MUCHO MÁS QUE UN TÍTULO

El resultadismo lo barre todo y parece haber sepultado el fantástico baloncesto que hizo el Valencia Basket en la final

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Carlos Arribas, la firma que más admiro del periodismo deportivo en España, acaba de sacar un libro titulado 'La Ilíada del maillot' (La Caja Books). Durante una entrevista promocional, esta semana, explicaba de qué va: «Son crónicas de batallas y guerreros. De dramas que no nacen del resultado, que al final es secundario, una consecuencia sin más, sino del valor, de la cobardía, de las dudas todas de los personajes».

Me quedé meditabundo. Me chocó la sencillez con la que expone que el resultado, que se supone que es el fin, el objetivo, es secundario. Y me reforzó en la creencia de que los títulos, los campeones, las estadísticas, a menudo esconden algo mucho más valioso, como son las historias de los ganadores. Y hasta de los perdedores, pues pueden ser incluso más jugosas. Pero, sobre todo, que, en esencia, el resultado no es más que el final de la historia y que todo lo anterior, por tanto, es lo reseñable.

El Valencia Basket ganó el lunes la Eurocup. Y el título, la victoria en la final a tres partidos ante el Alba Berlín, barrió todo lo demás. En cuanto ya era patente que el triunfo estaba bien amarrado, se desató la euforia, la celebración efervescente, a la valenciana. Rafa Martínez alzó el trofeo y a partir de ese momento todo lo demás pareció esfumarse. Ya solo importaba tener una copa más, colgar un mérito más del techo del pabellón y hacer recuento de lo cosechado. Como mucho, una concesión, recordar hasta la saciedad que esta conquista abría una puerta, la de la Euroliga, la competición superior, a la que aspiran los principales equipos del continente y donde escribirá sus renglones el Valencia Basket el próximo curso. Porque, en verdad, fuera de Valencia, a nadie más importó la Eurocup. No fue 'trending topic', como sí lo fue Notre Dame, obviamente, GoT, Poli Rincón y algunos más.

En cambio, me parece, se habló muy poco del partido. O de los tres partidos, todos ellos excelentes. Y a mí, que siempre recalco que soy raro y poco extrapolable, lo que me hizo realmente feliz fue disfrutar del extraordinario baloncesto que regaló el equipo valenciano este lunes.

No se han visto muchos partidos así. El grupo de Jaume Ponsarnau actuó con una contundencia colosal. El choque, recuerdo, empezó con un 0-11 y un 4-14. Y la gente, con mucha tendencia al catastrofismo, entró en pánico y se acordó inmediatamente de que hace dos años había perdido este mismo título ante el Unicaja en otro desempate celebrado en la Fonteta.

Pero Ponsarnau no. Ni estuvo aquel día ni le temblaron las piernas este lunes. Y mandó así un mensaje a sus jugadores, quienes, a partir de ese instante, actuaron con una determinación imponente. En sus ojos, en sus caras, en sus acciones, se veía y se notaba que no contemplaban la derrota. No tenían miedo. Sabían como darle la vuelta a esto, se remangaron y se pusieron a hacerlo. Sin esperar un minuto.

Por eso Matt Thomas empezó a tirar triples convencido de que iban a entrar. Y Antoine Diot, que luego, ya con el trofeo yendo de mano en mano, rompió a llorar en el banquillo recordando las mil penurias que ha pasado para llegar hasta aquí, renació para recordar al que llevó al Valencia a la conquista de su única Liga.

Pero me enamoró la actitud, la intensidad en las dos mitades de la cancha, la defensa por encima de todas las cosas. Y sobre esa base, ahora sí, resurgió Dubljevic. San Emeterio derrochó su oficio, su capacidad para moverse como nadie más sabe hacerlo. Y Labeyrie demostró que, a su manera, fajándose en defensa y arramblando con todas las pelotas que escupe el aro, también puede ser importante.

Pero fue el triunfo del colectivo, del juego coral, del esfuerzo solidario, sin mirar quién da lustre a sus números porque lo que importa, aquí y ahora, es ganar. Y cuando eso ocurre, se libera la magia. Y esa sensación es lo más grande del baloncesto. Más allá de los títulos. Porque de Pedro Martínez se recuerda que nos dio una Liga, pero sobre todo que nos la dio jugando como los ángeles. Ponsarnau también lo ha hecho y no puede caer en el olvido.

Recién iniciado el último cuarto, Luke Sikma, vital en el segundo partido, muy motivado en el tercero, agachó la cabeza y compuso una mueca perdedora. Fue, como los canarios que mueren dentro de una mina, el avance del desenlace.

Yo me fui feliz, pero rumiando que si juegan así en los play off, van a ser días muy entretenidos.