Los estudiantes pierden el monopolio de los pisos compartidos

Los estudiantes pierden el monopolio de los pisos compartidos

Los nuevos inquilinos son treintañeros con sueldos raquíticos, ejecutivos de paso o maduros con el agua al cuello

Icíar Ochoa de Olano
ICÍAR OCHOA DE OLANO

Aunque a menudo abarrotado, sucio e impersonal, compartir piso a los veinte es lo más parecido a saborear la ilusión de la libertad, entendida ésta como un «al fin voy a hacer lo que me dé la gana, cuando me dé la gana y como me dé la real gana». Hacerlo a partir de los treinta, cuarenta, cincuenta, e incluso de los sesenta años, tiene, por lo general, poca o ninguna gracia. Sin embargo, aunque la experiencia no recuerde en nada al ambiente super guay del apartamento neoyorquino en el que conviven los protagonistas de 'Friends', este colectivo de maduros de distinto grado pisa cada vez con más fuerza en el mercado de los hogares francos, un nicho que no para de crecer. Hasta el punto de que hace ya algún tiempo que ha arrebatado el monopolio a los universitarios.

«El fenómeno de los pisos compartidos ya no es exclusivo de los estudiantes. Ni tan siquiera de los jóvenes. Durante los años de la crisis comprobamos cómo muchos españoles se decidían por esta opción y ahora, una vez que el mercado se ha ido normalizando, el formato se ha asentado. Muestra de ello es que la edad media de las personas que comparten piso no ha parado de aumentar desde 2007 y se sitúa ya por encima de los treinta años», señala a este periódico Fernando Encinar, jefe de estudios de Idealista. com, web que ha visto cómo los anuncios para compartir vivienda se han multiplicado «por siete» en la última década.

Mientras que los futuros licenciados han pasado a conformar la mitad de la clientela de estas casas a escote -el 51% para ser exactos-, el otro 'fifty' (49%) les supera ampliamente en años. Dentro de este espectro, los inquilinos más habituales (29,78%) tienen edades comprendidas entre los 26 y los 35 años; les sigue el intervalo de entre 36 y 45 años, que representa el 10,78%; luego las personas de 46 a 60 años, con el 6,36% y, por último, las que superan ese umbral y que constituyen poco más del 2%. Estos son los reveladores datos del informe sobre los movimientos registrados en este tipo de viviendas a lo largo de 2018, elaborado por pisocompartido.com. Este portal inmobiliario, que pone en contacto a ciudadanos que ofrecen y buscan viviendas compartidas mediante habitaciones en alquiler, es uno de los líderes del sector con cerca de 150.000 usuarios al mes y 250.000 visitas en ese tiempo.

«Es una experiencia dura, y más a cierta edad. Te quedas sin vida social y familiar» Luisa López (inquilina)

«La demanda es tremenda. Desde 2017, los precios se han disparado un 15% de media. En los barrios céntricos de Barcelona, mucho más. Pagar allí una mensualidad de alquiler sale igual o más que hacer frente a una cuota hipotecaria», admite Ferrán Font, responsable de estudios de pisocompartido.com. El experto atribuye el 'boom' a un conglomerado de factores. «En un momento de intereses bajos como este, sin productos que ofrezcan rentabilidad, hay mucho inversor nacional e internacional que está comprando inmuebles, lo que reduce la oferta. A estos se une la presión que ejercen los pisos turísticos en las grandes ciudades, que son el principal polo de atracción de los trabajadores, y, sobre todo, las dificultades de los treintañeros para acceder al mercado de trabajo y, por tanto, al de compra de vivienda. Los salarios que obtienen por los primeros empleos no les permiten independizarse en una zona más o menos céntrica. Entonces, deben elegir entre irse a la periferia solos o irse al centro compartiendo su vida con desconocidos. Muchos eligen esta última fórmula», explica.

Es el caso de David Muelas, un empleado a tiempo parcial en una tienda de ropa de la calle Fuencarral, en pleno meollo comercial de Madrid, abocado a sus 38 años a compartir con una enfermera y un pintor de brocha gorda una vivienda en un distrito del corazón de la capital. «Muy poca gente hoy en día puede permitirse vivir solo en este país. A mí es lo que me gustaría, pero soy pesimista... Aun así, ahora no estoy mal. En los pisos en los que he estado he visto de todo y me ha tocado todo tipo de compañeros de piso. Y los follones siempre son por la limpieza. Nosotros, por ahora, nos arreglamos bien», afirma el dependiente.

«Apenas nos conocemos»

El precio medio de una vivienda de alquiler en España se sitúa en 860 euros al mes. Los especialistas auguran que la tendencia alcista registrada desde 2015 seguirá este recién estrenado año, cuando superará los 900. En paralelo, las habitaciones a renta, que durante el último ejercicio se cotizaron a 292,18 euros de media, continuarán encareciéndose, aunque «a menor velocidad». Pese a estas previsiones, Font rechaza hablar de una nueva «burbuja», porque el mercado de alquiler es «un activo que se pueda financiar y refinanciar». «Es cierto que en Barcelona Madrid, Sevilla, Valencia o Granada ha sufrido una gran presión que ha hecho que los precios suban de forma desmesurada, pero todo apunta a que van a tocar techo», augura.

A lo que aspiran Andrea, 40 años, y Juan, 41, durante este 2019 es a dejar de tocar fondo. Hace casi dos meses, a él se le acabó su contrato de trabajo en una fábrica de piezas de coches y a ella, que se dedica a cuidar niños, no le sale nada. Pero incluso antes, cuando ambos tenían un salario, tampoco les daba para rentar una casa. Pagan 450 euros al mes por un trocito de vivienda en Bilbao, la ciudad española con la mayor franja de inquilinos de pisos compartidos entre los 36 y los 45 años (19,28%). La comparten «con una señora extranjera y con un treintañero». «No sabemos mucho más de ellos. Apenas nos conocemos. No coincidimos, pero lo importante es que ahora tenemos un contrato y conocemos al dueño del piso. Antes vivimos durante nueve meses en una habitación cutre subarrendada».

Las personas cuyos proyectos vitales han dado un repentino vuelco constituyen otro perfil habitual en estos domicilios. Luisa López, una taxista de Madrid de 58 años, decidió que ya no podía seguir bajo el mismo techo que su exmarido, del que se había divorciado. Obligada a seguir pagando parte de la hipoteca de la casa conyugal, solo podía aspirar a pagarse una habitación. Encontró una en un piso donde vivía una mujer musulmana y «aunque no era una mala persona, sus exigencias religiosas acabaron por hacer la convivencia muy difícil. Tenía que descalzarme fuera, no podía usar ningún utensilio de la cocina para preparar cerdo...». «Es duro verte en una situación así a esta edad... Coarta tu vida social y familiar. Yo no quería que mi hija fuera allí. Tampoco mis amigos», recuerda la mujer, hoy felizmente 'rescatada' por un familiar que le ha alquilado una vivienda a precio «social».

En la otra cara de la moneda de los maduros con el agua al cuello o de los que toman un nuevo rumbo están los ejecutivos nacionales e internacionales que viven a caballo entre dos ciudades o a los que les han asignado temporalmente otro destino laboral. «Habitualmente se alojan con otros trabajadores similares y lo hacen en pisos increíbles con habitaciones super cómodas y, por supuesto, con baño incluido. Pueden pagar por ellas desde 800 hasta 1.200 euros», señala Juan Uribe, directivo de Spotahome España, un portal especializado en este colectivo.

 

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