El talento de Ponce y la verdad de Ureña

Ureña al inicio de la faena con muleta de su segundo toro./Txema Rodríguez
Ureña al inicio de la faena con muleta de su segundo toro. / Txema Rodríguez

El murciano, que reaparece tras su grave percance en el ojo, cuaja una extraordinaria faena | Una oreja por coleta en otra tarde de plaza rebosante y muchas emociones

JOSÉ LUIS BENLLOCH

El talento de Ponce y la verdad de Ureña como argumento final de la tarde. No es poco. La responsabilidad de uno y la responsabilidad del otro. En otro tiempo a eso se le llamaba vergüenza torera. Algo así como el cargo obliga y yo me obligo. Eso es lo que hicieron los dos maestros en otra tarde de lo más valenciana. Plaza llena, rebosante por segundo día consecutivo y entusiasmo desbordante apenas surgían motivos, que surgieron.

La tarde fue eso y un saco de emociones más, en primer lugar el reencuentro de Ureña con el toro y el público, un milagro, para darle una larga cambiada definitiva al recuerdo maldito de la cornada de Albacete. Erizó no la piel sino los sentimientos aquella ovación cerrada y extensa, justificadamente interminable, con la que homenajearon al murciano apenas las cuadrillas habían roto la formación. Sensibilidad se le llama a eso. Paco sacó a Ponce, que mantuvo las distancias para que fuese Ureña el principal degustador de aquel cariño. Hermoso, igualmente, el homenaje a Santiago López sobre la arena que le vio triunfar y sufrir tantas y tantas veces, ahora que van a cumplirse los cincuenta años de su alternativa y alguno más desde que llegó a Valencia con el maco al hombro buscando toros y encontró toros y familia, motivos, entenderán, más que suficientes para que ayer besase su tierra de acogida con devoción. Hubo más cuestiones para reseñar, el discreto juego de los juampedros mismamente, que le puso sordina a casi todo lo que intentaron los maestros. Bueno, bueno, bravo, hubo uno, el cuarto, que propició la gran faena de Ureña y hubo si levantamos la mano de la exigencia, medio toro más, el quinto, con más genio que bravura en realidad, motivo por el cual cuando el maestro Ponce le apretó las clavijas dijo «hasta aquí hemos llegado» y se puso incómodo por no decir desabrido. Todo eso en un ambiente enorme y bullicioso con representación estelar de prácticamente todo el arco político, subrayo el todo para que nadie quiera apropiarse de nada, que esto es de todos aunque ayer el más celebrado fuese el tándem Abascal-Morante que, cuando abandoné la plaza para escribir esta crónica, seguía disfrutando de un baño de clamores. No estaría de más que todos, unos y otros, pasadas las Fallas, más allá de los flashes que propician los escaparates feriales, siguiesen acordándose del mundo del toro. Si se atreven, encontrarán valores que no se llevan en otros mundos. Prueben.

Y en ese ambiente arrancó la corrida. Como los dos primeros de la tarde se vinieron muy abajo, el primero embistió sin celo ni emoción y el segundo se vino de menos a mucho menos, la corrida se podría decir que arrancó con el tercero, aunque antes tengo guardado en el recuerdo un quite por gaoneras de Ureña al toro de Ponce. Fue su primer contacto con el toro tras la cornada, digamos accidente. No cabe más ajuste, ni más angustia, ni más cercanías, ni declaración de intenciones más preclara. Se le entendió perfectamente: «¡Soy Paco Ureña, he vuelto como me fui!». Y desde ese momento no hubo resquicio a la duda. Había vuelto un torero grande y muy puro.

A ese tercer toro le faltó entrega, así que la puso Ponce. Su arranque de faena, genuflexo y poderoso, tuvo el don de la oportunidad y mucha torería. Aclarado quién era quién en aquella lid, el de Chiva se empeñó en el triunfo, es su vocación, y si me dicen que también la de muchos les diré que la diferencia entre unos y otros es que los grandes cuando quieren, pueden. Buscó al toro en los terrenos del toro, se olvidó de que el contrincante no humillaba, le aguantó sus embestidas a media altura, le rebuscó las vueltas y se fajó con él. Naturalmente le cortó una oreja y justificó tanto cariño. Subió el nivel en el quinto, al que le salió más espoleado que nunca o tanto como siempre tras el triunfo del compañero, porque una cosa es el compañerismo y la cortesía y otra bien distinta que alguien venga a cacarear en tu casa más alto que tú. El inicio fue tremendo, por abajo, doblones primero y circulares sin solución de continuidad, sobre las rayas, todo muy ligado, muy vibrante, con ansia juvenil. Fue una de las cumbres de la tarde. Ni que decir que la plaza enardeció. La faena continuó a gran nivel sobre la derecha, en series muy compactas, en las que le dejaba el engaño en la cara y el juampedro, que duró lo que duró, poco, no tenía más opción que seguirla. Luego vinieron los recursos, la poncina, los adornos, la elegancia al entrar y salir del toro, el cante de un aficionado desde el tendido y cuando tenía la puerta grande abierta se atascó con la espada y el premio se redujo a una fuerte ovación.

Ureña tuvo un toro de tres y le bastó. La faena al cuarto, Malafacha se llamaba, buen toro, tuvo todos los componentes que le han acercado a la gloria. Mucha verdad, mucho asiento en la plaza, perfecta la colocación, el pecho por delante, sin argucias ni trampas, la muletilla cogida por el centro del palillo y muy desnudo de artificios. Ante eso el público, el local y el foráneo, chinos, rusos y demás gente de aluvión, entendieron que aquello era toreo del caro. Lo logró con las dos manos, muy poderoso y mandón a derechas, en un palmo de terreno, hasta que llegó el momento de las izquierdas y lo sublimó todo con más verdad si cabe. Mató de un pinchazo y una soberana estocada y lo que iba para puerta grande se quedó con una oreja y un certificado de futuro. Ya les digo: otra excelente tarde.

Fallas 2019