El torero quebrado

'El Pana', durante una faena en julio de 2014. /
'El Pana', durante una faena en julio de 2014.

Rodolfo Rodríguez 'El Pana', el último matador romántico, quería morir en la plaza, pero el toro 'Pan Francés' lo dejó tetrapléjico a los 64 años. Este viernes ha fallecido en México

FRANCISCO APAOLAZAMadrid

Después de haber sido sepulturero, panadero y matador de toros, se podía esperar que Rodolfo Rodríguez 'El Pana' rematara la vida de cualquiera de las maneras, de todas salvo de una: como pasajero de una silla de ruedas. Ese era el final más sórdido, más incluso que morir en la plaza, que hubiera sido el colofón que a él le hubiera gustado. O eso decía. El domingo 2 de mayo, en Ciudad Lerdo (Durango, México), cuando 'El Pana' echó las manos adelante para recibir con el capote, el toro 'Pan Francés' hizo un extraño a la izquierda, lo topó de frente como si lo atropellara y lo lanzó hacia arriba como hacía Astérix con los romanos. Cayó de cara y se machacó tres vértebras contra el suelo. Desorientado por un golpe tan tremendo, el matador, oficialmente de 64 años, quedó inerte, boca abajo. Después de unos días con un pie más puesto en el otro mundo que en este, los médicos confirmaron el peor de los pronósticos: lesionada la médula espinal, Rodolfo no volvería a andar. Hoy ha muerto en México. Este ha sido el último y más terrible capítulo de una vida asombrosa hilvanada a veces en la luz y otras, en las sombras, chispeante en ocasiones, agria en otras, literaria en todo caso.

Si un escritor hubiera querido crear a 'El Pana', se hubiera quedado corto por mucho retruécano que le hubiera añadido a la existencia de su personaje. Rodolfo dice que nació en Apizaco en 1952, pero algunos periodistas mexicanos creen que se quita años; por lo menos, tres. Llegó al mundo en un sitio pobre, pero Rodolfo poseía la pulsión de los niños que no tienen nada, que es la voluntad rebelde y determinada de hacer rica a su mamá. Trabajó de todo: de sepulturero y de paracaidista, como tildan en la jerga mexicana a los que ocupan casas y terrenos para otros por cuatro duros. También de panadero y de aquellos días le quedó la costumbre primaria y bella de comerse a mordiscos una hogaza de pan cuando daba la vuelta al ruedo. Luego la miseria le llevó a los cosos: un jefe que tenía en una de las tahonas de Apizaco se ganaba la vida matando astados y lo enroló en su cuadrilla de niños toreros en plazas de voltereta, asalto y propinilla. Después confesó que lo habían elegido porque daba el tipo. Pero aquel chaval se fue haciendo mayor poco a poco y los demás se fueron quedando por el camino. De pronto, él estaba en primera fila. Había nacido 'El Pana'.

"El señor de negro"

Ha sido siempre un torero complejo, alambicado, personalísimo, casi manierista. Decirle barroco sería contar poco de una personalidad sencillamente distinta. Se presentó en la Monumental de Ciudad de México en una novillada en 1978 y desde el primer momento se le calificó como el diferente entre los iguales. "No hay nada más aburrido que un torero aburrido", dijo recientemente en una entrevista en la web "Banderillas negras". Llenaba los tendidos, hacía los paseíllos con un purazo entre los dientes... Los que nada entienden le decían a veces "esperpento". Tan distinto era que le perdió la lengua y, pese a que llenó la Monumental con 50.000 personas en cinco ocasiones seguidas, terminó enfrentándose con los empresarios y condenado prácticamente al ostracismo. En ese tiempo, 'El Pana' se dio a las mujeres y a las barras de los bares. De tanto tomar, había plazas a las que llegaba y no le dejaban salir. Su batalla fue despedirse en México DF y para conseguirlo hizo hasta una huelga de hambre. Él se refería al toro como "el señor de negro" y sus partidarios, que fueron una legión incondicional, le llamaron 'El Brujo de Apizaco'. Se tiró tantas veces de espontáneo y tantas veces lo llevaron a los calabozos de la comisaría de Beníto Juárez que llegó a pensar que le iban a "dar calendario", como llamaba a la pena capital. En una ocasión, a mediados de los 90, coincidiendo con la visita del presidente galo y en protesta por las pruebas nucleares de Francia en Mururoa, saltó al ruedo con una manta y un cartelito en el pecho que decía: "Chirac, cabrón, ya párale con las bombitas".

Consiguió despedirse en la Monumental en 2007, pero en el último momento decidió que no se iba. "Todo ocurre por voluntad del de arriba. Ni la hoja de un árbol se mueve empujada por el viento sin la voluntad de Dios", se justificó, porque El Pana hablaba muy claro, pero con enigmas. Ese año salió de la cama, se entrenó, bebió menos (no lo dejó hasta 2010, cuando ingresó en Alcohólicos Anónimos) y tiró abajo el Coso de Insurgentes con una faena especialísima, coronada por un solo trincherazo. ¡Pero qué trincherazo! Se lo dio al toro 'Rey Mago' y fue tan puro que al rematar el pase tiró la muleta al suelo, le dio la espalda y salió andando por el ruedo, poseído, mecánico y arrebatado, como un robot que se ha ido de madre. Se acercó al micrófono y dijo esto: "Brindo este último toro de mi carrera a las damitas, damiselas, meretrices, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas; las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis; pues todas ellas mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haberme amado tanto". Brindó a las putas porque hubo épocas en las que solo ellas lo quisieron tener a su lado: "En el hombro de una suripanta se puede llorar cualquier pena". Tuvo tanto eco aquella tarde, que después de la corrida le llamó el entonces presidente de México, Felipe Calderón, para decirle que había estado genial. Al teléfono también se puso su esposa para darle la enhorabuena. Y ni corto ni perezoso decidió de inmediato no cortarse la coleta.

Vino a torear a España y se le abrieron muchas puertas con suerte desigual. En 2013 se anunció un mano a mano con Morante de la Puebla en el Palacio de Vistalegre y llegaron los dos en coche de caballos, 'El Pana' con un puro que llegaba a los portales de las casas. Las cosas no salieron bien. Al periodista Jesús Quintero le confesó: "He aprendido más de los fracasos que de los éxitos. Mi vida ha sido 80% fracaso y solo 20% éxito, pero nunca mediocridad". También sabía que un triunfo tapa mil decepciones y, tal vez por eso, los últimos meses los había pasado en Madrid entrenando con Carlos Escolar 'Frascuelo', que todavía busca regresar al ruedo con 68 años. Eran los dos últimos románticos del toreo. Ahora Escolar ensaya solo.

En aquella entrevista en "Banderillas Negras" le preguntaron por la muerte y la respuesta resuena ahora con un eco extraño. A los 64 años o 67, o los que sean, Rodolfo, que aún conservaba su aire de galán criollo de Hollywood y la mirada de hambre, sostenía que seguía vivo porque aún tenía por cumplir alguna misión en la tierra: "Si el día de mañana me agarra un torillo, será como si quebraran un jarrón de la Dinastía Ming". En eso acertó. También respondió que su deseo era morir en la plaza "para engrandecer la fiesta", y que ese día sería "todo o nada".