómo fueron aquellos momentos de angustia con aquel colorado ojo de perdiz, ilustrada con una cruz roja como prueba del nada esperado desenlace. En aquellas cartas que escribía a su amigo se muestra a un Torrechiva más desconocido: culto, sentimental, con sentido del humor y sobre todo, un artista en el dibujo, hasta tal punto, que llegó a tatuar decenas de motivos taurinos a sus amigos. «Este soy yo con un toro de Germán que era más pequeño, pero no importa, ¿verdad? Tengo también empezado un dibujo de Palomeque, ya te lo mandaré (si lo termino)», le escribió a Cere junto a un dibujo que da muestra de su categoría artística. Mientras muestra esas cartas, Cere, que le consideraba su hermano pequeño, le define como «el mejor de todos los tiempos. Me encantaba su serenidad, su facilidad, el valor y sobre todo su humildad y generosidad hacia el toro y las personas. Una gran persona. Su pérdida fue terrible, me costó mucho tiempo volver a los toros y a la normalidad. A partir de entonces, ya nada fue igual», recuerda.

Tras veinte años sin él, es justo hacer memoria y rendirle honores. Una pieza clave en el engranaje de la Fiesta, una leyenda que sigue muy presente como icono de la pureza y el respeto, valores que cuestan encontrar en los recortadores de hoy. Siempre presto al quite, oportuno como pocos, generoso y un artista genial. Así fue Torrechiva, al que le bastaron unos pocos años para pasar a la gloria como uno de los grandes. '