NO ES UNA PENA, ES UN REGALO

La Fonteta disfrutará otro día especial gracias al desempate, otra noche para aspirar el espíritu contagioso de Van Rossom

NO ES UNA PENA, ES UN REGALO
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Sobre la parrilla de las redes sociales se dejó caer la frustración por una derrota en Berlín que estuvo muy cerca de ser una victoria. Un triunfo valiosísimo. Ya saben: el título de la Eurocup y una plaza para la Euroliga. Pero yo, que estuve deshojando durante días la opción de subirme al vuelo chárter del club o quedarme en casa peleándome con el iPad para ver el partido -ya hace meses que dejé de usar la televisión-, me froté las manos y pensé: bien, otro partido más.

Es muy probable que mi óptica no sea la del aficionado que se viste de naranja y se desgañita en la grada. El joven y no tan joven para quien el deporte son títulos o derrotas. Yo, que soy muy simplón, me siento y veo baloncesto. Cuando la ocasión lo requiere, como ese momento en el que sale Will Thomas de la cancha después de una exhibición o cuando enfocan al Maestro Miki Vukovic y se pone en pie para saludar a la gente que le venera, entonces aplaudo. Pero ya. O para premiar al equipo cuando enfila hacia el vestuario. Pero no soy de banderas ni de cánticos ni de tifos ni de globotás.

Que me perdone la gente. Como ese aficionado que el otro día estaba empeñado en convencerme de que a mí no me gustarían todos los festejos esos que organizan antes de los partidos, pero que pasarían a la historia. Yo puse ojos como el agujero negro ese que han fotografiado por primera vez. Porque a mí lo que me parece que pasará a la historia fue el partidazo de Will Thomas, la intensidad eléctrica durante 40 minutos, el empeño por pelear cada rebote, la generosidad y capacidad de liderazgo de Van Rossom o los puntos cruciales del siempre valiente San Emeterio. Que se forme la Senyera en la grada, sinceramente, no creo que entre en el terreno de lo memorable.

Soy de la opinión de que hay derrotas que te refuerzan. Estuve hace veinte años en Zaragoza para cubrir la final de la Copa Saporta y aquella derrota fue un baño de lágrimas. Recuerdo sentarme en el banquillo para intentar consolar al inconsolable Nacho Rodilla. Pero esa herida les hizo más fuertes. Porque no se levantó la copa, pero aquel equipo logró movilizar a seis o siete mil personas, seis o siete mil valencianos que ese día se levantaron se subieron a los autobuses del club o se montaron en sus coches y arrancaron, en un viaje de ida y vuelta, hacia Zaragoza.

Aquel día inolvidable, con las camisetas de apoyo a César Alonso incluidas, se logró forjar la identidad de un club. Aquella tarde, incluida la pérdida crucial en el último ataque de Bernard Hopkins, el queridísimo B Hop, aquel equipo creció y se hizo grande. Como esos adolescentes que se acuestan con anginas y se levantan dos días después midiendo unos centímetros más.

Y a mí me da la sensación de que esta final está sirviendo para que la gente, los fieles de este club, empiecen a reconocer a aquel equipo que, no hace tanto, ganó una Liga ACB. El acierto será mayor o menor, pero trasciende la casta de un grupo que compite, que apura todo lo que puede dar, para intentar tumbar al Alba Berlín. Y el equipo alemán tiene en el banquillo, artrítico, arrugado y algo encorvado, a una de las mentes más sabias del baloncesto europeo. Un entrenador que entendió por qué había caído en Valencia y parcheó todas sus carencias. Echó un candado al rebote, clavó una dentadura sobre la yugular de Will Thomas y mandó a sus bases a correr y penetrar sin descanso para exagerar las dificultades de Diot y Van Rossom.

Lo que no se esperaba el gran Aíto García Reneses es que el belga se rebelara como lo hizo, que cogiera el timón en mitad de la tempestad y sacara a flote a su equipo en las circunstancias más contrarias. Me impresionó la actuación colosal del veterano. No solo por sus seis triples sino porque llegaron cuando el grupo se ahogaba. Porque se hizo grande cuando sus compañeros se iban jibarizando. Porque indicó el camino cuando más difícil era atisbarlo. Un líder creo que no se compra: emerge por personalidad en medio de las dificultades.

El deporte nunca deja de ofrecer revanchas. De pronto, esta tarde, el equipo femenino de Rubén Burgos puede hacer historia metiéndose en las semifinales de la Liga Dia. Una proeza en el año de su debut. Y mañana, otra Fonteta a reventar, otro tifo y otra globotá mediante, llegará otro partido vibrante. El día definitivo para saber si este equipo está hecho para ser campeón. Yo creo que sí. Estoy convencido. Que vuele el balón.