A LOS 15 PUEDES SER UN CAMPEÓN O UN MINDUNDI

Coco Gauff está batiendo récords de precocidad en Wimbledon. Yo no me atrevía ni a hablar con mi entrenador

A LOS 15 PUEDES SER UN CAMPEÓN O UN MINDUNDI
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

A los 15 años no sabía ni quién era. Suspendía una asignatura tras otra y del colegio solo me interesaba su cancha de baloncesto. Madrugaba para poder jugar un rato antes de las clases, volvía a las canastas durante el recreo y muchos días me quedaba a comer un bocadillo para poder disfrutar de la pista sin los agobios de las horas lectivas. Y por la tarde, cuando acababan las clases y los alumnos aplicados corrían a sus casas para hacer los deberes y estudiar un rato, yo volvía a botar el balón.

Tanto empeño me hizo sobresalir en el baloncesto. Y, comentario va, comentario viene, un día me propusieron ir a hacer una prueba para jugar en La Salle, que, en ese momento, era uno de los mejores equipos de la Comunitat Valenciana. Estaban cerrando la plantilla y ya tenían, o eso intuí yo, a once de los doce jugadores. Se supone que, si yo cumplía las expectativas, sería el duodécimo.

En aquella época era tan tímido que yo llegaba, decía hola al entrenador y me ponía a hacer entradas a canasta o a tirar, al margen del grupo, de los chavales que hablaban y bromeaban entre ellos, completamente solo. Mi silencio hizo que el entrenador mirara mi altura y al comprobar que era el cuarto más alto del equipo, dedujera que tenía que jugar de pívot. Yo, en realidad, en el cole, jugaba más por fuera que por dentro y echaba horas y más horas con mi amigo Mulet botando el balón, pasándolo entre las piernas, con bastante habilidad, mientras decíamos, entre risas, que éramos Isiah Thomas, el virtuoso base de los Pistons.

Con 15 años ya debía medir 1,90 pero pesaba entre 70 y 75 kilos. Así que en La Salle me convertí en una pluma intentando empujar a un elefante, que es lo que eran esos tipos de más de dos metros y cien kilos. No prosperé, claro. Lo normal hubiera sido que le hubiera dicho al entrenador que me diera una oportunidad en el perímetro. Pero me quedé callado en el banquillo hasta que un día me harté, me fui sin decir adiós y volví a ser feliz jugando con mis amigos de siempre.

Al año siguiente, en vista de que seguía destacando, volvieron a llamarme, volvieron a ponerme de pívot, volví a ser incapaz de comunicar mi frustración y volví a escaparme un día para no volver jamás.

Por todo esto me deslumbra Cori Gauff, que ha sido la sensación en la primera semana de Wimbledon. La estadounidense también tiene 15 años, como yo entonces, pero ella, a esa edad, ya ha sido capaz de superar la previa del torneo sobre hierba más importante del mundo, convertirse en la jugadora más joven de la historia en ganar un partido en el cuadro principal y avanzar hasta los octavos de final.

Su debut en el cuadro principal fue ante la mismísima Venus Williams, una tenista que ya había ganado cuatro torneos del Grand Slam cuando nació Gauff. Tras el partido, cuando fueron a saludarse a la red, la niña aferró la mano de Venus y, sin soltársela, le dijo: «Sin ti, sin vosotras, yo no estaría aquí». Porque Coco creció, como muchas otras niñas negras estadounidenses, admirando a las hermanas Williams. De hecho, su primer recuerdo tenístico es de Serena ganando en Wimbledon. «¿Cuándo?», le preguntaron. «No sé -respondió Gauff-, ha ganado tantos...». Tenía siete años, vivía en Atlanta y unos días después su padre llegó a casa con una raqueta para ella.

A los 10 años ya tenía un contrato con Nike y había viajado a Francia para ver si conseguía una beca de la Fundación Champ'Seed para entrar en la academia de Patrick Mouratoglou, el entrenador de Serena desde 2012. A los 12 ya había ganado el prestigioso Orange Junior Bowl; con 13 fue la finalista más joven del US Open júnior, y con 14 ganó el Roland Garros de su edad y se convirtió en la número 1 júnior más joven de todos los tiempos.

Coco, de tobillos finos y muslos poderosos, representada por Team8, de Roger Federer, ya lleva un millón de euros ganados por sus contratos con Barilla, New Balance o Head. Vive en Florida y, desde 2018, juega el circuito de la WTA. A pesar de todos estos logros, sigue estudiando y el día que ganó el último partido de la previa, al acabar, se puso a hacer un examen de Ciencias a las once de la noche.

Tiene el espíritu combativo de las Williams y su padre le dice que podrá cambiar el mundo, alertar de los problemas sociales que le angustian, con la raqueta. Igualita que yo...