Torbellino de colores

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Para saber cómo era la subdirectora de LAS PROVINCIAS, conviene tomar prestados los versos que Pemán dedicó a Lola Flores (uno y otra proscritos hoy por la nueva ortodoxia dominante): «torbellino de colores / no hay en el mundo una flor / que el viento mueva mejor». Así era la Grimaldo, un torbellino multicolor que nunca se dejó amilanar por ortodoxias ajenas. Y para tantos que la conocieron, coincidirán en ese punto racial, rotundo, arrebatador y brujo que gastaba para ejercer el periodismo y para ejercitar su vida y su valencianía. Sin artificios, se llamaba a sí misma negra, gitana, morenaza y pija; expansiva con algo de una Lola Flores, con algo de una Rita Barberá; también era rápida, perspicaz, penetrante y con unas intuiciones de mil demonios.

Sí, Majo quizá sea la persona que he conocido con unas intuiciones más hondas a la hora de calar a la gente. Le salía de inmediato y a la primera. Eran unos juicios sintéticos y radicales, de pocos grises. Durante mucho tiempo lo consideré puras manías y se lo decía con insistencia, hasta que acepté la evidencia de que acertaba siempre o casi siempre en sus impresiones, aunque no fuera capaz de explicitar el razonamiento que le había llevado a tales conclusiones. Una noche invitamos a cenar en el periódico al aspirante a un altísimo cargo político con el fin de conocerlo. Majo apenas dijo palabra y nada más despedirnos del personaje se dio la vuelta y nos soltó a gritos: «este tío no vale na de na». Al susodicho le dieron el cargo y en efecto años después se vio que «na de na».

El mapa vital de Majo Grimaldo está determinado por unas lindes bien concretas y recurrentes. Tenía el corazón en la mismísima plaza de la Virgen y claro en la Basílica, el descanso feliz en Jávea (ella siempre pronunciaba Jávea), la amistad fallera con su grupo de toda la vida en Convento Jerusalén, la tarjeta de crédito en la calle Colón, el almuerzo diario y familiar en Benimàmet («yo siempre hago caso a mi madre porque nuuunca me ha dado un mal consejo») y sus días interminables en el polígono, en Gremis, en el periódico que cosió tarde a tarde durante 25 años. No había más, no querías más.

Majo deja enormes vacíos. Llenaba mucho espacio porque nació con dotes naturales para el liderazgo. Fue una magnífica periodista en todos los medios y soportes (prensa, radio, televisión), pero habría destacado en cualquier trabajo. Cuando entraba en un sitio se notaba, cuando se marchaba también. Uno puede hablar de los vacíos propios. Durante nueve años ha sido mi principal colaboradora; mi complemento, mi extensión, mi sombra, mi contrapunto, mi pepito grillo, las manos y los ojos del director. La persona, ahora que lo pienso, con la que más horas he hablado en toda mi vida laboral. Una jefa de Redacción prodigiosa que todavía tenía por delante nuevos retos profesionales. Deja orfandades también en otros muchos compañeros de LAS PROVINCIAS y amigos en infinidad de medios. Sacar el periódico sin ella va a ser más difícil. Pero quienes la conocemos, sabemos que la Grimaldo habría dicho lo mismo que los cómicos de la legua cuando se enfrentan a la tristeza de una pérdida: «la función debe continuar». Hasta mañana pues, Majo, contamos contigo. Va de bo.

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