Rajoy para rato

Beatriz De Zúñiga
BEATRIZ DE ZÚÑIGA

Demasiado pronto hemos proclamando el fin de la era Rajoy. En exceso estamos publicando acerca de su retirada política y su fuga vital a Santa Pola. Del apacible trayecto que, hoy, le dirige hacia la jubilación como Registrador de la Propiedad y de la pérdida de tentáculos sorayistas entre los populares. Pero, no. No caerá esa breva. Sería todo un descubrimiento. Una milagrosa novedad en la política de este país que un 'Presidente' -así hay que, terminológicamente, aludirles eternamente- supiese cuándo, dignamente, debe largarse. Para siempre. Pues, de momento, nada ha conseguido aplacar el ansia de poder de sus predecesores en el puesto. Ni las pensiones vitalicias de ochenta mil euros -o el trueque por un sillón en el Consejo de Estado-, que también ingresaría Pedro El Breve si se produce, el cada vez más indudable, adelanto electoral. Ni el coche oficial del que disponen con conductores de la Administración. Tampoco el servicio de escolta y seguridad personal. O la «consideración, atención y apoyo debidos» que les atribuye el Estatuto de los Ex Presidentes. Y con Mariano, me temo, no será muy distinto. Ahí tenemos a Aznar que, de todopoderoso reunificador del centroderecha y con constantes insinuaciones al partido de Rivera, torna gozoso a Génova como hooligan de su pequeño Casado. O a ese Felipe González que, lo mismo lo vemos durante el periodo estival a bordo de yates y cruceros, como de restaurador, a la par que obstructor, del partido. O como su sucesor Zapatero que, de interventor con Iglesias, pasó a ser el apoyo de Susana en las primarias del PSOE y ahora dedica el tiempo libre a tapar las persistentes goteras que asoman en Moncloa. Porque, ya se sabe, el poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. Así que, salvo sorpresa, tendremos Rajoy para rato.

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