LA PILOTA LE DEBE UNA A GENOVÉS II

El hijo de la leyenda, más zen que nunca, supera unas semifinales del Individual sin À Punt

LA PILOTA LE DEBE UNA A GENOVÉS II
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

No quiero dormir. Lucho contra el sueño para mantener vívido el recuerdo de la partida de Genovés II, quien, hace un rato, pasada la medianoche, se ha metido otra vez en una final del Individual. Al fin. Diez años y mil penurias después, José Cabanes vuelve a llamar a la puerta del Olimpo, donde le han dado plantón demasiadas veces, en una relación, como los romances más apasionados, de amor y odio. Porque él se hizo pilotari después de ver a su padre ganar el Individual ante Álvaro, pero después el zurdo de Faura, en una venganza implacable, con el alma de un asesino en serie, derrotó al hijo hasta en cinco ocasiones.

Hacía diez años que Genovés II no olía una final del Individual. Por el camino le ha pasado de todo. Lesiones pejigueras, el cáncer de su padre, los años que caen con su cadencia implacable, y hasta un médico que un día le miró a los ojos y, tajante, altivo, le soltó que nunca más iba a poder jugar a pilota. Se equivocó. No conocía su tozudez, su pasión desbordante por este deporte, su amor visceral por los ocho triángulos de cuero. Todo lo que le ha hecho volver a una final en la que tendrá una legión de aficionados ansiosos por ver cómo el deporte salda una vieja deuda con uno de sus mayores incondicionales.

Porque la pilota le debe una. O dos.

Es la una y media de la noche y sus pelotazos rebotan dentro de mi cocorota. Sus restos asombrosos, su cabeza fría y un dau que poco a poco fue volviéndose insoportable para un rival, José Salvador, que jugaba en casa pero que se desmoronó a mitad de la partida como un castillo de arena atrapado por la marea. Le pudo la presión, la falta de experiencia contra los grandes, una nula capacidad de sufrimiento y, quizá, hasta una hidratación deficiente dentro de un trinquete angosto, incluso claustrofóbico, atiborrado de aficionados que no cabían y se apelmazaban allá dentro.

Genovés II, en cambio, como exhibió ante el campeón, Puchol II, en los cuartos de final la semana anterior, irradia una imagen de serenidad hipnótica. Pasea por el trinquete igual que flotan las medusas en los océanos. Puro 'flow'. Ahora, tras pasar por el microondas de Vila-real, espera a Soro III o a Francés. Los dos aspirantes jugarán hoy sin las cámaras de À Punt. Igual que el viernes. Y yo pienso, qué sentido tiene una televisión autonómica que da la espalda a las semifinales del torneo más importante de su deporte por antonomasia. Un desliz inexplicable.

Paco Cabanes, un paso por detrás, disfruta como un niño chico. Y le brillan los ojos casi tanto como el jamón ibérico, recién cortado, que fue lo único que logró meterse en el buche antes de la partida, expectante, incapaz de pedirle a la pilota, su gran amante, siempre tan dadivosa con él, explicaciones por esa dolorosa deuda con su hijo. Y María Luisa, su madre, dos pasos por detrás, siempre prudente, que conoce mejor que nadie lo que ha sido acoger bajo el ala al polluelo que regresa a casa sangrante por tantas heridas que, ni aún así, han logrado rendirle.

Por eso los aficionados claman justicia. Y su madre mete sus dedos entre las costuras de la vaqueta, aprieta y le dice que ya está bien, que su hijo merece ser campeón. Y por eso yo, un aficionado que había olvidado su pasión por este bello juego pendular, se fue el domingo a Sueca y el viernes a Vila-real para ver a Genovés II caminar con paso firme a recoger lo que le deben. Y mientras la gente abandona el trinquete, se encuentra con Genovés, el padre, que esperó hasta los 40 para cobrarse hasta la última migaja, y cogen y le pasan, ebrios de felicidad, la mano por la espalda con el mismo fervor que los feligreses asaltan el manto de la Mare de Déu una mañana de mayo.

Y yo, como le dijo Enrique Sarasol a Genovés el día que le destronó del Individual, le digo a José Cabanes: 'Perdona'm Jose' porque no podré estar el sábado en la final viéndote disfrutar como un niño, que es en lo que te transformas vestido de blanco, como las novias guapas que relucen camino del altar. Pero sí que te pido una cosa, que seas el mismo de los cuartos y las semifinales, ese hombre sereno, casi zen, que levita sobre las losas del trinquete. Y que cuando venga grande la ola, aprietes los dientes y recuerdes cómo sufrió tu padre aquella tórrida mañana de Sagunto, sostenido por el cariño del público. Porque ahí, justo ahí, está la clave de todo. Larga vida al rock and roll.